¿Estamos solos en el cosmos? (VIII)
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¿Estamos solos en el cosmos? (VIII)

Protágoras y J.A. Wheeler. TRIBUNA

Octava entrega de este interesante serial que firma el profesor Tamames. 

Seguimos con la entrega VIII de una cuestión fundamental, y siempre apasionante, de si estamos o no solos en el universo la especie humana. En esa dirección, ya hemos visto la dificultad de contestar el gran interrogante, y que si intenta hacerse, debe ser con mucha prudencia y teniendo en cuenta los indicios que hay al respecto y las teorías que se han expuesto hasta este momento, y las que expondremos a partir de hoy; en esta entrega penúltima y la que tendremos la semana próxima para terminar con la cuestión. Siendo el punto crucial en esas dos últimas referencias el del universo antrópico, esto es, si desde algún punto hasta ahora desconocido se tomó, por así decirlo, la decisión de que el universo estuviera dispuesto de tal forma como para hacer posible el nacimiento y evolución de la vida que terminó en la especie humana. Nada más y nada menos. Y en ese sentido, evocamos a Teilhard de Chardin y su libro “El fenómeno humano”, donde quizá le faltó la decisión última de apoyarse en la idea del universo antrópico para explicar la existencia de algo sobrenatural en nuestros aledaños.

 

 

EL PRINCIPIO ANTRÓPICO

 

El tema de si estamos solos en el universo, o acompañados —sea por inteligencias superiores o no—, se relaciona con las condiciones en que la vida ha sido posible en el planeta Tierra, lo que da lugar a reflexiones que nos hacen ver hasta qué punto los terrícolas somos verdaderos privilegiados.

 

El antroprocentrismo en Protágoras

 

En la dirección apuntada, cabe recordar el lejano aserto de Aner panton metron[1] máxima del filósofo heleno Protágoras (480/410 a. C.), expresiva de que el hombre es la medida de todas las cosas; resumen de una idea que en principio cabría exponer así: los seres humanos somos dueños y señores de todo lo que existe en el mundo en que vivimos. Con este planteamiento ya cabe no estar plenamente de acuerdo, pues la acción del hombre ha de tener limitaciones, para no deteriorar la biosfera de forma irreversible. Por ello mismo, cabe decir hoy que el “hombre es el observador de todas las cosas”; pero no la medida de ellas, ni su dueño pantocrático, todopoderoso. E incluso, en una óptica a más largo plazo, cabría decir que debemos ser los preservadores de la naturaleza del planeta Tierra.

 

Análogamente a Protágoras, José Ortega y Gasset definió la técnica como “el dominio de la naturaleza por el hombre”. Una visión hoy totalmente revisable, en función de las teorías de la sostenibilidad, que exige la necesaria conciliación de actividad humana y preservación del medio.

 

En cualquier caso, habría que reflexionar más sobre la cita de Protágoras, porque como dice Sánchez Meca, “el hombre griego se concebía a sí mismo como parte de la naturaleza, inserto en el orden natural, como un ser más de ella. De manera que fue la revisión judeo-cristiana la que planteó que los humanos somos mucho más que seres naturales; y que en lugar de estar subordinados a la naturaleza, es la naturaleza la que fue hecha por Dios para ponerla a nuestro servicio, dominarla y así alcanzar la perfección”[2]. Se preconizó así, sin saberse, el principio antrópico de que el universo es una creación cuya última meta es precisamente el linaje humano y todo lo que de él pueda producirse en el futuro.

 

 

 

 

De Wallace a Wheeler y Rees

 

El principio antrópico lo apoyan hoy no pocos físicos, que llevan décadas perplejos por la inverosímil precisión con que parecen ajustadas ciertas constantes fundamentales del cosmos. Por ejemplo, bastaría con aumentar un 0,2 por 100 la masa del protón, para que fuera imposible construir un solo átomo; y sin átomos no habría ni estrellas, ni planetas ni, por tanto, seres vivos.

 

De modo similar, si la fuerza que mantiene unido el núcleo de los átomos (la atracción nuclear fuerte) tuviera una intensidad ligeramente distinta, las estrellas no habrían podido generar el carbono en que se fundamenta toda la materia orgánica[3]. Otras constantes físicas también parecen haber tomado los valores adecuados, dentro de márgenes muy estrechos, para así hacer posible la evolución de la vida; entre las cuales están la duración media del neutrón, la masa del electrón, o la magnitud de la gravedad y otras constantes.

                                                                          

En realidad, el primer científico en recurrir al argumento que entraña el principio antrópico no fue un físico, ni un filósofo, sino Alfred Russell Wallace, el padre de la teoría de la evolución con Darwin; quien en 1904 escribió[4]: “Es posible que un universo, tan enorme y complejo como el que vemos a nuestro alrededor, sea un requerimiento absoluto para producir un mundo adaptado en todo detalle; de modo que la vida se desarrolle ordenadamente para culminar en el hombre".

 

Más modernamente, el principio antrópico fue planteado por el astrofísico Robert Dicke en 1961[5], y más tarde desarrollado por el físico Brandon Carter[6]. Esta idea desde sus planteamientos iniciales ha sido fuente de polémica, al convertirse —sin haber sido ellos los promotores de la idea— en uno de los pilares de los teocons[7] para defender la creación como un acto de Dios.

 

Pero el máximo impulsor del principio antrópico, y la propia acuñación de tal principio, se debe a John Archibald Wheeler (1911-2008, físico teórico estadounidense y uno de los pioneros de la fisión nuclear, quien, además, fue prolífico creador de palabras y expresiones como: agujero de gusano (para nombrar las formaciones hipotetizadas en 1916 por Ludwig Flamm), agujero negro (planteadas por primera vez por Karl Schwarzschild, también en 1916), agujero blanco, geón, espuma cuántica, o geometrodinámica, esta última para describir el doble efecto de la materia sobre la geometría del espacio-tiempo y de la geometría del espacio-tiempo, sobre cómo se mueve la materia; todo ello según la teoría de la relatividad general[8]. Más concretamente, Wheeler[9] planteó el principio antrópico en el prefacio del libro El principio cosmológico antrópico[10], de John D. Barrow y Frank J. Tipler, donde escribió:

 

No es únicamente que el hombre esté adaptado al universo. El universo está adaptado al hombre. ¿Cabe imaginar un universo en el cual una u otra de las constantes físicas fundamentales se alterasen en un pequeño porcentaje en uno u otro sentido? En tal universo, el hombre nunca hubiera existido. Este es el punto central del principio antrópico; en el centro de toda la maquinaria y diseño del mundo, subyace un factor dador-de-vida”.

 

Para finalizar la referencia a lo antrópico, recordaremos que Martin Rees —presidente de la Royal Society de Londres en 2017—, es autor de un libro titulado Justo, seis números, texto en el que el reputado “Astrónomo Real” —ese es uno de sus puestos oficiales— explica la existencia del cosmos y de nuestro planeta a partir de seis fuerzas: la relación electricidad/gravedad, la que cohesiona el átomo, la referente a la que da consistencia a las galaxias, la antigrativatoria, la que hace viable un espacio sideral no tan violento, y la proveedora de verdadera vida al planeta[11].

 

Es a partir de la acción conjunta de esas seis fuerzas como Rees supone que el universo cabe considerarlo antrópico. Es decir, que todo se ha dispuesto con suma racionalidad —el quién es el misterio—, para que al final de una serie de procesos evolutivos vivamos aquí y ahora la especie humana, observadora de todo el cosmos.

 

Con esos fundamentos en su haber, Rees menciona a E.O. Wilson, el célebre sociobiólogo, quien se atrevió a decir algo en lo que Rees también parece creer: “En lo relativo a religión, tiendo a ser deísta, y creo que la prueba de mi creencia se basa en la astrofísica, en un Dios cosmológico que creó el universo, algo que podrá demostrarse de manera todavía no imaginada”.

 

Al final, Rees refuerza su posición y lo hace evocando a su maestro, John Polkinghorne, “eminente científico-teólogo”, con estas palabras: “El universo no es solo un viejo mundo, sino que es algo especialmente equilibrado y ajustado, con mucha finura, por el Creador, tras decidir que así fuera”.

 

 

Como siempre, hasta el próximo viernes, día 15 de octubre, pudiendo conectar los lectores de Tribuna, con el autor, a través del correo electrónico [email protected]

 

 


[1] La frase proviene de un libro de Protágoras, La verdad, desaparecido; citado que fue posteriormente por Platón en varios de sus Diálogos. Para Protágoras y los demás presocráticos, y también sobre el homo mensura en detalle, José Ferrater Mora, Diccionario de Filosofía (4 vols.), Alianza Editorial, Madrid, 1ª edición, 1979.

[2] Debo a mi hija Laura Tamames Prieto-Castro el matiz que se refleja en el párrafo entrecomillado, que procede de la Teoría del Conocimiento de Diego Sánchez Meca, Dykinson, Madrid, 2001.

[3] Javier Sampedro, “Hay otros mundos posibles”, El País, 17.I.2010.

[4] Alfred Russell Wallace, Man’s place in the Universe. A study of the results of scientific research, BiblioLife, 2008.

[5] Robert Henry Dicke (1916 / 1997), físico experimental estadounidense, hizo importantes contribuciones en astrofísica, física atómica, cosmología y gravitación, y durante la Segunda Guerra Mundial trabajó en el laboratorio de radiación, donde se implicó en el desarrollo del radar.

[6] Brandon Carter (nacido en 1942), físico teórico australiano, es conocido por sus aportes al estudio de los agujeros negros en el Campus de Meudon, del Laboratoire Universe et Théories, que forma parte del CNRS (el CSIC francés).

[7] El movimiento teocon o teoconservador (del inglés: theoconservatism) es una filosofía política cuyo argumento fundamental estriba en que la religión debe tener un papel importante en la formación e instrumentación de las políticas públicas. En general, con teocon se hace referencia a gente que cree no solo que la Ley de Dios debería jugar un papel mayor en la vida pública, sino que también se debería obligar a cumplirla en muchos aspectos sociales. Jorge Blaschke, Los gatos sueñan con física cuántica

[8] Ver Gravitation, de C.W. Misner, K.S. Thorne, J.A. Wheeler, publicado por W.H. Freeman and Company, 1973. Información facilitada por Massimo Galimberti en su comunicación al autor en correo electrónico de 16.X.2011.

[9] Un viaje por la gravedad y el espacio-tiempo, Alianza Editorial, Madrid, 1994.

[10] John D. Barrow y Frank J. Tipler, The Anthropic Cosmological Principle, Oxford University Press, 1988.

[11] Ramón Tamames, “¿Por qué y para qué el planeta?”, A tu salud. Verde, La Razón, 30.IV.2017.

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