La dictadura de Miguel Primo de Rivera. La forja de un protagonista de la historia (I)
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La dictadura de Miguel Primo de Rivera. La forja de un protagonista de la historia (I)

Ramón Tamames comienza un nuevo serial sobre Miguel Primo de Rivera y su dictadura, de la que existe "un conocimiento prácticamente cero entre los españoles".

Tenía la intención de iniciar hoy una serie de artículos sobre el tema de las Comunidades de Castilla y las propias Cortes Castellanas. Pero el texto que tengo iniciado sobre esas cuestiones, no está todavía suficientemente maduro. Necesita de más elaboración para ofrecerlo a los lectores de Tribuna. En cualquier caso, ya anuncio que vamos a tener una sesión, telemática, en las Cortes de Castilla y León, el próximo día 11 de noviembre, sobre esos temas de Comunidades y Cortes. De lo que daré una información cabal el próximo viernes 6, del Brumario que se inicia pasado mañana. De ese modo, espero que los más avezados lectores de Tribuna puedan seguir, si quieren, el desarrollo de esa sesión de trabajo, sobre temas históricos tan importante para Castilla y León.

 

En consecuencia, hoy iniciamos una serie sobre un tema bien distinto que es el de la Dictadura de Miguel Primo de Rivera, 1923 a 1930, de la que hoy existe un conocimiento prácticamente cero entre los españoles. Cuando en realidad esa Dictadura marcó un paso decisivo en la Historia de España, de fuerte crecimiento económico y de las clases medias, que precedió a la Segunda República y a la tragedia de la guerra civil 1936-39.  

 

Familia y primeros destinos: Puerto Rico y África

 

Miguel Primo de Rivera nació en Jerez de la Frontera (provincia de Cádiz) en 1870, y murió en París en 1930. Y como subraya Xavier Casals en el libro Miguel Primo de Rivera y Orbaneja, el que andando el tiempo sería dictador de España, perteneció a una familia donde la sed de gloria era pareja a la búsqueda de promoción social. En ese sentido, su bisabuelo, Joaquín Primo de Rivera (1734-1800), remontó el linaje familiar a la época de los Césares, considerando como fundador del linaje a Marco Antonio Primo, honrado que fue en Roma por el Senado en tiempos de Nerón; para después, imperando Galba, ser elegido tribuno de la Legio Septima, al frente de la cual obtuvo señaladas victorias.

 

Siguiendo tan larga tradición familiar, en 1884, a los 15 años, Miguel Primo de Rivera escogió la carrera militar, y tras sus estudios en la Academia General de Toledo, marchó a la isla de Puerto Rico, en las Antillas españolas, donde estuvo destinado en el Memorable Batallón de Cazadores durante dos años. Desde allí, en 1893 volvió a España al Regimiento de Extremadura, de guarnición en Jerez, su tierra natal.

 

Por aquel entonces, cuando se levantaba un fuerte en el cerro de Sidi-Aguariach en el entorno de Melilla, para mejorar sus defensas, varios ingenieros españoles fueron tiroteados por un grupo de rifeños. Y como la nueva fortaleza no podía construirse bajo el constante asedio de los indígenas, el personal de la obra hubo de trocar las herramientas por fusiles y ametralladoras; en tanto que el general Margallo, que estaba al mando de la plaza de soberanía, tuvo que emplazar varias piezas de artillería contra los atacantes, y pedir refuerzos a la Península. Desde donde se hizo llegar el Regimiento de Extremadura, el de Primo de Rivera. Fue así como el joven teniente participó en la defensa del fuerte de Cabrerizas Altas, y su heroico comportamiento al recuperar un cañón, le valieron la cruz de primera clase de San Fernando y las estrellas de capitán.

 

La Fortaleza de El Morro, en San Juan de Puerto Rico, primer destino militar de Miguel Primo de Rivera en América

La Fortaleza de El Morro, en San Juan de Puerto Rico, primer destino militar de Miguel Primo de Rivera en América

 

Cuba y José Martí

 

A la vuelta de África, se confió al joven Miguel el mando de la segunda compañía del Batallón de Cazadores, en Ciudad Rodrigo, la plaza fuerte próxima a la raya de Portugal, lo que vino a suponerle un período de insoportable monotonía. Hasta que, en 1895, Martínez Campos, a la sazón gobernador general de Cuba, y comandante en jefe del Ejército de operaciones contra la sublevación en la isla contra el dominio español, le llamó a su lado como ayudante de campo.

 

En los círculos más selectos de La Habana de entonces, no se dejaba sentir tanto el curso de la guerra que se libraba contra la independencia de los cubanos. En los medios españoles se sucedían de continuo saraos y fiestas; había cinco teatros abiertos, y numerosos cafés-concierto que alegraban la vida, en medio de los peligros que acechaban por doquier.

 

En ese ambiente de placeres cotidianos, el joven Miguel no se sentía a gusto, y por ello mismo no vaciló en pedir que se le diera de alta en las operaciones militares. A lo cual Martínez Campos respondió enviándole a los lugares de más duros enfrentamientos, participando en la acción en que resultó muerto José Martí (el presidente de la República insurrecta), en la localidad de Dos Ríos. Poco después, en un operativo contra el generalísimo cubano Antonio Maceo, Primo ganó el ascenso a comandante.

 

La Catedral de La Habana, del siglo XVI, en Cuba, otra escala en la vida militar de Miguel Primo de Rivera, ulterior dictador (1923-1930)

 

En Filipinas con Emilio Aguinaldo

 

Retornado a la Península, en 1896, al nombrarse capitán general de Filipinas a Fernando Primo de Rivera –que por méritos propios había ganado el título de Marqués de Estella y quien por no tener hijos propios había decidido adoptar a Miguel en 1894—, le reclamó para una misión en el otro gran archipiélago español, en el confín extremo del planeta. Y cuando allí arribó el joven comandante, el mismísimo Marqués le definió su destino como una tarea difícil: “Manila está tranquila, al parecer, pero hay rebeldes en todas partes”. Y es que, en efecto, en analogía a La Habana, la vida cotidiana resultaba de lo más engañosa: la gente concurría a los casinos y teatros como si no pasara nada, y las señoras más encopetadas se paseaban por la Calle de la Escolta, con sus tiendas de lujo, haciendo compras, y pensando siempre en acudir a las recepciones del capitán general de las Islas. Nunca habían sido tan solicitadas las invitaciones para el Palacio de Malacañang, donde el Marqués de Estella recibía a lo más granado de la sociedad española y filipina.

 

El gobernador encargó al hijo adoptivo que se ocupara de su secretaría personal, donde había de llevar las cuentas de la residencia, supervisar los menús de los ágapes, y distribuir las invitaciones para fiestas y veladas. Una actividad social de la que su tío estaba convencido era parte notable del necesario trabajo social si se quería pacificar el archipiélago.

 

Sin embargo, y como antes en Cuba, el joven Primo de Rivera no soportaba tan domésticas encomiendas, y al solicitar más acción, participó en las operaciones de Cavite en que se derrotó al jefe de los guerrilleros filipinos, Emilio Aguinaldo; quien con sus hombres se vio en la tesitura de huir a las zonas más recónditas de la Isla de Luzón.

 

Luego, cuando el gobierno de la metrópoli autorizó al gobernador Fernando Primo de Rivera que pactara con los insurgentes, y que incluso comprase la paz, Miguel tomó parte muy activa en las tratativas para ello. Con diligencias que permitieron, el 23 de diciembre de 1897, la firma del Pacto de Biacnabató piedra partida en tagalo—, merced al cual los rebeldes aceptaron deponer las armas, a cambio de una amplia amnistía y de la cantidad de un millón setecientos mil pesos en concepto de “socorro por los daños recibidos en la conflagración”.

 

Para llegar a ese acuerdo, Miguel Primo de Rivera, estuvo negociando con Aguinaldo en Hong-Kong, donde permaneció por espacio de cuarenta días sin la menor escolta. Gestiones en las que reveló un fino sentido de la diplomacia, por lo cual recibió la Gran Cruz de María Cristina, la reina regente en la aún minoría de edad de Alfonso XIII.

 

Firmada la paz Biacnabató, los círculos españoles de Manila se sumieron en la despreocupación total, hasta que la voladura del Maine en el puerto de La Habana (15 de febrero de 1898) infundió cierta intranquilidad, pues una guerra con EE.UU. podía tener también las más graves consecuencias para el archipiélago que Legazpi había incorporado a los dominios de Felipe II en el siglo XVI.

 

Dos semanas después del incidente del Maine, se nombró nuevo capitán general de Filipinas a Basilio Agustín Dávila, quien arribó a Manila en vapor-correo, el 9 de abril de 1898, la misma fecha en que Fernando Primo de Rivera le hizo entrega del mando. Pero ese mismo día se recibió de Madrid un telegrama instándole a quedarse con el nuevo capitán general, en previsión de un inminente conflicto con EE.UU. Sin embargo, todo volvió a cambiar cuando llegó otra misiva de Madrid en la que textualmente se decía: “Visto el telegrama de V.E. de ayer, y no pareciendo inmediata la ruptura con Estados Unidos, puede regresar el general Primo de Rivera en cuanto estime oportuno”.

 

Una escena en Intramuros, Manila, último destino de Miguel Primo de Rivera, en Filipinas, en un Imperio Español que desapareció por entonces (1898)

 

Final del Imperio

 

El 11 de abril, el ya ex-capitán general embarcó en el puerto de Manila en el vapor León XIII de la compañía Transatlántica, regresando a la Península junto con Miguel, quien siempre guardó gran pena por no haberse quedado en Manila, la perla de Asia, esperando la eventual incursión de los yanquis. Fueron largos los días de navegación, sin noticias de lo que sucedía en el mundo, y solamente en la escala hecha en Suéz se enteraron los dos militares de la declaración de guerra de EE.UU., así como de la trágica pérdida de la flota española en Cavite.

 

El primer Marqués de Estella y su sobrino arribaron finalmente a Madrid cuando era escenario de la derrota de Cavite, y también de la de Santiago de Cuba, compensadas ambas por funciones patrióticas, y la rutina de festejos de todas clases, que nunca se interrumpieron por los fracasos en ultramar. En ese entorno, que le resultaba desmoralizante, Miguel permaneció algún tiempo en la capital, ayudando a completar el informe que su tío estaba en la obligación de presentar sobre Filipinas ante el Congreso de los Diputados. Y fue por esos días cuando en Jerez de la Frontera falleció su padre natural. El dolor de hijo por esa pérdida, junto con los episodios en las últimas posesiones de España en América y Asia, terminaron por vencer la robusta naturaleza del joven militar.

 

El 1 de enero de 1899, las banderas de las barras y estrellas se alzaron en las mismas astas en que por siglos flamearon las enseñas españolas en Cuba, Puerto Rico, Filipinas y en Guam, la capital del archipiélago de las Marianas. Y las derrotas pasaron a ser menciones virtualmente prohibidas, en la intención de olvidarlas. El sentimiento popular se pronunciaba por archivar los aciagos recuerdos, en la sensación de que no se había luchado suficiente, por estimarse de antemano que la guerra estaba perdida. En ese contexto, Primo de Rivera sentía el más vivo desprecio por los “estrategas de mesa de mármol”, que habían cometido todos los errores imaginables en la paz y la guerra. Como tampoco ocultaba su aversión hacía quienes, en la burguesía y la aristocracia, pagaban para no enviar a sus hijos a ultramar. ¿Qué sabían ellos de los ofidios venenosos de la manigua, de los afilados machetes de mambises y tagalos, de las emboscadas a 45 grados de temperatura? A Miguel sólo le quedaba la rabia ante la pérdida de lo que siempre había considerado parte inenajenable de España.

 

 

Dejamos aquí la semblanza de Miguel Primo de Rivera, para proseguir el próximo viernes 6 de noviembre. Y como siempre, los lectores de Tribuna pueden comunicarse con el autor a través del correo electrónico [email protected].

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