Iconos literarios de un autor (III)
Cyl dots mini

Iconos literarios de un autor (III)

Tercera entrega del artículo de opinión de Ramón Tamames

Después de dos entregas de este artículo sobre literatura en la vida, la última el viernes 5 de junio, hoy veremos la III, para los lectores de Tribuna, en lo que es una ilación de recuerdos juveniles, para luego entrar en la edad de la razón.

 

De Robinson a Lady Chaterlay

 

De las lecturas juveniles en inglés, recordaré Robinson Crusoe, los episodios de Gulliver, etc., y como gran descubrimiento, más adelante, D. H. Lawrence. Sobre todo con su novela más erótica, El amante de Lady Chatterley. Había oído hablar mucho del libro, que como a casi todos sus lectores, me pareció, si eso puede decirse, una catedral del sensualismo. Y después de El amante, seguí con Women in love, preguntándome entonces: ¿cómo puede llegarse a tan altos niveles de sentimientos corporales, con tanta fuerza y calidad literaria?

 

En ese sentido, el escritor inglés seguramente fue único, con pocos ejemplos comparables. Tal vez, en España, Felipe Trigo, a quien me dediqué como lector por un tiempo: nacido en Villanueva de la Serena, en la provincia de Badajoz en 1864, su primera gran obra fue El médico rural, que algunos consideran una versión, a la española, de la Madame Bovary de Gustavo Flaubert. Aunque yo estimo que el ambiente que rodea la obra de Felipe Trigo, es psicológicamente más profundo que el de Bovary. Pero por desgracia, menos conocido, pues durante el franquismo entró en el particular índice de prohibidos del Régimen, y al llegar la democracia, a pesar de varios intentos, no se ha logrado sacarle del olvido.

 

También de mi primera juventud data mi entusiasmo por Vicente Blasco Ibáñez, de quien me interesaron no sólo las novelas regionales –y sobre todo Cañas y barro—, sino muy especialmente y de forma premonitoria por lo que diré, La vuelta al mundo de un novelista, expresión del único escritor español gran viajero incorporando una serie de grandes experiencias de su glorioso periplo.

 

Vicente Blasco Ibáñez, La vuelta al mundo de un novelista

 

Así las cosas, la primera vez que estuve en Japón, vi en Kioto un templo sintoísta que Blasco Ibáñez había descrito de manera magistral: al final de una larga senda de cipreses seculares y misteriosos. Y en las Islas Hawái, seguí casi todo el itinerario de Don Vicente por el archipiélago, verificando en un museo de Honolulu, su tesis de que los primeros europeos en arribar a esas islas fueron navegantes españoles: una cabeza esculpida por los indígenas, de un conquistador con su característico casco de acero con cresta.

 

De Juan Valera a Nevil Shute

 

Otro de los autores españoles del XIX por el que sentí gran afición fue Juan Valera, especialmente por sus dos grandes novelas Pepita Jiménez y Juanita la Larga, ambas llevadas al cine, y a series de TV. Pero por mucha que fuera mi afición por Valera, se acentuó con la lectura de la biografía que de él hizo Manuel Azaña, con la que ganó el concurso convocado a ese propósito por el Ateneo de Madrid.

 

Un libro bien escrito y escenificado muy amenamente. Como se aprecia, por ejemplo, en el episodio del Valera diplomático, que acompañó al Duque de Osuna cuando fue embajador de España en San Petersburgo. Allí la buena amistad surgida entre el Zar y el jefe de la Misión española, se tradujo en una invitación para asistir a un desfile especial en los campos nevados: duró casi ocho horas y en él desfilaron nada menos que cuarenta mil hombres con toda su impedimenta.

 

Ava Gardner, mirando al submarino que se va en su último viaje

 

Cambiando de tercio: en lo tocante a novela norteamericana moderna, he atravesado la senda desde Mark Twain a Truman Capote, quedándome de este último con A sangre fría, que leí en portugués en Brasil (allí, en un viaje de trabajo en 1968, en el que tuve algún tiempo libre): me pareció una novela rompedora, de un verismo total, que luego, en el cine, no supieron elevar de nivel. Y de otros novelistas americanos de aquel tiempo, tuve la perniciosa afición de leer los best sellers de los storytelers, al estilo de Irving Shaw, Arthur Halley, Frederic Dunne. Todos ellos con buen oficio de constructores de novelas, al estilo, mucho después, de Ken Follet con Los pilares de la Tierra, aunque ésta es una obra formidable en toda la línea. Aunque definitivamente me quedo con John Kennedy Toole y su quijotesca Conjura de los necios: impresionante.

 

Otro novelista anglosajón que me interesó durante un tiempo fue Nevil Shute, inglés avecindado en Australia, con algunos libros en verdad incisivos. De los cuales recordaré aquí uno sobre viajes de los vikingos a Groenlandia (An old captivity), y el más célebre de todos, On the beach, que dio pie a una película proyectada en España bajo el título de La hora final.

 

El argumento de ese filme hoy podría verse como muy manido, pero creo que Shute planteó por primera vez el escenario posible –y ahora más verosímil incluso que en los años 60— de una guerra atómica. Cuyos efectos de radiación fueron paulatinamente exterminando a la humanidad; empezando por el hemisferio Norte, para luego, por la mecánica de vientos, llegar al Sur, y a Australia como último escenario donde se produce el encuentro de los protagonistas. Que en el filme están representados por Gregory Peck comandante de un submarino nuclear norteamericano, último vestigio de una superpotencia que también acabaría por sucumbir en aquella ficción, y una Ava Gardner, la mujer australiana que se enamoró de él, y que le despide desde la playa, cuando el submarino se aleja en su viaje final.

 

Ataulfo Argenta: la muerte más que prematura de un genio

 

Nevil Shute escribió muchas novelas sobre Australia, y entre ellas una titulada A Town like Alice, refiriéndose a Alice Springs, ciudad ubicada en el centro de la isla-continente. Y en nuestro viaje de regreso de Tahití a España en 1994 –la vuelta al mundo a la que ya me referí antes a propósito de Blasco Ibáñez—, Carmen, mi mujer, y yo hicimos escala allí, en medio del desierto. Para después de Alice Springs, ir a Urulu, la Ayers Rock, el célebre monumento natural, rojizo, de una sola pieza, que se eleva en medio de la nada. Y desde allí, volamos a Perth y Freemantle, para retornar a España vía Singapur, en lo que fue nuestra segunda vuelta al mundo.

 

Salones literarios de la burguesía

 

En las historias que yo leía, novelas, o crónicas o bien en el teatro, me admiraban las referencias a los salones literarios de los siglos XVIII al XX, donde novelistas, poetas, dramaturgos –el parnaso en pleno, como se dice—, se reunían para discutir sobre sus aficiones e inquietudes. Era algo que yo asociaba al máximo refinamiento de la cultura, y cuya sensación me llegó personalmente por primera vez, en Madrid, en casa del Dr. Plácido González Duarte, gran cirujano amigo de mi padre, y ya citado antes en este artículo, a propósito de mi conocimiento con Buero Vallejo.

                         

En las veladas Chez Duarte, que cuidadosamente supervisaba su esposa, Montse, participaban personas de buen nivel de la cultura madrileña de entonces. Como José Ruiz Castillo, el propietario de la editorial Biblioteca Nueva, siempre con su esposa Matilde Ucelay, la primera arquitecta que hubo en España. También estaba normalmente el matrimonio Emilio Guinea, él botánico y ella, Marichu, profesora; y otro arquitecto, Emilio Botella, casado con una esbelta y elegante señora francesa, Marie, que tenían dos hijos más o menos de mi edad, Aurelio y Jaime, que de vez en cuando también aparecían por aquel salón de la inteligencia.

 

En esos encuentros se hablaba de ciencia, literatura, arte, teatro, de todo menos de política y de la vida cotidiana. La música también era tema de conversación, pues la mayoría de los huéspedes del gran cirujano frecuentaban los jueves por la tarde el Palacio de la Música. Adonde yo también iba. Los mismos jueves, pero por la mañana, a través de las Juventudes Musicales, para entrar en los ensayos de la Orquesta Nacional de España, dirigida entonces por el energético y formidable Ataulfo Argenta. Y como a veces éramos más de un centenar los asistentes y, naturalmente, había comentarios de la juvenil, de vez en cuando, Don Ataulfo –que tuvo una muerte más que prematura— se volvía al nutrido respetable y nos decía:

 

  • Si no censan los murmullos, haré que se marchen a la calle… Así que guarden silencio…— Esto último con otro tono de voz, pues al maestro se le notaba que nos apreciaba mucho como verdaderos catecúmenos.

 

Todos los que íbamos al Palacio de la Música entrábamos en él como si lo hiciéramos en el templo de Euterpe, la musa de los sonidos. Luego –en Londres, cuando estudié en la London School of Economics—, disfruté mucho oyendo, en 1954, la Sinfónica de Londres, en el Royal Festival Hall, conducida por Sir Arthur Beacha. Quien me recordó a Argenta… pero con más sentido del humor y con menos angustia vital de la de nuestro Don Ataulfo, con su nombre gótico a cuestas…

 

Con el tiempo me convertí si no en melómano, sí en más aficionado, con preferencias por el barroco. Sobre todo, del concierto de clarinete y orquesta de Mozart. Con gran admiración también por Georg Friedrich Haendel, el músico de origen alemán que se instaló en Inglaterra en la mitad del siglo XVIII, y que produjo piezas tan excelsas como El Mesías. Y mencionaré aquí que un día cuando estaba tranquilamente en casa, en el semanario The Economist leí un anuncio convocando a los admiradores de Haendel a hacer donativos a fin de comprar y rehabilitar la casa del gran músico en un barrio de Londres y convertirla en museo.

 

Envié un cheque de 100 libras esterlinas, y a los pocos días me remitieron un recibo, con una nota, asegurándome que enviarían la lista completa de los socios contribuyentes. Documento que me llegó meses después, pudiendo comprobar, entonces, que en el capítulo de socios figuraba Spain, y allí estaba yo, en solitario. Lo cual demuestra tres cosas: primero que The Economist en nuestro país lo lee menos gente de lo que se dice. Segundo, que muy pocos se fijan en sus anuncios culturales. Y tercero, que si llegan a verlos, tampoco hay gran admiración por causas nobles, incluida la idea de recuperar la mansión del gran Haendel.

 

Y de momento, punto final, hasta el viernes próximo, día 19 de junio. Y si los lectores quieren conectar con el autor: [email protected]. Cuídense mucho, porque la pandemia sigue, y puede atacar de nuevo.

 

Comentarios

Deja tu comentario

Si lo deseas puedes dejar un comentario: