Filomena
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Filomena

Alrededores del Palacio Real

Es curiosa la historia de Santa Filomena. Fue martirizada hasta la muerte por el emperador Septimio allá por el año 202, pero su existencia y sus restos no fueron descubiertos hasta el siglo XIX, durante unas excavaciones arqueológicas en las catacumbas de Roma. Salvando las distancias, algo parecido va a ocurrir con esta borrasca a la que alguien bautizó con el nombre de esta joven, que al parecer murió con doce o trece años acribillada a flechazos. Y es que, aunque los primeros copos comenzaron a caer el viernes, ha pasado una semana para que las consecuencias de este drama empiecen a mostrar su auténtica dimensión, de la que no seremos del todo conscientes hasta que no se derrita la nieve.

 

Hablaban los medios estos días de coches atrapados, ciudades y calles intransitables, resbalones en el hielo e incluso de divertidas e insólitas anécdotas de esquiadores en las principales avenidas de la capital, con la gente lanzándose bolas de nieve y danzando al son de la Macarena en la puerta del Sol, convertida en kilómetro cero de la nevada. Pocos se tomaban en serio en un primer momento esta catástrofe. Pero como los restos de Santa Filomena, los estragos van saliendo a la luz.

 

No han sido solo los accidentes, los resbalones que acaban en urgencias, los árboles caídos sobre los coches… En muchas ciudades, la histórica nevada ha dado la puntilla a los pequeños comercios en plena temporada de rebajas, a una hostelería agonizante, ha congelado las ventas online, las únicas que aguantaban el tirón, ha paralizado los aeropuertos que comenzaban a despegar después de meses no ya en tierra sino bajo tierra, ha dejado una semana sin trabajo a taxistas y repartidores y ha colapsado los servicios públicos y los hospitales en plena tercera ola.

 

Pero el verdadero drama está en el campo, el gran olvidado por los medios de comunicación y sobre todo por los políticos. Olivares destruidos cuando todavía se estaba recogiendo la aceituna. Campos sembrados congelados. Frutales tronchados. Hecatombe de ganado muerto de frío, hambre y sed. Granjas, graneros, establos y almacenes hundidos bajo el peso de la nieve. Maquinaria destruida. Producción tirada a la basura porque no puede llegar a los puntos de venta. Miles de vidas arruinadas en las que pocos piensan.

 

Y menos aún un Gobierno que no iba a dejar a nadie atrás y cuyo ministro del Interior, agazapado en casa cuando caía lo más grande en cincuenta años tiene el desahogo de salir el domingo para explicarnos en rueda de prensa que todo está bajo control y que “no hay daños importantes ni a bienes públicos ni privados”. Debe ser que de tanto inclinarse al paso de un presidente que camina ante las cámaras cada día más henchido, como un modelo de la pasarela Cibeles, no ve más allá de sus zapatos.

 

«Tenemos un presidente del Gobierno que no gobierna, sino que desgobierna, que descoordina, que no responde a los problemas de los vecinos, que no atiende a las demandas de los agricultores y ganaderos. En definitiva, tenemos un presidente del Gobierno de espaldas a los problemas de la gente». Son palabras de Pedro Sánchez dirigidas a Rajoy tras las inundaciones del Ebro en 2015. ¡Qué malas son las hemerotecas! Lo normal es que ahora sean otros los que le dediquen a él reflexiones semejantes.

 

Quizá lo que no es tan normal es que la ministra consorte de Igualdad aproveche una situación que se repite, euros arriba o abajo cada mes de enero, para pedir, desde el salón frente a la chimenea de su chalé de lujo la nacionalización de las empresas eléctricas. Nuestro sistema energético requiere reformas, eso es evidente. Y aunque María Jesús Montero, ¡qué gran portavoz!, aseguró que “Uropa” no nos permite bajar el IVA de la luz, la misma patraña que nos intentó colar con las mascarillas, hay muchas cosas que el Gobierno puede hacer para que no sigamos pagando uno de los recibos más caros del continente.

 

Pero como seguro que esto no se arregla es aplicando la fórmula de Chávez y Maduro con el petróleo en Venezuela, esa que reclama Irene Montero y su partido, con la que han conseguido el prodigio económico de que uno de los mayores productores mundiales sea un país en el que sus ciudadanos se mueren de hambre. Tampoco es decente que salga Echenique a decir que las calles no se limpian porque hemos destruido el sector público, como si alguna vez hubiese habido un ejército de quitanieves que algún Gobierno anterior hubiese privatizado.

 

En todo esto, como con el coronavirus, sería buen momento para que todos asuman sus responsabilidades. El Gobierno, a gestionar, planificar y aportar soluciones, la oposición a controlar y a señalar posibles formas de hacerlo mejor y cada mochuelo a su olivo, si es que no se lo ha llevado Filomena por delante. Que ya está bien de guerras de bolas de nieve.