En el ejército español (y III)

Haendel, autor de la ópera Jerjes, Churchill y Mendés-France.

Tercera y última entrega sobre el Ejército Español, a cargo de Ramón Tamames. 

Terminamos hoy, con esta tercera entrega, el recordatorio de lo que fue la Mili (no entera) del autor. Y lo haremos comenzando festivamente –para conllevar tiempos de pandemia y confinamiento—, con un repertorio musical.

 

El cancionero de la Mili

 

Del campamento de La Granja de San Ildefonso (Segovia) recuerdo cantidad de cosas, y me referiré ahora a una de las más hedonísticas: los cánticos de nuestras actividades cotidianas, en las que la música coral brillaba por su presencia; aunque el entorno del Guadarrama no fuera ni la Scala de Milán, ni la Fenice de Venecia.

 

Para las marchas, había canciones foráneas adaptadas, como La Madelon, francesa, que hacía referencia a una mujer galana y comprensiva en su licenciosa vida próxima a la cuartelaria, con una primera estrofa que decía:

 

La Madelon es buena y complaciente,

la Madelon a todos quiere igual,

ofreció, su amor a todo el frente,

del soldado al general…

 

También cantábamos himnos de origen nazi por su música, con letra española adaptada a tiempos del franquismo primero. Entre ellas la Horst Weisel Lied, originariamente de las SA de Hitler, y que prácticamente se convirtió en el segundo himno del III Reich, más cantado incluso que el Deutchland, Deutchland Über Alles. La letra española de esa pieza musical era la del cuerpo de ingenieros, y según mis recuerdos empezaba como sigue:

 

Cualquier misión,

de brecha o alambrada,

la cumplirá,

el fiero zapador…

 

Pero con ser notables las ya referidas entonaciones, la que sin duda más nos impactó a toda la compañía durante los dos campamentos en El Robledo, fue el himno que para nuestra formación compuso un compañero, con letra también suya. Subirats se llamaba y como buen alicantino tenía grandes aficiones musicales. La letra, que no recuerdo por entero, era la siguiente:

 

Por la tarde,

a la sombra de un roble,

duermo y sueño que es un placer,

con mogotes y vaguadas,

y curvas de nivel…

 

Las ordenanzas,

las dominamos,

táctica y tiro,

son para mí,

como la mosca fácil y blanda,

al duro pico

del colibrí.

 

Me referiré también a las canciones más chuscas que circulaban por el campamento de La Granja, y que hacían referencia a nuestra triste condición en el primer año de mili. En lo que Teodoro Núñez Pérez-Calderón –el mejor amigo que conservé de los tiempos militares hasta el año 1996, cuando nos dejó muy tristes—: alto, de tez un tanto cobriza, aspecto sesudo, empedernido fumador, y que siempre hablaba como si tuviera en la cabeza una especie de controlador que le hiciera emitir sus frases de manera sentenciosa; y al tiempo con un tono un tanto irónico sobre toda la realidad circundante.

 

Cantaba con voz grave, como si estuviera ejecutando un aria de Verdi, o una estrofa de Haendel, o un Lied o del propio Schubert. Una de esas canciones, y perdón por las expresiones, decía:

 

En el portal del Robledo

hay un farol encendido,

con un letrero que dice:

«jódete y no haber venido…»

 

A lo que seguía una lamentación sobre la triste suerte que esperaba a los malditos, los campamentarios de Milicias del primer verano:

 

¡Estos pobres malditejos,

que acaban de venir,

tienen el aire triste,

y negro el porvenir…!

 

¡Y yo les aseguro,

que no conseguirán,

galones de sargento,

de cabo, ni de ná!

 

¡Qué bonito soy,

pam, pam, pam!

 

¡Qué bonito soy,

pam, pam, pam!

 

¡De frente,

ras, cataplás!

 

En otras manifestaciones cantoras y en relación con La Granja de San Idelfonso había una especie de copla sobre los soldados en sus visitas al Real Sitio:

 

Al pueblo de La Granja,

yo ya no puedo ir,

pues todas las muchachas,

se vienen tras de mí,

y al verme tan juncal,

me dicen al pasar:

¡qué pollo tan barbián,

me lo comía entero,

y no dejaba ná!

 

Todos los domingos en que estábamos en el campamento habíamos de ir, formados de tres en fondo, a la Santa Misa, en un espacio muy amplio conocido como Llano Amarillo. Remembranza que era del célebre escenario del mismo nombre en Marruecos, próximo a los bosques de cedros de Retama en el Rif, lugar en que Franco se reunió en cierta ocasión con una parte del Ejército de África; el arma decisiva de la primera avanzada nacional al comenzar la guerra civil 1936/39.

 

La misa transcurría en absoluto silencio, sólo quebrado por los toques de corneta que seguían las instrucciones del capellán. Y a mí, lo que más me impresionaba de todo el ritual era que en el momento de la consagración, se ponía una música de fondo, a gran volumen de los altavoces, que a mí me parecía maravillosa. Con el tiempo descubrí que aquello era el Largo de Haendel, de la ópera Jerjes, que desde entonces se convirtió en mi pieza musical preferida. No en vano, dijo Ludwig van Beethoven: “Este Haendel es el mejor”.

 

Churchill, Mendès France, Françoise Sagan y Claude Roi

 

Durante mi estancia en El Robledo, tanto en el verano de 1954, como en el 55, traté de no descuidarme, pensando que tres meses de prácticas militares sin ningún otro acompañamiento de materia gris podrían generar algo de embrutecimiento. Para ello, me suscribí a dos periódicos diarios: uno en inglés, el muy conservador Daily Telegraph, que llegaba en papel biblia, al ser remitido por correo aéreo; y el francés, más abierto políticamente, Le Parisien Liberé.

 

El diario londinense me servía para seguir lo que estaba sucediendo en Inglaterra, donde volvía a ser primer ministro Winston C. Churchill, quien después del periodo laborista dirigido por el gobierno de Clement Atlee entre 1945 y 1950, había ganado las elecciones de 1951; para desempeñarse durante un lustro como Premier. Obviamente, con menos grandeza que durante la segunda guerra mundial, cuando era el Gran León personificador del espíritu de la resistencia de los británicos frente a los alemanes.

 

En sus Memorias de Guerra, que leí directamente en su formidable inglés, siempre se aprecia un Churchill preocupado por la calidad y precisión idiomáticas, algo que le haría merecedor del Premio Nobel de Literatura, que muchos consideran injustificado; pero que a mi personalmente me pareció de lo más pertinente, tanto por sus Memorias de Guerra, como por su larga e imponente History of the English Speaking Countries.

 

Durante mi estancia en Londres en la segunda parte de 1954 y primera de 1955, una tarde fui a las Casas del Parlamento, en Westminster, a orillas del Tamesis, y tras hacer una breve cola, y sin que nadie nos pidiera la documentación ni cosa parecida, entramos en la tribuna de visitantes, a escuchar a los oradores. Entre ellos, intervino el propio Wiston C. Churchill, con un discurso rápido, y por lo que recuerdo sin grandes contenidos, que no pareció impresionar a nadie. Aparte de eso, ya se podía apreciar que los años no pasaban en vano para el mayor antagonista de Hitler.

 

En cuanto al otro periódico antes mencionado que recibía en el Campamento de la Granja, el francés —que semanalmente combinaba con L’Express, el hebdomadario de Jean Jacques Servan-Schreiber—, creo que ofrecía una buena visión de lo que sucedía en el país vecino, cuando era presidente del Consejo de Ministros Pierre Mendès France. Un político agudo, perspicaz, que con su comprensión del mundo moderno, ahorró a Francia dos guerras coloniales; al conceder la independencia primero a Túnez y luego a Marruecos, en un momento en que parecía como si Francia acabaría recuperando su dominio en Vietnam, antes de la derrota de Dien Bien Phu de 1955 ante los Vietcong.

 

El caso de Argelia, todavía no estaba planteado en toda su envergadura, y de ahí que Mendès France no tuviera la gran ocasión tal vez de haber ahorrado a Francia y a los argelinos una guerra más que cruenta, en la que entonces se llamaba, ilusoriamente, la France d’Outremer.

 

En el campamento de La Granja también traté de mantener los idiomas con otras lecturas de libros. A ese propósito, un lugar preeminente lo ocupó Françoise Sagan, con su Bonjour tristesse, la ópera prima de una jovencita de 21 años, que supo relatar sus primeras experiencias amorosas; con detalles que por entonces no eran tan frecuentes en las novelas, y con un impacto realmente extraordinario, que casi instantáneamente la convirtió, en un personaje en todo el mundo.

 

Me gustó Bonjour tristesse, porque se veía que los sentimientos del diario íntimo de Sagan salían de su alma de su protagonista. Algo como lo que unos años antes se había visto en el libro de Carmen Laforet, Nada; que me produjo una viva impresión cuando la novelística española iba por derroteros completamente distintos de las sensaciones íntimas y de primeras experiencias vitales.

 

Otra de las lecturas campamentadas, que marcaría una de mis vocaciones ulteriores, fue el libro de Claude Roi, Clefs pour la Chine, que efectivamente daba las claves para el conocimiento de la República Popular, proclamada en 1949 en la plaza de Tiananmen, con Mao Tse Tung al frente. Una lectura que me resultó apasionante, al explicarse el nacimiento del PC Chino, la larga marcha de 1932/33 de Mao, la guerra civil entre nacionalistas y comunistas, la ocupación japonesa; con la unión sólo pasajera de Chan Kai Chek y Mao durante la segunda guerra mundial contra el enemigo común. Y después, nuevamente, la guerra civil para el definitivo triunfo de los comunistas frente a los corruptos seguidores de Chan Kai Chek, que se refugiaron en Taiwán.

 

El libro, de Claude Roi fue el comienzo de una senda de interés personal por los temas chinos, para acabar produciendo tres libros sucesivos: uno en 2001, el otro en el 2007 y el tercero en 2012. Este último, el de mayor repercusión, titulado "China tercer Milenio: el dragón omnipotente", que me permitió impartir decenas de conferencias en toda España, con nutridas asistencias ante el fenómeno de la emergencia de China en su senda a convertirse en primer superpoder económico mundial.

 

Luis Miguel Dominguín, torero, vestido de matador; Edgar Neville, cineasta en su juventud; y la deslumbrante Conchita Montes.

 

Con el torero, el cineasta y el damero maldito

 

En mi segundo verano en San Ildefonso de La Granja, un sábado en la mañana, me convocaron al locutorio telefónico del campamento y en conversación con mi progenitor se me anunció su visita para el día siguiente: una excursión que iba a hacer con Luis Miguel Dominguín y algunos amigos, por lo cual pasaría a recogerme al campamento después de la misa en el llano amarillo, para más precisión.

 

Y así fue: Don Manuel se presentó en la puerta del campamento a la hora convenida, acompañado de Teodoro, el chofer del torero; encuentro que me produjo gran alegría, pues no veía a mi progenitor desde hacía más de dos semanas.

 

Acto seguido nos fuimos en el impactante automóvil del diestro al Hotel Europa, y allí subimos a un hermoso comedor en la primera planta, con vigas de madera antigua, y grandes ventanales que daban a las montañas del entorno.

 

Luis Miguel Dominguín, el diestro, ya estaba con sus acompañantes; como siempre, jovial e incisivo con su eterna retranca de humor en la visión relativizadora de la vida. Y fue el matador quien me presentó a Edgar Neville, el dramaturgo y escritor de La Codorniz, que iba con una señora muy distinguida, Conchita Montes, su reconocida y ultimísima amante; autora del célebre damero maldito, el crucigrama más inteligente de La Codorniz, una mujer simpática que trabajó magistralmente en algunas de las películas de Edgar. Y además estaba una actriz francesa bastante conocida por entonces, Annabella, de quien se aseguraba que estaba en un devaneo más o menos transitorio con el torero.

 

Estuvimos almorzando, los citados y algunos más que ahora no acabo de atraer a mi memoria, manifestándose todos con gran naturalidad en sus expresiones. A veces un tanto desvergonzadas, al narrar episodios de la vida erótico-cotidiana de éste o aquel; siempre con gran desenvoltura y a veces con detalles que yo no pensaba que fueran a poner en sus labios tan ilustres conversantes.

 

Casi no sería preciso decir que durante todo el almuerzo, que se prolongó con café, copa y puro, Luis Miguel fue el centro de la atracción del restaurante. El número uno estaba en la plenitud de sus capacidades, y arrasaba por donde iba.

 

Y aquí terminan, por lo menos por ahora, mis Historias de la Mili. Habrá que volver sobre el tema de la pandemia, que sigue acosándonos.

 

Para conexiones con el autor [email protected].

 

 

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