La ciudad de la niebla (II)

Guya Hospital, donde profesaba la medicina Jean Pierre Voos, amigo del autor.

Inspirado por Pío Baroja, con su novela 'La ciudad de la niebla' que transcurre toda ella en el Londres de los primeros diez años del siglo XX, me decidí a escribir este artículo sobre lo que fueron los meses de mi estadía en la capital de Inglaterra. Todavía en los años 50 de la pasada centuria, con una configuración un tanto enigmática, y aun plenamente en el dominio terrible de la niebla, o mejor dicho, del smog, por la combinación de las palabras smoke (humo) y fog (niebla).

 

Ya expliqué en la primera entrega de este capítulo mi interés por la London School of Economics, donde estudié unos meses, al tiempo que era kitchenporter en su comedor, en los ratos libres para ganar unos chelines que con algo esfuerzo se convertían en libras esterlinas. Y también me referí a algunos primeros amigos londinenses, pasando ahora a comentar otros colegas con los que conecté por entonces.

 

LOS ALEGRES RODERICK Y TAMARA FURST 

 

Entre las amistades que hice en la LSE, Roderick Fürst era el más joven y animoso, gran entusiasta del PC británico y cuya afición favorita tras las fiestas nocturnas a que concurríamos juntos, en su fase final, terminaba siempre con la misma arenga cantada:

 

  • Rise aloft the red banner! Join the party of Harry Pollit!

 

La red banner a levantar era, naturalmente, la bandera roja, y el party of Harry Pollit no era otro que el muy minoritario Partido Comunista de la Gran Bretaña, que durante la segunda guerra mundial llegó a tener dos diputados en el Parlamento de Westminster; los mismos que definitivamente perdió al empezar la guerra fría, con ocasión de descubrirse varias redes de espías soviéticos en White Hall, el corazón del gobierno británico; un tanto como en las novelas de Graham Green, o después, de John Le Carré.

 

El caso es que Roderick me introdujo en algunos espacios elitistas de la sociedad londinense (“Soy un traidor de clase”, decía a veces desde su origen burgués), lo cual me permitió conocer a su hermana Tamara, que estudiaba en la Royal Academy of Dramatic Art (RADA para los entendidos), y que llegó a actriz consagrada en la escena londinense.

 

JEAN PIERRE VOOS, MUSICÓLOGO, Y SIR TOHMAS BEECHAM, DIRECTOR DE ORQUESTA

 

En Londres también conocí a Jean Pierre Voos, hijo de franceses avecindados en la Gran Bretaña desde el comienzo de la Segunda Guerra Mundial (1939), para vivir primero en Gales, donde Jean-Pierre aprendió la lengua del país; la misma que Carlos de Windsor (actual Príncipe de Gales) aprendió en su momento, según la serie de televisión The Crown, que aprovecho para recomendarles.

 

Ulteriormente, Jean Pierre estudió medicina en Oxford, pero allí, en esa universidad única, su interés fundamental fue el teatro en griego antiguo, en lo que Oxford era un centro para privilegiados. Actuó en las tragedias de Esquilo (Agamenón, Edipo…) y en las comedias de Aristófanes (Las nubes, Lisístrata…), que se ejecutaban según el texto original de los clásicos. Pero por la presión de su padre, Jean-Pierre hubo de terminar sus estudios de Medicina para una ulterior práctica en el Guys Hospital de Londres, muy conocido internacionalmente por sus avanzadas técnicas quirúrgicas.

 

Con Jean Pierre trabé amistad, por recomendación de mi hermano José Manuel, que le conoció precisamente por sus trabajos como estudiante de Medicina, en régimen de intercambio, en el Guys Hospital en el verano de 1952. Y como Jean Pierre era de familia pudiente, hombre desprendido y amigo de sus amigos, de vez en cuando me invitaba a comer o a cenar; en ocasiones en compañía de sus padres. Y cuando íbamos a alguna reunión o a algún party, en vez de volver a mi inhóspita residencia del London Country Council, en el lóbrego barrio de Holborn, me quedaba a dormir en su piso, donde tenía instalada una potente torre acústica de alta fidelidad.

 

Allí, por primera vez escuché lo más variado de la música de los siglos XVII al XX: barrocos, neoclásicos, románticos, y todo lo que vino después. Mis conocimientos de Mahler datan de entonces y por ello, cuando en la década de 1970 Alfonso Guerra irrumpió en la opinión pública como el descubridor del gran compositor, a mí, semejante descubrimiento me producía una cierta vergüenza ajena.

 

En una especie de clases prácticas por parte de Jean Pierre Voos, estuvimos en el Albert Hall para ver y escuchar La Bohème de Puccini, que desde entonces figura entre mis obras preferidas. Como también fuimos al Royal Festival Hall a varios conciertos, uno prenavideño con El Mesías de Haendel como pieza única; obra por la que Beethoven sintió gran admiración, considerándola como la más excelsa de la música escrita hasta entonces, cierto que junto al aria 'Ombra mai fu' de la ópera de Jerjes.

 

En una de esas ocasiones, dirigía la orquesta Sir Thomas Beecham, superpopular en Inglaterra, y que antes de comenzar a atacar cualquier sinfonía o similar, se dirigía al público en un discurso breve y lleno de gracia, que hacía las delicias del personal asistente.

 

No volví a ver a Jean Pierre Voos y ahora, cuando estaba escribiendo este pasaje, busqué en Google por saber qué fue de él, suponiendo que habría llegado a ser un médico famoso. Sin embargo, para mi sorpresa, averigüé que tras haber terminado sus prácticas en el Guys Hospital y haber trabajado un tiempo como psiquiatra, pronto se dejó llevar por su gran pasión del teatro griego clásico en su lengua originaria.

 

Esa dedicación, con la que alcanzó celebridad como director por su brillante ejecutoria teatral en Inglaterra y en varias giras internacionales, le llevó, en 1985, a establecerse en Townville, en el Nordeste de Australia, donde admirado y querido por todos —con una gran labor de formación de actores— murió en 2008. Si hubiera sabido de su aventura en la gran isla-continente, habría ido a verle cuando estuve allí en tres ocasiones 1979, 1994, y 2014.

 

AVA GARDNER, AT THE PHONE

 

De aquellos tiempos londinenses tengo también recuerdos muy especiales, sobre todo el de un día en que yo estaba en mi London Council Hostel, después de una jornada de trabajo en la LSE, con las clases ya mencionadas, y en la estupenda biblioteca, y cuando ya me disponía a dormir en mi estrecho cubículo, repasando los periódicos, vi que Ava Gardner estaba en Londres para el rodaje de varias escenas de una nueva película. Y como en el papel decían que se alojaba en el Hotel Savoy, al día siguiente llamé al hotel y la operadora del mismo me atendió muy solícita diciéndome que la Sra. Gardner había salido. Me pidió mi teléfono, "para que ella le conteste a Vd. si así lo desea".

 

Luis Miguel Dominguín y Ava Gadner. El diestro  más inteligente y la gran actriz.

 

Al siguiente día de labor en la LSE, me olvidé por completo de la huésped del Savoy, pero ya en la noche, cuando estaba en el cuarto de plancha del hostel, luchando contra las solapas de una chaqueta, apareció uno de los decrépitos pupilos del establecimiento —una víctima degenerativa más de la lejana revolución industrial en Inglaterra, amén de personaje de lo más estrafalario—, quien me dijo:

 

  • Ahí en el teléfono hay una loca que pregunta por Vd.… dice ser Ava Gardner

 

Yo me eché a reír, le di las gracias y me fui al teléfono en la seguridad de que era Ava, recordando entonces la cena y la fiesta flamenca en Villa Rosa, la primavera de 1954, a la que paso a referirme como un antecedente del encuentro en Londres, que vendrá después.

 

CON LA GRAN ACTRIZ Y EL INTELIGENTE DIESTRO EN VILLA ROSA

 

Una tarde estábamos estudiando los cuatro hermanos en el cuarto de estar de la casa familiar, entró mi padre y muy sonriente nos propuso a los tres hermanos mayores (Pepe, Rafa y yo) ir a cenar con Luis Miguel, quien iba a tener de invitada a Ava Gardner. Rápidamente nos vestimos, y a la media hora estábamos en un restaurante de la calle Alcalá, Baviera, uno de los predilectos del mundo taurino.

 

Al llegar al restaurante con nuestro padre, nos sentamos en la mesa reservada por Luis Miguel, y cuando éste entró acompañado de Ava, se armó un auténtico revuelo. La gente que había en el comedor daba las más diversas muestras de admiración.

 

Luis Miguel hizo las presentaciones, y Ava se sintió muy contenta de tenernos entre los comensales a los tres hermanos, por poder expresarse libremente en un inglés de gran claridad. La cena discurrió para diversión de todos: Luis Miguel demostrando que tenía amigos que dominaban la lengua de Shakespeare…, mi padre tan orgulloso de sus hijitos, y nosotros un tanto deslumbrados por nuestros anfitriones.

 

En la cena, hablamos de las futuras elecciones en EE.UU. tras el primer mandato de Eisenhower, teniendo como contrincante del partido demócrata a Adlai Stevenson; el típico intelectual, cabeza de huevo que se dice en la jerga norteamericana de la política, al que Ava pensaba votar para la Casa Blanca…

 

También hablamos de la Universidad en Madrid, y de la forma de estudiar en EE.UU.; y de literatura, tema en el que Ava estaba muy versada, entre otras cosas porque conocía a casi todos desde Ernest Hemingway a Arthur Miller. En la conversación, muy animada, Luis Miguel terciaba siempre sonriente, con su sorna habitual, en un inglés todavía no muy fluido.

 

La cena fue regada de vinos bien elegidos que Ava supo apreciar. Y hacia las doce de la noche, mi padre dijo que había de irse al Sanatorio Ruber, para la intervención quirúrgica de un paciente que le llegaba de fuera de Madrid. Así que, dirigiéndose a mis hermanos y a mí, nos preguntó:

 

  • Bueno, chicos, ¿os acerco a casa…?

 

  • No, no, nada de eso, Manuel intervino Luis Miguel—, déjales tranquilos, que hoy es un día de fiesta para todos, porque Ava está aquí. A tus hijos los adopto yo esta noche… les tenemos preparado algo muy especial…

 

  • Lo que tú digas, Miguel, adiós Ava, o hasta luego.

 

Y volviéndose a nosotros dijo con su mejor sonrisa:

 

  • Ahí os quedáis con lo mejor del mundo de los toros y de la pantalla… Seguro que lo pasaréis bien–. Dio media vuelta y se marchó.

 

Seguimos hablando un buen rato en el restaurante, mientras unos y otros pasaban a saludar a Luis Miguel. Como también varios comensales próximos se atrevieron a pedir un autógrafo a Ava, que les firmó, sonriendo deslumbrante y con un deje de picardía. Y tras esas postrimerías en el restaurante, Luis Miguel reveló a los tres hermanos lo muy especial que tenía preparado: ir al tablao flamenco de la Plaza de Santa Ana, Villa Rosa.

 

En su amplio coche, un haiga, como se decía entonces, cuyo chófer era Teodoro –un amigo de infancia del diestro, de Quismondo como él—, nos trasladamos al Villa Rosa, adonde llegamos aproximadamente a la una de la mañana, cuando un cuadro flamenco estaba listo para entrar en acción; con sillas dispuestas en corro para la actuación de guitarristas, y con las bailaoras ya en posición sobre la tarima.

 

El cuadro actuó aceptablemente bien, con excelente trasfondo de rasgueo de guitarras: las bailaoras, muy jóvenes, se esmeraron en lo que pudieron. Y cuando el cuadro flamenco se marchó, entró Faico como único bailaor y cantaor, para actuar con los tres guitarristas. Se lució con maestría en una serie de números y pronto invitó a Luis Miguel y Ava a entrar en escena; ella contoneándose a la americana, y él a la española desgarbada.

 

 

Ulteriormente, los tres hermanos hubimos de participar en lo que fue mi primera experiencia flamenca, y así fue trascurriendo la noche, con copas de fino y manzanilla, para luego dar buena cuenta de una fuente de pepitos que a todos los ejecutantes nos dieron nuevas fuerzas.

 

Definitivamente, el espectáculo se centró en Faico, un flamenco gitano con verdadero duende, que bailaba moviéndose en un continuo subibaja de su pañuelo de seda en torno al cuello, al tiempo que cantaba una rumba flamenca:

 

Con este frío que me está cayendo,

Con este frío que me está cayendo,

¡Ábreme la puerta,

mi negra!

¡Ábreme la puerta!

 

La fiesta duró hasta las seis de la mañana, y cuando salimos a la calle ya estaba amaneciendo. Luis Miguel, conduciendo ahora él mismo su propio coche, nos acercó a los tres hermanos a casa, a la calle General Arrando, y allí nos dejó; para seguir con Ava.

 

Dejamos aquí la historia, con el antecedente del encuentro con Ava Gardner en Londres, que necesitaba del previo relato de lo que acabamos de ver.

 

Para cualquier contacto con el autor, los lectores de Tribuna disponen del correo electrónico [email protected].

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