La ciudad de la niebla (III)

Hotel Savoy, escenario de una cena memorable.

En este artículo, sobre el tiempo que pasó el autor en Londres en los años 1954/55, llegamos, finalmente, al episodio del encuentro en la capital inglesa de un joven estudiante español, Ramón Tamames, con la actriz cinematográfica entonces más valorada, Ava Gardner, después de haber fijado un encuentro telefónicamente, como ya se comentó en la entrega anterior de este escrito.

 

El Savoy es en Londres el hotel más selecto de la antigua ciudad de la niebla, situado en un paseo cerca del Tamesis, The Strand, cerca de un cruce de grandes avenidas que se conoce como Aldwich. Precisamente muy próximo a la London School of Economics y también a Holborn, donde yo vivía. Así que, a la vista de la inusitada invitación, me preparé lo mejor posible, y salí con tiempo suficiente para ir paseando hasta el Savoy, en una noche otoñal húmeda pero felizmente sin niebla en aquella ocasión.

 

En la recepción del Savoy me dijeron que efectivamente, la Sra. Gardner esperaba a un joven español, y me indicaron que ya estaba reunida con otras personas en el comedor del hotel, una estancia palaciega, iluminada por grandes arañas de cristal, y mesas dispuestas con la lejanía suficiente unas de otras como para que no interfirieran las conversaciones. Ava me saludó con mucho cariño, y me presentó a sus otros dos invitados, una prima suya y su propio agente a todos los efectos de su actividad cinematográfica.

 

Estuvimos cenando tranquilamente, con un vino blanco francés seleccionado por Ava, evocando España, y recordando, naturalmente, a Luis Miguel, a mis hermanos y al gran Faico de aquella noche inolvidable en Villa Rosa.

 

Ava me preguntó con mucho interés por mis estudios en Londres. Yo le expliqué las corrientes económico-filosóficas que estaban circulando por entonces, e incluso me dijo que había visitado el Museo Británico “donde tanto trabajó Karl Marx. No ocultó su deferencia por su triple personalidad de filósofo, sociólogo y economista, lo cual no dejó de admirarme.

 

Puse a Ava al corriente de las tendencias políticas y filosóficas que por entonces se movían en Inglaterra, enfrentadas desde la izquierda laborista al socialismo fabiano y, sobre todo, al neocapitalismo emergente, temas que Ava fue comentando, mientras los otros dos comensales no abrían la boca. La conversación se animó aún más, al hablar de Londres y de todo lo mucho que ofrecía la que durante más de un siglo fue la auténtica capital del mundo, como cabeza del Imperio Británico.

 

Noté en Ava como una especie de nostalgia por no haber tenido una vida estudiantil como yo iba comentándole. ¡Qué cosas, la princesa del cine, envidiando al joven estudiante!

 

Terminada la cena, la actriz dijo que tenía ganas de estirar las piernas y propuso dar un paseo hasta el cercano puente de Waterloo, el paraje romántico de tantas películas inglesas. Allí nos fuimos los cuatro en una noche ya relativamente fría, aunque bien abrigados, para desde el puente contemplar las luces de las dos orillas del Támesis, siempre tan imponente.

 

No vimos a nadie en ese paseo, la gente se había retirado en la noche otoñal ya presagiando el invierno, y a lo largo del puente fuimos evocando alguna película de aquellas de la Segunda Guerra Mundial, con el encuentro de una enfermera inglesa con un piloto de aviación norteamericano, o estadounidense, como se dice ahora.

 

La parte final de la sesión nocturna tampoco la olvidaré fácilmente. Volvimos al hotel, que nos pareció mucho más acogedor que antes, y Ava nos invitó a su suite, amplia y muy bien decorada, obviamente, y para mayor comodidad se puso una especie de bata algo chinesca, y nos invitó a tomar un café, hasta que ya se le cerraban los ojos y nos despedimos todos. Fueron unas horas muy estimulantes en el recuerdo, y cuando al día siguiente lo conté a algunos amigos en la London School of Economics, pensaban que había tenido un sueño monumental del que todavía no había despertado.

 

Puente de Waterloo: sobre el Támesis, en la antigua ciudad de la niebla.

 

GRANDES POLÉMICAS EN WiILNDSOR'S VIEW: UNA ALBIÓN MENOS PÉRFIDA

 

Volvemos a la dura realidad, pero también altamente interesante, de mis estudios en Londres, y puedo decir que algo que me gustó de la London School of Economic, LSE para los entendidos, muy especialmente, fueron sus debates públicos, que se desarrollaban en uno de los auditorios de la Escuela. O las discusiones más reducidas en el local de la Unión de Estudiantes, siempre con alta impregnación filosófica, que era muy favorable al movimiento de izquierda internacional.

 

La guerra de Corea había terminado dos años antes, con empate técnico entre EE.UU. y China, lo cual hizo que la República Popular de Mao empezara a ser valorada como gran potencia en ciernes. Por otro lado, Kruchev estaba significando en la URSS una notable renovación política, con autocrítica muy severa dentro del partido; incluyendo la denuncia de los crímenes de Stalin, a quien se sacó del mausoleo de la Plaza Roja. Lenin recuperó prevalencia… y allí sigue –a pesar de todos los cambios habidos en Rusolandia— con las bendiciones del posible zar de todas las Rusias, Vladimir Putin

 

En las polémicas de alumnos y profesores en la LSE destacaba Claudio Véliz, colega chileno ya citado en este artículo, que después de ejercer en varias universidades, fue durante algún tiempo director de Chatham House, el centro británico de estudios de relaciones internacionales más importante de Londres. Precisamente donde muchos años después, en 1987, y merced a su apoyo, presenté la traducción inglesa de mi libro Introducción a la economía española (The Spanish Economy. An Introduction), en una pequeña fiesta que allí organizó mi editor, Christopher Hurst.

 

Por lo demás, estoy seguro de que si el Prof. Enrique Gómez Arboleya hubiera visto y oído a Véliz me habría dicho: «¿No ve, Tamames, cómo tenía razón? Este hombre es un discípulo de Laski. Casi su réplica viviente». Y en efecto lo era, pues rara era la intervención en que no sabían a relucir Marx y Engels, casi como si fueran amigos personales suyos y los hubiera visto un par de horas antes el pub de la esquina.

 

Al igual que con J.P. Voos, al escribir estas Memorias busqué en Google para saber de Claudio Véliz, y averigüe algo más de él; sobre sus estudios de Historia Económica de gran interés, comparando la diferente suerte de la colonización británica y española en las Américas. Y curiosamente, como Voos, decidió instalarse en Australia donde vivió hasta hace pocos años, cerca de Melbourne.

 

La London School Economics: templo de la moderna economía.

 

Entre las sesiones más memorables que tuvimos mi amigo español en Londres Carlos Infante y yo con los compañeros de la LSE, ambos recordamos siempre la fiesta que se celebró en la residencia de un joven profesor de la LSE de padres ricos, quien nos la cedió para la Navidad; situada cerca del castillo de Windsor y que por ello mismo se denominaba Windsor’s View. El guateque duró exactamente desde un viernes por la tarde hasta el martes por la mañana, sin solución de continuidad, pernoctando todos en la propia residencia, haciendo allí nuestros refrigerios, y con largas sesiones de discusión que dirigía el infatigable Claudio Véliz.

 

Y con esa evocación dialéctica, termino esta crónica y la semana que viene ya veremos con qué seguimos para los lectores de Tribuna. Y como siempre, pueden conectar con el autor a través del correo electrónico [email protected]

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