Iconos literarios de un autor (V)

Quinta entrega de Ramón Tamames. 

Después de una serie de autores visionados en sus propias circunstancias, y del comienzo de la visita a Don Pío Baroja, entramos en su casa para escucharle a él y a sus amigos, viejos y nuevos, entre ellos el propio autor.

 

Entre los que después fueron arribando, recuerdo al médico personal de nuestro visitado, un señor que había prestado servicio en Marruecos, y que iba tocado con un fez rojo. Hombre cuidadoso en sus expresiones, participó mucho en la conversación, a veces con temas de su especialidad, en los que Don Pío también opinaba, recordando que él mismo seguía siendo doctor en Medicina, con una interesante tesis doctoral que tituló “Sobre el dolor”.

 

Los otros tres o cuatro tertulianos, más o menos de la edad de Don Pío, tenían aspecto de ser ingenieros o funcionarios jubilados, o pintores, de esa clase de personajes de los que los dos hermanos Baroja se rodeaban habitualmente.

 

- ¿Y cómo está Azorín, Pío? – Preguntó uno de los tertulianos.

 

- Por ahí anda. Me telefonea de vez en cuando –contestó Don Pío—, aunque como él es tan lacónico, no le damos mucho de ganar a la Telefónica. La última vez que vino a verme fue hace como cuatro o cinco meses, y bajamos a dar un paseo otoñal por el Retiro, que a los dos nos gusta tanto…

 

Baroja hablaba de Azorín con un deje de ternura. Se veía a las claras que le profesaba afecto…

 

- Ahora Azorín sólo tiene ojos para el cine, hay que ver cómo le gusta… Me dice que muchas tardes se va a ver esta o aquella película, él sólo…, y cuando le reconocen en la taquilla, ni le cobran…

 

En las intervenciones de la tertulia, el espíritu que predominaba era el del escepticismo sobre las noticias relacionadas con la actualidad española. Y aunque no se manifestara de una manera explícita, en el ambiente trascendía un cierto desdén por el Régimen, más que verdadera aversión política. La palabra Franco no apareció para nada en toda la tarde, pero sobrevolaba el avejentado círculo de amistad.

 

José Martínez Ruiz (1873-1967), Azorín (por Zuloaga), le gustaba mucho ir al cine

 

En la tertulia, Don Pío, más que ir introduciendo la quaestio disputata, lo que se hacía era apostillar este o aquel comentario de sus invitados. Salvo en ocasiones, como cuando hablando de las dificultades de la vida que prevalecían en España, el gran novelista se refirió a la pobreza de la agricultura de una meseta tan reseca la mayor parte del año; se supone que por comparación a las verdeantes montañas y llanadas de sus natales Provincias Vascongadas, como él siempre decía. Y al respecto, hizo una propuesta de lo más extravagante —digna de su personaje Silvestre Paradox—, con evidente ironía:

 

- Lo mejor sería tirar una bomba atómica en el centro de España, y hacer una gran laguna para criar patos. Así el resto del país podría salir adelante…

 

Enrique Múgica (1932-2020), otro de los tertulianos en casa de Don Pío con Ramón Tamames

 

Por lo demás, en sus diversas secuencias, la tertulia giró, cómo no, sobre literatura, y al respecto le oí a Don Pío algo que después leería de manera destacada en sus Memorias. Concretamente, fue la referencia a que "la novela es un saco en el que cabe todo".

 

Con tal aserto, Baroja teorizaba su propia producción, donde se mezclan los argumentos de sus personajes con reflexiones sobre sus vidas, referencias a momentos históricos o filosóficos, y sucesos en cualquier lugar del imago mundi. Y en ese contexto, yo me permití exponer, sin ánimo de halagarle –aunque en su faz noté la placentera sensación que le proporcionaba—, el hecho de que su obra resultaba más interesante que la de cualquier otro autor español; por lo menos para bastantes de nosotros, por los polémicos temas que él siempre sugería. Dije más o menos lo siguiente:

 

- En sus novelas, Don Pío, siempre hay una cuestión central a discutir, sea religiosa como en El cura de Monleón, o política tal que sucede en Cesar o nada; o erótica, al modo de Los amores tardíos, o incluso histórica como aquel episodio formidable de los españoles del Marqués de La Romana en Dinamarca en el siglo XIX, del que proporciona Vd. tan buenos esbozos en El gran torbellino del mundo

 

El hombre de Itzea, al escuchar mis observaciones, nos miró a los tres jóvenes visitantes con una cierta inquietud. Como dándose cuenta de su grado de influencia en la gente joven. Fue un instante psicológicamente estupendo, según se corroboró con sus siguientes observaciones muy cumplidas:

 

- Bueno, bueno, no me turben ustedes con sus palabras… Tamames, así se llama ¿verdad?... Sí claro, yo conozco a su padre… médico como yo, aunque más médico, porque la verdad es que yo casi no me acuerdo ni de dónde está el astrágalo, y no llego mucho más allá del ácido acetil-salicílico y el permanganato en materia de fármacos…

 

- Sí, sí, Don Pío, pero bien que entró Vd. en esas cuestiones de la Medicina al escribir su tesis doctoral Sobre el dolor… —apostilló José Luis Abellán, a quien Jorge Cela Trulock miró por un instante, como pensando que su amigo sabía demasiado…

 

Final de la tertulia y algún comentario

 

La tertulia empezó a languidecer más o menos a las nueve de la noche, según nos pareció la hora acostumbrada de terminar. Y juntos desfilamos todos los visitantes, detrás de Don Pío, que en la puerta de su piso nos hizo los últimos honores de su frugal hospitalidad. Pues a lo largo de más de tres horas en torno a la mesa de su salón, allí nadie pidió ni recibió un vaso de agua, y mucho menos un café con bollos, o una copa de vino o licor. Eran tiempos en que esas galanterías no se estilaban, entre otras cosas porque las circunstancias no permitían tener en casa stock de casi nada.

 

Al día siguiente, le comenté a mi padre la visita a Don Pío, incluso entrando en algunos detalles de lo que con él habíamos hablado. Y cuando le comenté que Don Pío le había dedicado unas palabras de recuerdo personal, se quedó casi extasiado. Olvidándose por completo que él mismo había sido máximo anti-promotor del literario encuentro. Son cosas de la vida: se recomienda a alguien que no haga esto o lo otro, pero si al final lo hace y resulta bien, se olvidan las reconvenciones precautorias.

 

Volví en dos ocasiones a casa de Don Pío, una en compañía de Enrique Múgica, que tiene un gran recuerdo de aquel episodio. Pero en ese segundo encuentro y más aún en el tercero y último, las cosas sucedieron muy parecidas a lo que fue nuestra primera presencia en la tertulia. Con la novedad, para mi muy importante, de que en la última sesión, llevé una imagen del novelista, que había comprado en un estudio fotográfico de la Puerta del Sol, en la que lucía Don Pío con su reflexiva cabeza tocada con la inseparable boina, y abrigado el cuello con idéntica bufanda a la que llevaba en su casa. Me dedicó la foto muy afectuosamente, y la conservo en casa en lugar preeminente.

 

Una de las últimas visitas que recibió Don Pío fue la de Hemingway, quien se lamentó de que no le hubieran concedido el Premio Nobel.

 

No pude asistir al entierro de Baroja, ni tampoco al acto recordatorio que le ofrecieron los estudiantes de la Universidad de Madrid en el Cementerio Civil. Por la sencilla razón de que estaba en las prácticas de seis meses como Alférez eventual en el servicio militar en Inca, Baleares, y no me dieron permiso para desplazarme a la Península.

 

Españoles en Dinamarca

 

 

A propósito de Baroja, tengo otro recuerdo formidable, que expuse en la Real Sociedad Económica Matritense de Amigos del País, cuando en febrero de 2008 dicté una conferencia dentro del ciclo organizado por la Fundación Instituto de Empresa, que preside el actual Marqués de La Romana (el décimo, Diego de Alcázar, presidente también del Instituto de Empresa), junto con la mentada Real Sociedad; en conmemoración de lo que fue el gran episodio histórico del cuerpo del ejército español que se desplazó a Dinamarca cuando bajo presión de Napoleón, el infausto Godoy comprometió a España para cubrir el flanco Norte de la Grande Armée de Napoleón frente a Inglaterra y Suecia.

 

 

Mi historia personal previa a ese hecho histórico es breve, y sucedió en el verano de 1953, cuando atravesé Dinamarca en autostop, con buen tiempo de verano, lo que me permitió combinar los pequeños tramos en automóvil, con visitas a las poblaciones de las islas de Seeland y Fionia; especialmente con un recorrido por Odense, la villa natal de Hans Christian Andersen, autor de grandes cuentos y que conoció y quiso mucho, como niño que era, a los españoles del Marqués de la Romana. Además, dejó un libro de lo más interesante sobre su visita a España.

 

A poco de cruzar desde las citadas islas a la península de Jutlandia, viajando en el coche de una familia danesa, con la que iba hablando en inglés, nos acercarnos a Kolding, donde avistamos, en una colina, una gran fortaleza de ladrillo rojo, ennegrecida en algunos de sus amplios lienzos y en la base de sus almenas.

 

- Ese es el castillo de Kolding —dije yo, un tanto enfáticamente—, que incendiaron los soldados españoles del Marqués de La Romana en 1808 al dejar su guarnición en Dinamarca.

 

Mis amigos automovilísticos daneses, no ocultaron su extrañeza:

 

- ¿Y usted cómo sabe eso? ¿Quién se lo ha contado?

 

- Lo he leído en una novela de un escritor español, Pío Baroja, que se titula El gran torbellino del mundo (The great World Turnmoil, les traduje), un libro donde relata lo que vio en un viaje que hizo por Dinamarca.

 

El conductor esbozó una sonrisa, al tiempo que en danés explicaba nuestra conversación a su esposa e hijos, que rieron casi estrepitosamente. La explicación de tales muestras de hilaridad no tardó en llegar:

 

- Nosotros somos los propietarios del castillo, y todavía no hemos reparado una parte de lo que incendiaron sus compatriotas, los españoles del Marqués de La Romana, en 1808.

 

Así se escribe la Historia. Y así terminamos hoy. La próxima semana: Miguel Delibes. Y para conectar con el autor (como siempre), [email protected]. Cuídense mucho de la pandemia.