Humildad García, encargada de celebrar la 'misa' en Peralejos de Arriba cuando no hay sacerdote

Humildad García en su parroquia de Peralejos de Arriba

En Peralejos de Arriba, Humildad García, de 87 años, es la encargada de la celebración de la Palabra en ausencia de los dos sacerdotes de la zona.

Desde hace cinco años, Humildad García celebra la Palabra en la iglesia de su pueblo, Peralejos de Arriba, en la comarca de Vitigudino, a 61 kilómetros de Salamanca. Lo hace cuando los dos sacerdotes de la zona, Francisco Fraile y José Antonio Andújar, no pueden celebrar allí la eucaristía. Un ejemplo de la Salamanca vaciada es este municipio, en la actualidad con 24 habitantes, de los cuales, la mitad, 12 fijos, siempre acuden a la iglesia, o bien a la misa de los presbíteros, o a la celebración de la Palabra de Humildad.

 

A sus 87 años lleva colaborando con su parroquia desde hace más de 40. Con diferentes tareas, “desde barrer, lavar los purificadores, la ropa o planchar el mantel”, relata. Pero en Peralejos de Arriba, la lectora es ella, y canta, acompañada de su hija, además de las funciones propias de los que realizan la celebración de la Palabra: las lecturas, la homilía que le entregan los párrocos, y dar la comunión. Los sacerdotes la formaron para ello, y siempre cuenta con su apoyo.

 

Humildad tiene la llave del templo, y cada día pasa por allí para comprobar que la vela del Santísimo está encendida, “porque a veces entran los murciélagos y la apagan”. Para sortear los tres escalones del altar, cuenta con un pequeño pasamanos, además de su bastón. Fraile y Andújar agradecen toda la colaboración de esta vecina de Peralejos, ya que cuando celebran allí la eucaristía, “ya nos tiene todo lo necesario preparado”.

 

Doce pueblos

Estos dos sacerdotes atienden en total 12 pueblos, más el convento de clausura de las Agustinas Recoletas de Vitigudino. Cada día viven en primera persona la despoblación, “en algunos municipios no llegan ni a 12 personas las que vemos, como en Villargordo, o cuatro fijas en Villarmuerto, donde solo vamos en la festividad de Los Santos y en sus fiestas patronales”, explican. Pero también valoran la riqueza de los pueblos, “porque se conocen entre ellos, se cuidan y acompañan”, apuntan todos.

 

De hecho, Humildad asegura que su vida es la relación personal con la gente, “y acudir a misa nos acerca e invita a vivirlo”. Como ella relata, al terminar la eucaristía siempre se quedan en la puerta de la iglesia hablando un rato entre ellos y con los sacerdotes, “donde preguntamos por la gente de otros pueblos, entre otros temas”.

 

 

En Peralejos de Arriba tienen eucaristía el sábado o domingo cada 15 días, o entre semana, y cuando no acuden, es el turno de Humildad. Los sacerdotes celebran misa a las diez y media, pero ella, la celebración de la Palabra la realiza a las doce. “Cuando ellos me avisan que vienen llamo por teléfono a los vecinos, que en el caso contrario saben que lo haré yo a otra hora”, subraya.
Nadie suele faltar a esa cita, donde siempre se concluye mirando hacia el lateral de la iglesia, hacia Nuestra Señora de los Villares, para cantarla ‘Bajo tu amparo’.

 

Un servicio a la Iglesia

Para Humidad, celebrar la Palabra no es ningún trabajo, y su edad, no es impedimento. “Me dicen que soy mayor y no tenía que hacerlo, para mí no es ningún trabajo, es un alivio, un servicio, sin recibir nada a cambio”, insiste.

 

En una ocasión le hicieron un pequeño homenaje y se emocionó. “Sé que es importante que el domingo podamos ir a la iglesia, allí rezamos todos juntos, tomamos la comunión y escuchamos la Palabra”, detalla, y es que cree que “un domingo sin ir a la iglesia, no parece domingo, e incluso, cuando nos dan misa un día de diario, nos creemos que estamos en domingo”, bromea. Asimismo, considera que es un motivo para que muchos de los vecinos salgan de casa y se vean allí.

 

En los tiempos fuertes, como Semana Santa, el Viernes Santo, Humildad hace la Pasión para sus vecinos, mientras que la Vigilia se realiza para todos los municipios en Vitigudino.  Humildad cuenta con el apoyo de su marido, Nemesio Sarmiento, que en su condición de albañil ya jubilado, en su momento, hizo numerosos arreglos en la iglesia. Y allí dejó su sello.  La labor que ella realiza nace del corazón y la fe, en una Salamanca vaciada desde donde se lucha para que sus templos no queden cerrados, y esa vela al

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