La democracia de Yolanda
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La democracia de Yolanda

Con motivo del centenario de la fundación del Partido Comunista de España, la vicepresidenta y ministra de Trabajo, Yolanda Diaz, eternamente Yolanda, ha escrito un prólogo para una reedición de “El Capital”, de Karl Marx, un libro en el que según dice “late una defensa vital y apasionada de la democracia y la libertad”. Esta incursión de la ministra en la literatura ha sorprendido a algunos y ha generado cierto revuelo en los medios de comunicación y en el entorno parlamentario.

 

En realidad, no entiendo qué es lo que causa tanta sorpresa. Quizá alguno haya flipado, no sin cierta razón, al ver que Yolanda es capaz de articular un texto de varios párrafos, que, aunque cursi y farragoso (“la condición procesual de su obra, o al menos de la imprevisible variabilidad de una ecuación que, en nombre del comunismo y de un ideal revolucionario, se resuelve con la abrogación de las verdades eternas”), es en general correcto desde un punto de vista sintáctico y gramatical. Pero todos sabemos como funcionan estas cosas, hasta Sánchez presume de haber escrito un libro y una tesis doctoral.

 

Y respecto al contenido, pues la vicepresidenta ya nos había explicado estas cosas varias veces. Recuerdo una entrevista, en abril de este mismo año, en la que, preguntada sobre si era más de libertad o de comunismo, la entonces solo ministra pedía que “no frivolicemos con la libertad, a mi en mi casa me han enseñado que el comunismo es la democracia y la igualdad”.

 

Que Yolanda escriba, o que encargue que le escriban, un prólogo para “El Capital” no debería sorprendernos. Lo sorprendente es que, en 2021, haya comunistas en el Gobierno de un país europeo, 32 años después de que al caer el muro de Berlín todo el mundo pudiese comprobar hacia qué lado corría la gente. Es más, lo increíble es que todos estemos de acuerdo en proscribir el nazismo de nuestra sociedad, pero aceptemos el comunismo como animal de compañía.

 

El filósofo, catedrático y Premio Nacional de Literatura Gabriel Albiac lo expresa de manera impecable: “¿Qué odiosa perversión nos permite ser, a un tiempo, dignamente implacables con los genocidas hitlerianos y untuosamente benévolos con los genocidas comunistas?”.

 

El 26 de junio de 1963, un presidente demócrata de los Estados Unidos, John F. Kennedy, visitó ese Berlín partido en dos y pronunció un histórico discurso en el que señalaba lo siguiente: “La libertad se enfrenta a muchas dificultades y la democracia no es perfecta, pero nunca hemos tenido que levantar un muro para encerrar a nuestro pueblo, para prevenir que la gente se vaya”. Y explicó también que el muro, “es la más obvia y viva demostración del fracaso del sistema comunista, es una ofensa no solo contra la historia, sino también una ofensa contra la humanidad, que separa familias, divide maridos y esposas, hermanos y hermanas, divide a la gente que desea volver a estar unida”.

 

Pero a Yolanda la libertad le parece una frivolidad, porque para ella y sus camaradas lo importante es imponer, aunque sea a base de cemento, ladrillos, alambradas y metralletas, ese “texto fraterno” que como dice “es una carta abierta a la humanidad” en el que se contienen “las claves para la conquista de una verdadera democracia” en la que todos seamos iguales. Aunque unos más iguales que otros, como en la granja de Orwell.

 

Desde hace años, cuando cayeron los velos y la utopía comunista se reveló en su más cruda realidad, y tras la publicación de libros como “Archipiélago Gulag” de Solzhenitsyn o el muy recomendable “Imperio” del periodista polaco y premio Príncipe de Asturias de las letras Ryszard Kapuściński, la nueva estrategia ha sido contarnos que el comunismo es una genial idea, aunque ha sido mal aplicada. Que la culpa era de Mao o de Stalin, pero no de Marx, que en realidad diseñó un sistema perfecto.

 

Hay incluso otros, como el sociólogo Manuel Castells que hizo fortuna en la privada y elitista universidad de Berkeley y ha sido elevado por Sánchez a ministro de Universidades, que justifican a Stalin porque “industrializó y modernizó la Unión Soviética en un tiempo récord y construyó una máquina militar que fue la fuerza decisiva para derrotar al nazismo”. No debe saber, o al menos no lo menciona, que antes de entrar en guerra con Hitler, Stalin pactó con él para repartirse Polonia y los países bálticos y solo luchó contra el nazismo cuando fue invadido. Pero no lo hizo para salvar a Europa. Todo lo contrario, sojuzgó durante años a todos los países europeos que conquistó.

 

Ni el comunismo es una barrera contra el nazismo, ya que son el mismo perro totalitario con distinto collar, ni es un maravilloso sistema mal aplicado por algunos. La historia de lo que ocurrió en la Unión Soviética se repite cada vez que el marxismo triunfa, ya sea en Cuba, en Corea o en Venezuela. Y sigue siendo igual en China, donde Mao mató a 80 millones de personas y el Partido Comunista sigue sin dudar en lanzar los tanques para masacrar a los estudiantes o a cualquiera que se oponga a esa “democracia” de la que habla Yolanda, a esa “dictadura del proletariado” de la que hablaba en realidad Marx y que no es otra cosa que la dictadura del Partido Comunista. Ese partido que ahora celebra su centenario “con más credenciales democráticas que el PP”, como dijo el otro día ese exvicepresidente metido ahora a columnista del diario Gara.

 

Basta ver lo que pasa cuando triunfa el comunismo en cualquier lugar del mundo para entender a dónde nos quieren llevar algunos y ser conscientes de su catadura moral. Son los que creen que quienes no piensan como ellos deben ser eliminados y que la libertad, esa frivolidad, puede y debe ser sacrificada en el altar de la igualdad. Pero el comunismo no es solo, como el nazismo, una pesadilla del pasado. Es la mayor indignidad política del presente y el mayor peligro para el futuro de las sociedades libres. Sobre todo, porque inmorales sin escrúpulos como Iglesias, Castells, Garzón, Belarra o Yolanda siguen tratando de convencernos de que esa es la verdadera democracia. Y porque sus cómplices políticos les legitiman aceptando su apoyo y haciéndoles un sitio en el Consejo de Ministros y en gobiernos autonómicos y ayuntamientos.