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La dictadura de Miguel Primo de Rivera (IV)

Seguimos con la historia de la dictadura de Primo de Rivera, tan escasamente recordada hoy en España, y que sin embargo fue una de las claves de nuestra atormentada Historia, entre el final de la Restauración y la Segunda República. Precisamente dedicamos la entrega de hoy a los azarosos momentos últimos de la Restauración, incluido el borboneo de Alfonso XIII hasta 1923.

LOS ÚLTIMOS TIEMPOS DE LA RESTAURACIÓN (DE 1909 A 1923): LA GUERRA DE ÁFRICA

 

Para entender plenamente el carácter de la dictadura que en 1923 instauró Primo de Rivera, resulta necesario considerar cuál era la situación de España en la época; como sucesión de una serie de difíciles episodios políticos que empezaron por la Semana Trágica, 1909, cuando en Barcelona se desarrollaron graves incidentes de orden público, al negarse los conscriptos a embarcar para la impopular y cruenta guerra de Marruecos. Una contienda colonial que se inició después de que el Tratado de Algeciras de 1905 asignara a España el Protectorado de la zona Norte de Marruecos, donde en el belicoso Rif, sus pobladores se resistían a la ocupación.

 

La Semana Trágica tuvo muchas consecuencias, y políticamente su mayor incidencia consistió en que dejó de funcionar uno de los instrumentos clave de la Restauración: el turno de partidos; establecido en 1885, a la muerte de Alfonso XII, por Cánovas y Sagasta, para rotar en el poder conservadores y liberales, y garantizar así la estabilidad de las instituciones. Desde 1909, la Lliga de Cataluña y el PSOE adquirieron suficiente fuerza como para impedir la continuidad de la farsa del turno.

 

Luego, en otra explosión contra el caduco sistema de la Restauración, y en medio de la gran guerra iniciada en 1914, llegaría el episodio de la huelga revolucionaria de 1917, que se originó por la convergencia de tres procesos incidentes: el corporativismo de las juntas militares, promovidas por el descontento de la oficialidad en apariencia más progresista antes de los desastres en Marruecos; los afanes de los nacionalismos de Cataluña y el País Vasco, que se habían enriquecido con los beneficios de la guerra; y el malestar obrero, debido a los bajos salarios y el alto precio de las subsistencias, por la desmesurada exportación española durante la neutralidad oficial declarada en 1914 frente a los dos bandos en contienda.

 

 

Alfonso XIII tuvo muchos problemas en su matrimonio con la reina Victoria Eugenia, sobre todo por la hemofilia. Pero mayores fueron los problemas del rey con su borboneo continuo de los gobiernos.

 

En ese último aspecto, cabe destacar, como dice Ramón de Franch en su libro Genio y figura de Alfonso XIII, que en la barahúnda de la gran guerra europea, los audaces se dieron a las más disparatadas especulaciones bursátiles, arrastrando con la resonancia de sus éxitos a otros muchos y, haciéndose millonarios de un día para otro… Bastaba un pequeño capital de base, un poco de crédito y un agente de Bolsa bien colocado; siendo el resto cuestión de la suerte, que ciertamente se generalizó con la bonanza de las exportaciones de todas clases a los dos bandos en conflicto desde la España neutral.

 

Las consecuencias de la Primera Guerra Mundial  y la crisis de 1917

 

Bilbao se llevó la palma en esos negocios fáciles: así resultó que un gran número de contribuyentes bien modestos, con un paquete de acciones de compañías navieras, levantaron regias fortunas. “Recuerdo a ese propósito –dice De Franch— que una noche, en una de esas clásicas comilonas Ande Lusiano, le oí decir a un bilbaíno castizo, que ya no era Hamburgo la ciudad de Europa de más millonarios, sino Bilbao; donde hasta los obreros bebían whisky del mejor, traído de propina en los barcos ingleses que llegaban a cargar mineral de hierro”. De modo que mientras la burguesía, e incluso las clases medias, se hacían más ricas, las clases trabajadoras sufrían en su bolsillo y en sus carnes el impacto de la carestía de los géneros que eran exportados masivamente. La protesta se incubó y no tardaría en explotar.

 

En cuanto a las juntas militares, según Azaña, “combatían el nepotismo de los generales y el favoritismo del rey; y pedían el mejoramiento técnico del ejército. Traían un aire de oposición a lo constituido, que las hizo momentáneamente populares. Y para ser reconocidas, cometieron un acto de indisciplina colectiva en 1917. El gobierno se inclinó ante ellas, pero las juntas no se atrevieron a tomar el poder, y así las cosas, a fin de compensar su acto indisciplinario, reprimieron con dureza la huelga general”. En palabras del propio Azaña, “derribaron cinco o seis ministerios, depusieron generales, comisarios, y gobernadores civiles. Todo ello, a pesar de que con la mayor seriedad del mundo afirmaban que no hacían política”. Pero en realidad tampoco contribuyeron al saneamiento de la sociedad y las instituciones. A la hora de la verdad, se apuntaron a la represión de los obreros y al mantenimiento de un régimen parlamentario mediocre y corrompido.

 

Con ese trasfondo tan complejo como imprevisible en sus consecuencias, uno de los dirigentes conservadores más extremistas de la política del momento, Juan de la Cierva, ministro de la Guerra en sucesivos gobiernos, corrompió a las juntas; ascendiendo al nivel de general a los siete coroneles de su organización central, y arrancando a las Cortes las reformas militares de 1918, que lejos de mejorar el funcionamiento del ejército no hicieron otra cosa que multiplicar los empleos, rociando con millones a la inquieta oficialidad. También según Azaña, los efectos de esa gestión “se tocaron en Marruecos, en 1921, en Annual, cuando los moros destruyeron en pocas horas un ejército de 25.000 hombres con todo su material, y se apoderaron de parte del territorio en torno a Melilla. No quedando en la Península ni un solo regimiento en disposición de salir en campaña para socorrer a aquellos desventurados”.

 

Lo esencial del triple movimiento de 1917, como puso de relieve Juan Antonio Lacomba, en su Historia Económica de España, es que en la ocasión que comentamos, se dieron otras tantas posibilidades de revolución: la parlamentaria, la obrera, y la militar. Pero sin que hubiera una verdadera conjunción de intereses entre ellas, pues de otro modo la monarquía habría caído irremisiblemente. En todo caso, la rebeldía militar de las juntas, significó la reincorporación del ejército a la política (como reiterativamente había sucedido en el siglo XIX), con la aquiescencia del rey, e incluso con el apoyo de éste.

 

En el campo, las ocupaciones de fincas caracterizaron el período 1917-1920 en Andalucía, lapso que llegó a conocerse como el trienio bolchevique, con gritos de viva Lenin y Viva Rusia, evocadores de la nacionalización de la tierra decretada por el emergente gobierno soviético tras la revolución bolchevique de octubre de 1917. Agitación que se extendió a las áreas industriales, en las que los sindicatos vieron aumentar su fuerza, sobre todo en el caso de Barcelona, donde surgió la guerra sucia de la policía contra el sindicalismo anarquista. Lucha que degeneró en auténtico pistolerismo bilateral que algunos días producía más de 20 muertos.

 

Por último otro problema, también comentado antes y que no dejó de intensificarse, fue el del nacionalismo catalán, que no cejaba en sus reivindicaciones. Y a esa situación en Cataluña se agregaron las ideas separatistas sembradas por Sabino Arana desde finales del siglo XIX, y que fueron al alza por la acción de su partido, el PNV, que también entró en fase de exacerbación.

 

Con el apoyo militar, el gobierno, presidido entonces por Antonio Maura, se empleó con especial violencia contra el movimiento obrero, hasta el punto de romperse de esa manera el consenso social de la Restauración; quedando el rey virtualmente condenado por la opinión pública al no moderar a su propio gobierno. Así las cosas, y aunque su funcionamiento estaba minado ab initio por todos los vicios de la oligarquía y el caciquismo –denunciados por Joaquín Costa en su libro del mismo título publicado en 1902—, la Restauración quedó seriamente dañada. No obstante lo cual, aún se mantendría en vigor durante cinco revueltos años, hasta 1923.

 

Los gobiernos nacionales

 

Ese quinquenio resultó verdaderamente agónico, pues a lo largo del mismo se recurrió a la fórmula de los gobiernos nacionales, en un intento de estabilizar la situación política, concentrando las fuerzas conservadoras y liberales en sucesivos gabinetes. En la idea de que con ese proceder, se resistiría mejor la marea amenazante de la monarquía desde el movimiento obrerista, el republicanismo, el nacionalismo, y las posibles intentonas militares. Y en esa vorágine nacional, en marzo de 1921 cayó en atentado anarquista el propio presidente de gobierno, Eduardo Dato, el más valioso de los conservadores, tiroteado en la Plaza de la Independencia de Madrid.

 

En cuanto a la economía, también de Ramón de Franch es el testimonio de que “por la ley inexorable de la oferta y la demanda, el valor comercial de España declinó rápidamente, tan pronto como se suspendieron las hostilidades en 1918”. La producción tuvo que restringirse, resurgiendo el paro obrero, y gran número de empresas no pudieron continuar en actividad a causa del alto nivel alcanzado por los salarios. Una infinidad de nuevos ricos, en la euforia de su inopinada situación, no supieron apretarse el cinturón a tiempo, y acabaron más pobres que antes: “El proletariado fue presa fácil de los agitadores, y pronto en los grandes centros industriales la vida se hizo insoportable a fuerza de desórdenes; cuya violencia aumentaba, al amparo de un relajamiento inaudito del principio de autoridad”.

 

Dejamos aquí el curso de la Historia para seguir el próximo viernes. Los lectores de Tribuna, como siempre, podrán conectar con el autor a través del correo electrónico [email protected].

 

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