La dictadura de Miguel Primo de Rivera (II). La forja de un protagonista de la historia
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La dictadura de Miguel Primo de Rivera (II). La forja de un protagonista de la historia

Fachada del Teatro Liceo, símbolo de la burguesía catalana.

La pasada semana iniciamos para los lectores de Tribuna un episodio de la Historia de España, de 1923 a 1930, relativamente olvidado. Y que, sin embargo, tuvo gran importancia, al marcar el final de lo que se llamó La Restauración, abriendo el curso de los acontecimientos a la proclamación de la Segunda República (1931/36) y la mayor crisis de nuestro acontecer: la guerra civil 1936/39

La familia del General

 

Dicen que en Jerez, la ciudad natal del ulterior dictador, al volver a encontrar a su madre en 1898, envuelta en negros atavíos de duelos familiares, la imagen le quedó grabada como la expresión de la España atormentada por el desastre de la pérdida de las últimas posesiones españolas ultramarinas.

 

A poco de ello, la vida seguía, Miguel Primo de Rivera hubo de tomar el mando del Regimiento de Soria, de guarnición en Sevilla, para más tarde ser trasladado al Batallón de Alba de Tormes, en Barcelona, donde en 1902, por primera vez, presenció las manifestaciones del catalanismo, que nunca vio con buenos ojos.

 

No obstante, en la relativa tranquilidad militar del nuevo siglo XX, Miguel Primo de Rivera tuvo tiempo para dedicarlo a su propia vida personal: en 1902 casó con Casilda Sáinz de Heredia y Suárez de Argudín, mujer de gran belleza nacida en San Sebastián, Guipúzcoa, hija de Don Gregorio Sáinz de Heredia y Tejada, riojano de Alfaro y magistrado que fue en las Audiencias de Cuba y Puerto Rico; siendo su madre, Doña Angela Suárez de Argudín y Ramírez de Arellano, de ascendencia habanera.

 

Del matrimonio, que sólo duró seis años por la muerte de la esposa en 1908, nacieron seis hijos de los que vivieron cinco: José Antonio, Miguel, Fernando, Carmen, y Pilar; que en lo sucesivo tuvieron por madres a dos tías paternas: una soltera (María), y la otra viuda sin descendencia (Inés). Pero la pronta viudedad no significó que Miguel no llevara a lo largo del resto de sus años una vida galante, ni que no tuviera algún notorio noviazgo, como el mantenido con la célebre Niní, que le ocasionó tantos disgustos políticos.

 

Vuelta a las armas

 

En 1909, Miguel Primo de Rivera volvió a entrar en combate, otra vez en la zona de Melilla. Una copla popular del momento se hizo eco de la desesperación y el pesimismo nacionales. La cantaban niños y viejos, hombres y mujeres, como muestra de aversión frente a los gobiernos que tan desgobernado tenían el país:

 

Para los novios y novias

es una gran pesadilla:

antes, la guerra de Cuba,

y hoy, la de Ceuta y Melilla.

 

 

 

En junio de 1910, Primo de Rivera regresó a Madrid, esta vez para reintegrarse en el Estado Mayor Central, donde permaneció hasta septiembre del siguiente año; en que solicitó y obtuvo el mando, por unos meses, del Regimiento de San Fernando, instalado en Melilla. Donde su participación en una serie de operaciones bélicas le valió el ascenso a general, siendo el primero de su promoción en llegar a ese nivel de la escala.

 

Vuelto a Madrid, mediando 1913, no tardó en retornar a la actividad bélica en las operaciones del Ejército en África, de las que se derivó un nuevo premio: la gran cruz del Mérito Militar, con distintivo rojo, y el ascenso a general de División. Y en esa calidad, 1915, fue nombrado gobernador militar de Cádiz.

 

Allí, en 1917, fue elegido miembro de la Real Academia Hispano Americana de Ciencias y Artes, docta casa en la que ingresó con un discurso sobre el tema “Gibraltar y África”, cuya tesis era contundente: ante la cruenta prolongación del conflicto marroquí, había un dilema digno de ser meditado: o se conquistaba Marruecos (cosa que se estaba intentando sin escatimar hombres ni dineros, pero sin resultados positivos), o se renunciaba por completo a pacificar el pretendido protectorado.

 

Y fue en ese mismo evento académico, cuando enunció una de las ideas que luego reiteraría: solicitar del Imperio Británico la devolución de Gibraltar a España, a cambio de la plaza y bahía de Ceuta, “y si es preciso más, ofreciendo la leal renuncia a toda pretensión sobre Tánger”. Como inciso, sería bueno recordar el acto significado de Ceuta para la historia de los dos países ibéricos, pues en 1568, cuando Portugal se separó definitivamente de España, esa plaza del Estrecho, que había sido la primera posesión extrapeninsular de los lusos, en el comienzo de su imperio colonial, prefirió quedarse al lado de España.

 

Luego, ya en las postrimerías de la gran guerra, guerra europea, o la que acabaría llamándose primera guerra mundial (1914-1918), el gobierno de Madrid designó al joven general para visitar los frentes bélicos del lado de franceses y británicos. En medio de la gran polémica nacional de la España oficialmente neutral: a quién apoyar, si a los aliados (París y Londres), o si a los imperios centrales (Alemán y Austrohúngaro con el apoyo de Turquía).

 

Primeras sensaciones políticas

 

En julio de 1919, Miguel Primo de Rivera, a los 49 años, ascendió a teniente general con destino de capitán general en la región militar de Valencia, y seguidamente de la de Madrid. Por entonces, en carta que dirigió a su tío Fernando, marzo de 1921, poco antes de la muerte de quien fue su gran protector y padre adoptivo, parecía como si ya tuviera claro su ideario político:

 

"Yo creo que en España no hay educación política ni arriba ni abajo para gobernar con grupos acoplados a un programa… Y creo, por lo tanto, que hacen falta los partidos, dos o tres todo lo más: conservadores, liberales y radicales, sin que por ahora pueda pensarse en más gobierno que en el de los primeros, y aun ése acentuando su acción contra el sindicalismo revolucionario y terrorista… Lo importante, por el momento, es hacer fuerte y unido al partido conservador que gobierna [entonces bajo la égida de Antonio Maura] y ha de gobernar largo tiempo; todo lo que duren estas Cortes, por lo menos tres años. Solo así podrán hacerse las obras de reconstitución económica y de restablecimiento del orden social, que hoy están en derrumbamiento"

 

Fue ocupando el puesto de capitán general de Madrid cuando Primo de Rivera pronunció un discurso memorable en el Senado, cámara a la que había accedido como miembro nato, por ser grande de España, al convertirse en segundo Marqués de Estella tras heredar el título nobiliario de su tío Fernando. En esa intervención, 25 de noviembre de 1921, el general propuso abandonar el protectorado de Marruecos. “Yo estimo, desde un punto de vista estratégico –dijo— que un soldado más allá del Estrecho es perjudicial para España”. Razonando, además, que resultaba ridícula la situación del país, sin defensas en las costas ni en las fronteras, sin fabricación de armas ni municiones, sin industria naval propia, sin movilización ni instrucción. Resultaba necio, en tales circunstancias, decir que se tenía la llave del Estrecho. Lejos de las prepotencias al uso, su crítica fue descarnada:

 

"Somos el enano de la venta chillando sobre el pasado y el porvenir y olvidando el presente, que es lo que más importa y que no puede ser más mísero… España está con los caminos llenos de pobres famélicos que no encuentran trabajo en parte alguna, con los niños escuálidos manteniéndose en los vertederos como cerdos; y todos sin escuela, sin hogar, sin cura en los campos, sin médicos, habitando zonas palúdicas que se sanearían con menos de los que cuesta un año de África… ¿para qué hablar de esto?"

 

En esa ocasión, Primo planteó de nuevo, argumentándola minuciosamente, la posibilidad de cambiar a Inglaterra Gibraltar por Ceuta. Idea poco convencional —revivida sin éxito ulteriormente, en julio de 1925— que por considerarse antipatriota, le valió ser relevado de su puesto de capitán general en la primera región militar; permaneciendo ocioso algunos meses, hasta que en marzo de 1922 fue nombrado capitán general de la Cuarta Región, Cataluña. En fin de cuentas, el gobierno decidió que Barcelona, la ciudad de los disturbios sociales y del pistolerismo inacabables desde el final de la gran guerra, necesitaba de un hombre como Primo de Rivera, “para ser curada de las querencias anárquicas y separatistas”.

 

En la Cataluña agitada por el sindicalismo

 

Allí, el flamante capital general se pronunció a favor de las pretensiones autoritarias de la burguesía, alarmada como se encontraba por la agresividad de los grupos anarquistas. Y desde esa actitud, aplicó una política de mano dura contra al pistolerismo sindical; consiguiendo la destitución de varios gobernadores civiles considerados excesivamente débiles por la belicosa Federación Patronal, que si bien en lo político era nacionalista, socialmente se mostraba partidaria del centralismo policial.

 

En ese ambiente de fuerte crisis política y social en Barcelona y primero de todo para evitar las consecuencias del Expediente Picasso por las responsabilidades del mayor desastre militar en Marruecos, Annual, el 13 de septiembre de 1923 Primo de Rivera daría un golpe de Estado que contó con la rápida aprobación del rey.

 

Dejamos aquí en el relato histórico para la próxima semana, en el momento en que el General Miguel Primo de Rivera dio el paso decisivo de su vida, al instaurar la Dictadura militar y después civil de toda España. Se abrió así un largo sexenio (septiembre de 1923/enero de 1930) que cambiaría España en muchos aspectos, lo cual no permitió evitar lo que vendría después, de una República en la que se preparó la Guerra Civil 1936/1939.

 

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