Iconos literarios de un autor (II)

Segunda parte del artículo de Ramón Tamames sobre sus iconos literarios.

Seguimos en estado de alarma, y en Madrid y Valladolid en fase 1 de confinamiento, con una pandemia que afloja pero que se mantiene. Y continuo hoy en Tribuna, con más evocaciones literarias. En la senda a Miguel Delibes, en el centenario de su nacimiento, con la segunda entrega de mi artículo, o ensayo, sobre Iconos literarios, empezado el viernes 29 de mayo.

 

En los años mozos tuve en el Liceo Francés de Madrid un excelente guía en el profesor de Literatura Miguel Álvarez. Un día, por ejemplo, nos habló de Sin novedad en el frente, la novela de Erich María Remarque, que, sin ningún éxito, estuve tratando de encontrar en las librerías de viejo: eran tiempos de Franco, con muchos libros prohibidos, que tampoco estaban en la Biblioteca Nacional, al ser considerada esa obra como antibelicista.

 

Miguel Hernández, muy joven: “Guadalajara, rumorosa provincia de colmenas”

 

Y en esas me encontraba, cuando un amigo mío, también del Liceo, Cecilio Luchsinger, me llamó –yo tendría entonces catorce o quince años—, para decirme que había decidido vender la mayoría de los volúmenes de una biblioteca heredada de su abuelo. Y me pidió ayuda para empaquetar los libros que iba a llevar el papelero al kilo. Así que fue en esa labor de ayuda cuando pude hacerme con unos cuantos títulos de interés: Candido de Voltaire, La crítica de la razón pura de Immanuel Kant libre de lectura… en alemán, que incluso comencé a leer, si bien a la décima página lo dejé por lo arduo del tema; y por fin… Sin novedad en el frente.

 

En otro ámbito de lecturas, el descubrimiento de Jean Paul Sartre me resultó inquietante, sobre todo al empezar por una obra de la que no había oído comentarios, El engranaje; una disección asombrosa del mundo de la política... que me abrió una ventana a la realidad de los escenarios de las pugnas entre facciones con diferentes ideologías, y con una tesis cabal: los revolucionarios que se aburguesan y se hacen retrógrados, para buscar súbditos, manteniendo la pobreza para mandar indefinidamente.

 

Luego, ya en mis primeros tiempos en la Facultad de Derecho de la Universidad de Madrid, me llegó la afición al teatro, que tuvo mucho que ver con Antonio Buero Vallejo y su opera prima, Historia de una escalera, a cuya representación llevó mi padre a sus cinco hijos, al Teatro Español. Y precisamente a poco de ver la obra, cuando tenía diecisiete años, conocí personalmente a Buero, en la tertulia que se celebraba los viernes en casa del Dr. Plácido González Duarte, que era un gran cirujano, gran amigo de mi progenitor, y cuyos salones de los viernes eran muy apreciados.

 

Erich María Remarque: “Sin novedad en el frente”

 

En la fase de la transición a la democracia, Buero, en una conferencia-mitin, organizado en Guadalajara (su patria chica), durante la campaña electoral de junio de 1977, abrió la sesión de manera magistral, con algunos versos de uno  de los mejores poemas de Miguel Hernández: una Elegía sobre la batalla de Guadalajara —donde las fuerzas de la República derrotaron al cuerpo de Tropas Voluntarias de Italia—, empezando con un reto al Duce:


Ven a Guadalajara, dictador de cadenas,
carcelaria mandíbula de canto:
verás la retirada miedosa de tus hienas,
verás el apogeo del espanto.

 

Y lo mejor de la Elegía:

 

Rumorosa provincia de colmenas,
la patria del panal estremecido,
la dulce Alcarria, amarga como el llanto,
amarga te ha sabido.

 

Desde entonces, siempre que voy a la ciudad del Infantado, sigo las pautas de Buero y recito los versos sobre la rumorosa provincia, con gran éxito en el auditorio.

 

Antonio Buero Vallejo: “Historia de una escalera”

 

Con el tiempo pude ir diversificando, lógicamente, mi repertorio teatral, con El jardín de los cerezos, de Chejov, El círculo de tiza caucasiano y otras obras de Bertolt Brecht, a la que siguió la lectura de los dramas de Shakespeare; primero en español, en traducción de Astrana Marín, en 1956, en la cárcel de Carabanchel, en el invierno-primavera de 1956 –cuando la rebelión estudiantil de aquel año nos llevó a unos cuantos al Gran Hotel del Estado—. Donde desde su Séptima Galería –la de los políticos y los fuguistas—, nos llevaban, en formación militar, los domingos, a oír misa.  

 

De los actores de la época, mis autores teatrales preferidos fueron Carlos Lemos, por sus grandes representaciones del teatro clásico español, destacando también en su papel en la obra más difundida de aquellos años, de Arthur Miller, Muerte de un viajante. En línea similar de gran repertorio de capacidades y con voz desgarrada y aguardentosa, estaba Francisco Rabal, Paco para los amigos, entre los que ciertamente me incluía. Con un amplio recorrido, desde clásicos griegos a Calderón.

 

Entre las actrices, Nuria Espert se llevaba la palma, con su particular dicción, y con la expresión de su rostro límpido y blanquísimo, que daba gran hondura a sus papeles de ciertas obras por entonces no muy bien vistas del régimen. Especialmente las de Brecht, entre ellas la muy declamatoria La buena mujer de Sechuan.

 

En cierta ocasión, cuando ya en la Democracia el Círculo de Lectores me pidió que fuera a Barcelona para participar en la presentación de un libro colectivo en el que había un largo artículo mío. Y me solicitaron que designara una persona conocida del mundo literario para que contribuyera presencialmente a esa sesión. Se lo pedí a Nuria Espert, y allí estuvimos con ella todo un día, mi mujer, Carmen, y yo. Nuria pronunció algunas muy hermosas palabras sobre mí, que lamento no tener a mano. Luego, retornamos a Madrid, en un viaje muy grato, y la acompañamos desde el aeropuerto hasta su casa, en la plaza de Oriente frente a los hermosos jardines que rodean el Palacio Real.

 

La sedimentación literaria, que podría decirse, creo que me llegó con los autores de la Generación del 98, sobre todo Pío Baroja, a quien conocí personalmente y que para mí ha sido un auténtico maestro; con novelas formidables como Cesar o Nada, El cura de Monleon, Los amores tardíos, El mayorazgo de Labraz. Sin olvidar sus impresionantes Memorias, con el evocador subtítulo de Desde la última vuelta del camino.

 

Luego pasé a Valle Inclán, seguí con Unamuno, y también compré, en la ya citada Pescadería de las Letras, algunas novelas sueltas de Pérez de Ayala; de quien no hay, actualmente un gran recuerdo como novelista, a pesar de la más alta calidad literaria de sus obras, realmente fantásticas; en especial, Troteras y danzaderas.

 

Más tarde entraron en liza Galdós (también ahora su centenario), Thomas Mann, Hermann Hesse, Thomas Hardy, Edgar Alan Poe, Mark Twain, Roger Martin du Gard, André Malraux, Ivan Turgueniev, Fedor Dostoievski... y la Serie Negra inacabable, desde Conan Doyle y Maigret, hasta Scerbanenco y James Hadley Chase; pasando por Dashiel Hammet y Raymond Chandler.

 

Tampoco se olvidará nunca la lectura de El difunto Matías Pascal, la prodigiosa novela de Pirandello que leí con mis hermanos en el campamento que tuvimos en la Sierra de Guadarrama, en el valle de la Fuenfría. Pero no en el Frente de Juventudes ni nada que tuviera relación con Falange. Fue un asueto Tamames de pura cepa: nuestro padre decidió que debíamos ir a la montaña sin mandato político alguno, más que nada premonición ecológica. Compramos una tienda de campaña y unas mochilas y nos instalamos en el más denso pinar de todo el Guadarrama que él conocía como médico, pues algunos de sus pacientes iban allí, en los tiempos de posguerra, para la cura de sus tuberculosis, en un hospital de montaña.

 

Allí nos llevábamos libros para leer, y uno de ellos fue El difunto Matías Pascal. Como también un libro de Marañón, el que contiene su ensayo Amor, convivencia, eugenesia, que cito muchas veces. Porque consiguió la fórmula perfecta para comprometerse hombre y mujer de cara a toda una vida: el 33 por 100, conveniencia; otro tanto para la eugenesia; y el restante 34 por 100, puro amor. Si una fórmula así se valorara más, seguro que habría muchos menos divorcios.

 

 

Dejamos aquí el artículo Iconos literarios, para seguir con ellos, si los lectores de Tribuna me lo permiten, el viernes 12 de junio, cuando ya esté muy próximo el final del Estado de Alarma. Y para conectar con el autor, siempre tienen Vds. el correo electrónico [email protected]. Hasta la próxima.

 

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