La dictadura de Miguel Primo de Rivera: La forja de un protagonista de la historia (III)
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La dictadura de Miguel Primo de Rivera: La forja de un protagonista de la historia (III)

Tercera entrega del artículo de Ramón Tamames sobre la dictadura de Miguel Primo de Rivera. 

Seguimos hoy con el tema de la Dictadura del General Primo de Rivera, fase muy poco conocida de la Historia de España del siglo XX. Y antes de entrar en lo que fue la instauración de su autocracia, repasamos una serie de opiniones sobre Don Miguel Primo de Rivera, un dictador muy sui generis.

 

GENIO Y FIGURA

 

Para el historiador Carlos Seco Serrano, y en coincidencia con otros estudiosos, el general Primo de Rivera era “una especie de genio castizamente nacional”, que se parecía lo bastante a la masa como para que ésta se reconociese en él: espontáneo, intuitivo, irritable ante los obstáculos, imaginativo, intensamente patriota, dado a opiniones simplistas, a cortar nudos gordianos, a resolver problemas complejos con sencillez, a preferir la equidad a la justicia, el buen sentido al pensamiento, a obrar, pensar y sentir con un punto de vista irremediablemente personal: “Además, y por encima de esos rasgos que adornaban su figura, Primo de Rivera tenía otras cualidades muy notables. Primero de todo, su valentía física y moral, que llegaba a la audacia… Estaba, además, su generosidad, sin rencor ni siquiera para quienes le ofendían, ni para aquellos a quienes él había ofendido”.

 

Filosofía de una vida

 

Se dice también que Primo de Rivera trabajaba por instinto e inspiración, teniendo como ideal una frase bien expresiva: “confiar en Dios y veremos”. Divisa que luego competiría con la de su partido, la Unión Patriótica, de manera no menos contundente: “Patria, Religión y Monarquía”; con particular insistencia sobre ese orden de referencias.

 

En cuanto a su formación, con indudable sinceridad, al recibir en 1925 el título de Doctor Honoris Causa por la Universidad de Salamanca, el doctorando aseguró ser más que docto en la ciencia de la vida: “En ella recogí las enseñanzas que me prepararon para el ejercicio del gobierno. Quien lleva cuarenta años interviniendo en la vida pública de su país, en contacto con cuanto produce de bueno y de malo, de noble y de villano, puede, si su voluntad es firme y el favor Dios le asiste, aventurarse en la pretensión de gobernar su pueblo”.

 

Don Miguel Primo de Rivera, el Dictador, fue Doctor Honoris Causa por la más señera de las Universidades de España, Salamanca, en 1925. Habría que preguntarse si al entrar por este patio y ver a Fray Luis de León en estatua, no le diría algo así como “qué descansada vida la que huye del mundanal ruido”. No sabía el General, entonces, que cinco años después, le llegaría el final de su mando, muriendo de pena en 1930

 

La filosofía del dictador abarcaba a todos los temas imaginables. Según el testimonio de su íntimo amigo Jacinto Capella, incluso llegó a defender a los ladrones como profesión, que tenían su razón de existir, con argumentos rayando en lo esperpéntico: “El gorrión perjudica los sembrados, porque diezma el grano, pero come tal cantidad de insectos que beneficia con creces a la agricultura. Da más de lo que hurta. Los ladrones también. Haz una estadística de lo que entre todos ellos roban en un año, y valúalo. Y después haz otra de lo que ganan millares de policías. Sin ladrones, la guardia civil, la policía, muchos jueces y autoridades, estarían de más, y no se fabricarían llaves, ni cajas de caudales, ni puertas, ni cerraduras... ¡Cuánta gente desocupada! ¡Qué desastre! ¡Si todos los ciudadanos cumplieran la ley, cuánta gente se quedaría sin comer!”. Sin comentarios…

 

El general tenía gran capacidad de trabajo, y cuando era el máximo gobernante del país, casi todas las noches iba al teatro, y con frecuencia también a las corridas, en las que el personaje que más le interesaba, lo decía él mismo, era el toro. En cuanto a la imputación de transitar por frecuentes borracheras, no se trató sino de una de las tantas calumnias que se le atribuían. En cambio, sí era fumador empedernido: el habano le gustaba poco, pero fumaba más de cincuenta cigarrillos emboquillados al día. Al extremo de que mientras se afeitaba, con la mano izquierda siempre sostenía uno. Echaba humo en todas partes, incluso en las comidas, después de cada plato.

 

Talante y actitudes

 

En cuanto a su carácter, uno de sus mayores adversarios políticos, el Conde de Romanones, reconoció que Miguel Primo de Rivera “se movió siempre sin egoísmos, creyendo que realizaba una obra de justicia y patriotismo”. Opinión de la que participaron otros comentaristas, en las semblanzas que de él hicieron, en las que a la postre siempre resplandecieron sus cualidades: “extraordinario a veces, humanísimo siempre, lo propio de un archiespañol, y como tal patriota, generoso y sincero”.

 

Pero a pesar de tan bonhomía, el dictador no era ningún iluso, y ello se vio en sus apreciaciones psicológicas sobre las masas, tal como reflejó en una conversación evocada por Jacinto Capella: “Sí, indudablemente, las multitudes son perversas; experimentan igual sadismo al encumbrar que al derribar. Ya ves, las multitudes que quisieron lynchar (sic) a Zola cuando lo del proceso Dreyfus, luego le levantaron un monumento. Las multitudes nos llevaron a la guerra con EE.UU., las mismas que abofeteaban con almohadillas a Joselito, y que a las cuarenta y ocho horas de su muerte lloraban por la tragedia en Talavera de la Reina. Ellas son las que igualmente condenaron a los atracadores del expreso de Andalucía, y los que a la mañana siguiente censurarán el rigor de la ley para con ellos al llegar su ejecución”.

 

Algunos observadores también se fijaron en los aspectos más negativos del carácter de Primo de Rivera, “en sus violentos arrebatos, casi siempre pasajeros, y normalmente motivados por un exceso de confianza en sí mismo”, tal como lo expresó Salvador de Madariaga; esbozando un cuadro no diferente del trazado por los colaboradores más próximos al dictador, como Calvo Sotelo o Pemán. Por su parte, el Duque de Maura, y Melchor Fernández Almagro, se fijaron en el paternalismo del general, al considerar que “tomó España en sus robustos brazos y la acunó amorosamente durante más de seis años seguidos. Con un regalo espléndido: la conquista total y la pacificación subsiguiente del protectorado marroquí, granjeándose por ello imperecedera gratitud. Entretuvo después a España con sonajeros políticos, y la calmó con valiosos presentes económicos: obras públicas, circuito de firmes especiales, teléfonos automáticos, etc.”.

 

Antonio Ramos Oliveira, discutido historiador de la España del siglo XX: “Don Miguel era mejor persona que la mayoría de los políticos que él alejó del poder”

 

Después de esa de cal, y no sin fundamento, los dos mencionados autores dieron, muy expresivamente, la de arena. En el sentido de que el dictador, teniendo a España en brazos, se guardó muy mucho de ponerla en el suelo constitucional para que volviera a andar por sí sola: “De ese modo, los españoles quedaron, desde septiembre de 1923, tan inmóviles como las figuras de la pantalla de una cinta cinematográfica cuando sobreviene cualquier avería en el proyector”.

 

Según el historiador Antonio Ramos Oliveira, el dictador era mejor persona que la mayoría de los políticos que él alejó del poder, y nunca se comportó como un atormentado por la suerte de España; por mucho que el embrollo nacional le hubiera despertado la idea de ir a soluciones radicales. Es por lo que hizo de la dictadura militar un régimen patriarcal, en el cual esperaba que los ciudadanos se guiaran por los consejos de su dictador, de un hombre que había vivido mucho… Y como título para gobernar, exhibía el de su patriotismo y su experiencia de hombre de mundo, en propósito de reformar las costumbres, el expediente infalible de todo arbitrista. Y a pesar de esas prédicas, no dudaba en acudir a las verbenas y regocijos populares, para mezclarse con la multitud que “nunca le odió, porque la dictadura fue un despotismo templado, y Primo de Rivera no se deshonró con la crueldad del tirano”.

 

Conforme a otro testimonio, otra vez de Salvador de Madariaga, Primo de Rivera fue todo un poema en su vida de dictador: “Vivió en el Ministerio de la Guerra, en pleno centro de la ciudad [Plaza de la Cibeles], y solía salir de paseo después de una cena tardía, en las horas de la noche en que las calles más bullían de gente. Después de lo cual, ya muy tarde, volvía al ministerio-vivienda, y ante un plato de fiambres, se ponía a hilar sus notas oficiosas de inserción obligatoria; cuando no a suspirar alguna que otra nostalgia: “Quién me diera poder tirar todo esto y volverme a mi Jerez…”.

 

Shlomo Ben Ami, Embajador de Israel en España y ex Ministro del propio gobierno israelí hizo su tesis doctoral española sobre “La Dictadura de Primo Rivera 1923-1930”. Sobresaliente cum laude

 

Notas oficiales y el nuevo Estado

 

El dictador fue muy aficionado a la publicación de notas oficiosas, escritos respecto de los cuales José María Pemán sostenía que estaban llenos de la ambición de llegar a todos los rincones de la vida española, para despertarla y ennoblecerla: “Con energía a veces, con sencillez paternal otras, con fuego de apóstol o catequista en ocasiones, el general corregía, censuraba o aplaudía con espontaneidad cuanto lastimaba o confortaba su espíritu durante la jornada… Nada escapaba a su sensibilidad. Se diría que tuviera el alma en carne viva para el roce de cuanto podía afectar al nombre o a la vida de España. Como Santa Teresa que veía al Señor hasta entre los pucheros de su cocina conventual, el dictador parece que veía a su Patria hasta en los actos más menudos y en los detalles más insignificantes”.

 

En el mismo sentido, Jacinto Capella subraya que las notas oficiosas que tantos y tanto se le criticaron, y de las que incluso para algunos de sus mejores amigos claramente abusó, eran un exponente de su carácter abierto y franco. No podía estarse quieto, y el menor detalle le impelía a la expansión: cogía el lápiz y trasladaba sus ideas al bloc, de donde arrancaban las cuartillas. El motivo de escribir con lápiz lo explicaba el dictador de esta forma: “Es más rápido y más limpio. No se pierde el tiempo en mojar la pluma, ni en tener que quitar ningún pelo, ni se hacen borrones, ni se manchan los dedos”. Pragmático, pues, a carta cabal.

 

Por su parte, Shlomo Ben-Ami sostiene en su obra La dictadura de Primo de Rivera 1923-1930, que sea cual fuere el enfoque historiográfico que se adopte, es obligado desterrar la idea de un Primo de Rivera serio, si es que realmente quiere llegarse a una conclusión válida sobre su régimen: “que en manera alguna fue el de un déspota oriental o un benefactor carente de cualquier orientación conceptual, o de un tipo elemental de caudillo decimonónico”.

 

En ese sentido, Ben-Ami subraya que el dictador nunca intentó elaborar un cuerpo de doctrina coherente y sistemático. En cierto modo, él fue el primero en admitir sus improvisaciones, su pragmatismo y su sincretismo. Y en uno de sus discursos ante una de sus criaturas, el pseudo-parlamento que era la Asamblea Nacional, llegó a declarar que a lo largo de toda su vida había cambiado de puntos de vista en muchas ocasiones. Como se demostró en el hecho de que tal vez fue el único dirigente militar, con la sola precedencia de Prim en 1868, que desarrolló en España la noción de un nuevo Estado y de un tipo nuevo de hacer política.

 

 

Dejamos aquí el tema de hoy, y seguiremos la próxima semana. Hasta entonces, pueden conectar con el autor a través del correo electrónico [email protected].