La ciudad de la niebla (I)

Westminster, las casas del Parlamento británico, a orillas del Támesis, el río de la ciudad de la niebla.

Muchas gracias a todos los que me han escrito, que han sido muchos, sobre mi anterior artículo dedicado a Miguel Delibes ya casi en su centenario (octubre próximo). Una muestra más de cómo el gran escritor castellano supo llegar al alma de sus lectores con sus inspiradas capacidades de gran escribidor.

 

Hoy entramos en otra materia, con un artículo largo, de varias entregas sucesivas, que titulo genéricamente, recordando a Pío Baroja, como La ciudad de la niebla. Producto de los meses que pasé en Londres en 1954/55 para multitud de actividades como se verá. Y bien que pude comprobar, como ya me había anticipado Don Pío, que Londres se merecía su nombre neblinoso. Hoy ya totalmente inadecuado, cuando las nieblas han desaparecido, gracias a una serie de leyes de aire limpio

 

Empezaré por decir que mi estadía en Londres empezó por mi inscripción en la London School of Economics (LSE). Una decisión con antecedentes en los comentarios escuchados al Prof. Enrique Gómez Arboleya, en los cursos del Instituto de Estudios Políticos. Cuando enfatizó que la atmósfera en la LSE no era "la más apropiada para un estudiante español, porque en ella se respira el neomarxismo dejado por uno de sus últimos directores, Harold Laski". Una frase memorable, preventiva de posibles heterodoxias, que más bien sirvió para lo contrario: mi decisión de irme a Londres a la célebre Escuela de Economía.

 

En la London School of Economics

 

Escribí a la Registrar’s Office de la LSE para que me enviaran la información pertinente, de modo que cuando llegué a Londres, ya tenía una preinscripción en los tres cursos que me parecieron más interesantes, sin más dificultades para entrar en la célebre Escuela. Ahora, en 2012, para acceder a ella hacen falta no solo curriculum exhaustivo y méritos abundantes, sino también meses de pruebas y además, como dicen los jóvenes, un pastón, cuando en mis tiempos la cantidad exigida era más bien exigua.

 

El primero de los cursos que seleccioné lo impartía el Prof. James Meade, especializado en comercio internacional, y que con el tiempo llegaría a Premio Nobel de Economía, en 1977. El segundo, el Prof. R.S. Sayers, un reputado experto en banca, autor de un libro por entonces muy conocido, Modern Banking. El tercero, el Prof. Wilson (no recuerdo su primer nombre), que se ocupaba de relaciones industriales, lo que nosotros llamamos sindicalismo.

 

James Meade, especialilsta en comercio internacional, y Premio Nobel de Economía en 1.977, profesor en la LSE del autor de este artículo.

 

Las clases fueron interesantes. Las de Meade, entre otras cosas porque tenía gran sentido del humor, y contestaba siempre con cierta amabilidad irónica a las preguntas que le hacíamos sus alumnos. En tanto que Sayers era un hombre ya mayor, bastante estirado, y que no parecía avenirse fácilmente a la conversación con el alumnado; aunque eso sí, tenía gran calidad profesoral. No me extrañó nada que en 1977 fuera designado Premio Nobel de Economía.

 

Por último, Wilson, se desenvolvía con maneras más campechanas, en correspondencia a lo que explicaba, y sus clases me dieron muchas pistas para un trabajo que hice para él; sobre un libro de Ben Navis titulado British Planning and Nationalization, acerca de la experiencia de la política del Gobierno laboralista presidido por Clement Atlee entre 1945 y 1950. Tema sobre el que luego redacté un artículo que se publicó en la Revista de la Administración Pública.

 

Pero tal vez más aún que los profesores, lo interesante de la LSE eran las conservaciones y debates con los fellows más jóvenes, y los alumnos más avanzados. Entre ellos Claudio Véliz, un chileno de talante extraordinario, que agrupó en su entorno a decenas de jóvenes colegas para discutir cualquier problema social o político. En ese sentido, en el curso de mi estadía en Londres, pasamos juntos, con por lo menos doce o quince compañeros, una gran concentración en Windsor, en una mansión llamada Windsor’s View, en donde, desde después del desayuno hasta la cena, no parábamos de conjeturar, reflexionar, a veces de forma tumultuosa. Eché luego mucho de menos a Claudio, y supe que emigró a Australia, donde murió en 2008.

 

Claudio Veliz, sociólogo chileno, siempre dispuesto a la conversación y el debate. Una memoria imborrable de su paso por la London School of Economics.

 

Por lo demás, el ámbito bibliotecario de la LSE era excepcional, con una facilidad extraordinaria para conseguir las lecturas deseadas en breve tiempo, a diferencia de lo que yo había visto en la Biblioteca Nacional de Madrid, donde los ordenanzas de levitón servían lo solicitado entre pitillo y pitillo como si hubieran nacido cansados; sin demostrar ningún interés ni por lo que se les pedía ni por los pidientes.

 

Además, en la biblioteca de la LSE se tenía la posibilidad de trabajar en el silencio más absoluto, e incluso pedir asistencia técnica sobre aquello que pudiera interesar como complemento de las lecturas básicas. Debiendo destacar que había un gran número de publicaciones de referencia, para consultas directas de todo tipo en los anaqueles de la grande y confortable sala de lectura.

 

El ambiente de estudio en la LSE era muy abierto, y al tiempo de gran seriedad en lo concerniente a la asistencia a clase y los trabajos que se realizaban por indicación de los profesores; como comprobé personalmente por las varias sesiones con el Prof. Wilson, quien me recomendó que me quedara dos o tres años en la LSE para hacer un máster con vistas a la carrera académica que ya tenía proyectada. Le escuché con atención, pero entonces mis vocaciones tenían como prioridad contribuir al cambio político en España. Se lo dije y noté que Wilson recibió mi información con un algo de admiración:

 

  • That’s right, Mr. Tamames. Along one’s life, we need to make our own choice, according to a certain scale of priorities. I see you have already chosen, and permit me that I express to you my highest esteem for your decision. Anyway, keep in mind my proposal*.[1]

 

Primeras amistades londinenses

 

Londres quedó para siempre en mi recuerdo como la ciudad de la niebla; inicialmente, por la gran impresión que me produjo la lectura de la novela de Pío Baroja del mismo nombre. Y ya asentado allí porque pude verificar lo que realmente era niebla: una noche en que íbamos juntos Jean Pierre Voos –un amigo del que luego diré más— y yo de retirada de una fiesta, cayó el puré de guisantes, la espesa niebla de Londres, que por aquellos años se combinaba con las emanaciones de la industria química y de las calefacciones de carbón; generándose así el smog, una mezcla realmente dañina de humo (smoke) y niebla (fog), que impedía toda visibilidad.

 

Esos avatares de la niebla en Londres, tendrían un final feliz poco tiempo después de haberlos experimentado yo mismo. En 1955, el Parlamento de Westminster promulgó la primera ley de aire limpio (Clean Air Act), para promover, precisamente, una gran operación piloto; a fin de evitar, la formación del smog, a base del desplazamiento fuera de la capital inglesa de numerosas fábricas, el reacondicionamiento de calefacciones y del tráfico, y demás.

 

En la LSE coincidí con otro español, el cordobés Carlos Infante Rüch, que por entonces sentía que su vocación eran las Ciencias Económicas, una de las carreras en que fue picoteando, y de la cual desertaría, para al final encontrar su vocación definitiva en Medicina. Con Carlos hice una gran amistad en la LSE, sobre todo porque tuvimos la ocurrencia de apuntarnos como kitchen porters, mozos de cocina en, el área de los comedores para profesores y becarios de tesis doctorales; allí les atendíamos a todos en sus refrigerios, en un amplio y luminoso comedor.

 

El trabajo de kitchen porter nos hizo muy populares a Carlos Infante y a mí entre todos nuestros clientes del comedor, con quienes conversábamos de cualquier cosa. Al tiempo que nos proporcionaba unos ingresos de unos doce chelines diarios, lo cual con cinco días de trabajo, suponía tres libras esterlinas por semana, cantidad suficiente para pagar la miseria del London County Council Hostel donde estaba alojado en el distrito de Holborn, muy cerca de la LSE, ubicada en Portugal Street, al lado de la estupenda librería de The Economist.

 

Durante tres meses, Carlos y yo estuvimos lavando platos, con la ayuda de una máquina muy ingeniosa de cepillos giratorios donde las piezas de loza se iban introduciendo bajo un chorro de agua jabonosa. Y de vez en cuando salíamos al comedor para retirar la vajilla después de las comidas, utilizando para ello unos carritos muy apropiados. Por lo demás, en la cocina hicimos muy buena amistad con dos estudiantas de Dietética, merced a los buenos oficios de Carlos, quien enseguida entraba en convivencia en territorios menos culinarios y muy diversos.

 

Dejamos aquí el tema por hoy, y les anuncio que el próximo viernes tendremos un tema creo que de lo más novedoso y ameno: mi encuentro en Londres, para una cena y paseo por el Puente de Waterloo, con Ava Gardner. Es pena que Manuel Vicent, en su reciente e interesante novela Ava en la noche, no tuviera noticia de mi gran amistad con una de las más admiradas estrellas de Hollywood. Vds. mismos juzgarán y no se lo pierdan el día 24 de julio. Y si quieren contactar con el autor de este artículo para Tribuna, pueden hacerlo mediante el correo electrónico [email protected].

 

 

 


*[1]De acuerdo, Sr. Tamames. A lo largo de la vida uno tiene que hacer su propia elección, según un cierto número de prioridades. Veo que Vd. ya ha elegido, y permítame expresarle mi más alta estima por su decisión. De todos modos, no se olvide mi propuesta.

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