La dictadura de Miguel Primo de Rivera (VI)
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La dictadura de Miguel Primo de Rivera (VI)

Alfonso XIII siempre sintió gran atracción por Primo de Rivera, y en alguno de sus discursos en 1920 ya premonizó un gobierno fuerte y casi un cirujano de hierro, como pretendidamente fue después el General.

En anteriores entregas de esta serie, hemos visto cómo se fue forjando la personalidad del General Primo de Rivera, primero en guerras en Cuba y Filipinas, y después en una España confusa por la inestabilidad política que ocasionaron la Guerra de Marruecos y otros factores. Precisamente para evitar la publicación del Expediente Picasso sobre las corrupciones en el Ejército y el Desastre de Annual, en septiembre de 1923 el General dio su golpe de estado, tal como se empieza a narrar en esta entrega de hoy.

11 de septiembre de 1923

 

El día del epígrafe –la Diada de Catalunya—, empezó en Barcelona con toda clase de crispaciones. En torno de la estatua levantada en memoria de Rafael Casanova, conseller en cap de la Generalidad de Cataluña en el momento de la ocupación de Barcelona por las tropas de Felipe V en 1714, la fuerza pública intervino disolviendo a tiros una manifestación en la que se daban mueras a España y Castilla. Casi a la misma hora, se celebraba un banquete en que algunos dirigentes del nacionalismo catalán obsequiaban a sus correligionarios vascos y gallegos, premonitorio de lo que andando el tiempo sería el triángulo Galeuzcat (Galicia, Euskadi, Cataluña). Ese mismo día 11 de septiembre de 1923, dos días después de haber vuelto a Barcelona, Primo de Rivera telegrafió a Cavalcanti con un texto en verdad conminatorio:

 

No os noto con toda la animación que el caso requiere y que a estas horas es indispensable ya. ¡Nos faltan 48 horas! Yo cuento en Barcelona con siete núcleos (cuerpos) incondicionales y estoy además seguro de San Quintín y Asia, y supongo que los de Lérida. Pero lo que me interesa es no dejar enfriar la opinión pública que es la que nos ha de asistir; los demás ya vendrán.

 

Mis proclamas, firmadas por mí mismo, ya andan por España; así que a mí ya todo me da igual. Prim y O’Donnell cuando contaban con una compañía ya estaban en la calle.

 

Jamás movimiento alguno ha tenido tanta opinión, fuerza y preparación como el nuestro, merced al sueño confiado de todos. ¡Es inconcebible dudar, con el arraigo que en nosotros tiene la idea! Ya estamos en el caso de perdiz o escopeta; seamos lo último. Mi gente, muy animada.

 

Ahí van 200 proclamas para que las mandéis a las guarniciones de la 1ª. (cantones), 2ª, 6ª, 7ª, y 8ª. Yo las envío a la 3ª, 4ª, y 5ª, y a Baleares y Canarias.

 

Uno de los principales dirigentes sindicales de Cataluña, muerto en la lucha del pistolerismo que tanto influyó, para acabar con él, en el golpe de estado de Primo de Rivera.

 

12 de septiembre

 

Según testimonios fundados, al día siguiente, 12 de septiembre, María Primo de Rivera citó a los conspiradores en el despacho barcelonés de su hermano Miguel a las 9.30 de la mañana. Convocatoria a la que acudieron seis generales –entre ellos el gobernador militar de Barcelona César Aguado Guerra y su jefe de estado mayor, Juan Gil y Gil, el comandante en jefe del somatén, Plácido Foreira Morante, y López Ochoa—, once coroneles y un teniente coronel en total.

 

En esa reunión se encontraban el 12 de septiembre en la mañana, cuando llegaron a la capitanía general de Barcelona muy malas noticias para el director de la conspiración: el gobierno, reunido en la noche del 11, había decidido detener a los cuatro generales que se suponía estaban dando apoyo al previsible golpe de Estado. Pero esa decisión no pudo cumplirse, porque el ministro de la Guerra (el general Aizpuru) y el capitán general de la primera región (el general Muñoz Cobo), no se movieron en absoluto. Concretamente, el mismo día 12 se produjo el siguiente diálogo telefónico:

 

  • ¿Aizpuru? Aquí Primo. ¿Qué pasa?
  • ¿Se va usted a sublevar?
  • Sí.
  • ¿Cuándo?
  • Ahora mismo.

 

Seguramente, fue en ese mismo momento cuando el futuro dictador tomó la decisión de adelantar el golpe al siguiente día 13, sin esperar al 14 como se había previsto inicialmente.

 

García Prieto, el último presidente del
Consejo de Ministros, que cesó tras el golpe
de estado de Primo de Rivera.

 

En otro extremo del escenario político, en las primeras horas de la tarde del mismo día 12, y en su calidad de ministro de jornada, Santiago Alba sostuvo varias conversaciones telefónicas con Madrid. Preguntó a quién había designado el gobierno para sustituir al capitán general de Cataluña según la resolución adoptada la noche del día 11 en Consejo de Ministros. Y se le contestó, como la cosa más natural del mundo:

 

- A nadie. No será necesario, ya que una exhortación del general Aizpuru, bastará para que el Marqués de Estella deponga su actitud.

 

Alba comprendió lo que ocurría aunque no hubiera oído la conversación telefónica Aizpuru/Primo antes transcrita, y en el acto se decidió a dimitir de su cargo, por suponer que los promotores del golpe, al que ya daba por triunfante, se ensañarían con él.

 

Así las cosas, en la tarde del 12 de septiembre, el golpe estaba iniciándose ya en varias guarniciones tras recibirse los manifiestos enviados por Primo de Rivera a través de oficiales de su confianza. Resultando a todas luces muy favorable el haber hecho el adelantamiento del 14 al 13, porque de haber estado durante muchas más horas los manifiestos en poder de los altos cargos militares, habrían proliferado las filtraciones, potenciándose de esa manera la hipotética respuesta contraria al golpe. En cambio, al hacerse casi simultáneamente la entrega de los manifiestos y la sublevación, no hubo tiempo ni para lo uno ni para lo otro.

 

El mismo día 12 por la noche, en Madrid, García Prieto –el Presidente del Consejo de Ministros desde hacía pocos meses— nuevamente convocó a su Gabinete, y esta vez lo hizo, para no alarmar a nadie, en su propia casa, en plan de reunión informativa sobre los presuntos planes de Primo de Rivera. Y el caso es que ante la falta de últimas noticias, incluso llegó a pensarse que el coup d’Etat se había aplazado. En esa presunción, el presidente del Consejo informó que en la tarde había hablado con el rey, quien le indicó que “creía exagerados los temores”; apremiándole acto seguido a que se dirigiese al general para que, en su caso, desistiera de sus intenciones.

 

Pero si Primo de Rivera se lo jugó todo personalmente, lo cierto es que el legítimo gobierno de García Prieto no intentó movilizar las fuerzas que le eran leales, y si bien la postura oficial es que al deslucido gabinete “sólo podrían disolverle por la fuerza” –una pobre evocación de lo dicho por el Conde Mirabeau en el Jeu de Pomme—, se limitó a esperar que llegara de San Sebastián el verdadero deus ex machina: el propio rey. Confiando, sin más –aunque la procesión iría por dentro—, que el monarca resolvería una cuestión que el gobierno podría haber solventado por sí mismo. En el fondo, el gabinete tal vez temió una confrontación violenta con la población civil de Barcelona, en la que Primo sin duda podría haberse apoyado si se hubiera llegado a pararle los pies.

 

En la noche del mismo día 12, la reina madre y ex-regente, María Cristina, había convocado en el palacio de Miramar –el hermoso edificio sobre el promontorio que separa las playas de La Concha y de Ondarreta en San Sebastián—, a la crema de la guarnición de la bella Easo, para una fiesta de despedida tras la saison estival. Y durante el sarao, parece que el rey mantuvo una larga conferencia telefónica con García Prieto, en la que éste, todavía como Presidente del consejo de ministros, le advirtió de algo de lo que el monarca debía estar perfectamente informado: a la madrugada siguiente se daría un golpe militar y por ello convenía que retornara de inmediato Madrid. Fue entonces cuando el monarca –que estaba al corriente de todo lo que estaba fraguándose— tranquilizó a su Premier de la forma antes explicada.

 

En línea con sus connivencias con todo el proceso conspiratorio, Alfonso XIII no resolvió nada sobre su vuelta a Madrid, comportándose como si nada sucediera. Así, en la primera parte de la velada de ese 12 de septiembre, jugó una larga partida de bridge, y luego saludó a derecha e izquierda a todos los asistentes a la fiesta de la reina madre; fumando, como siempre, de manera constante. Mientras tanto, Victoria Eugenia y María Cristina, atendían sonrientes a los invitados.

 

Alba, que ya había estado con el monarca el mismo día en la mañana –con él había paseado en coche por la ciudad— camino de Biarritz, llegó a la fiesta en Miramar ya avanzada la noche. Y en nueva conversación con Alfonso XIII, le puso plenamente al corriente sobre los últimos acontecimientos de la sublevación, en tono muy distinto del ya apaciguado García Prieto. Y ante la escasa inquietud mostrada por el monarca, se confirmó en sus intenciones de dimitir; argumentando para ello que se trataba de “no prolongar un ingrato forcejeo, que se convertiría en lucha entre el gobierno y los elementos militares. Lo cual, dada la situación de España, acarrearía las más trascendentales consecuencias para la patria, la monarquía, y el orden social”. Así de solemne y de luchador se mostró el líder de la izquierda dinástica.

 

Entre los días 12 y 13 de septiembre

 

Mientras tanto, en Madrid, ya a media noche, entre los días 12 y 13, los generales del cuadrilátero, vestidos de paisano, se dirigieron al Gobierno Militar. Allí, se entrevistaron con el Duque de Tetuán en su propia alcoba, y oficialmente le informaron de la sublevación de Barcelona y de los apoyos que a la misma prestaría la guarnición madrileña y de otras plazas. Ante semejantes informaciones, el Duque de Tetuán se alineó rápidamente con los sublevados: “Yo, con mis compañeros”.

 

De ese modo, la capital quedó asegurada para el golpe, lo cual facilitó su éxito a escala de toda España, y fue al llegarle la noticia de ese acuerdo con el Duque de Tetuán, cuando Primo de Rivera formó un directorio, en el que se integraron los generales Cavalcanti, Saro, Dabán y Federico Berenguer, el cuadrilátero en pleno. Sin embargo, al llegar el día 15 a Madrid, para recibir de manos del rey el poder efectivo, el ya dictador comunicaría a la Prensa que el primer directorio dejaba de actuar, y que se constituía otro, con carácter definitivo, bajo su directa presidencia.

 

 

Seguiremos la semana próxima con el capítulo crucial del golpe de estado. Y en el interim, los lectores de Tribuna pueden comunicarse con el autor a través del correo electrónico [email protected]

 

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