En el ejército español (II)

El desfile de la victoria de 1939 en Madrid. El sargento Tamames desfiló en 1954, en el contexto en que se explica aquí.

Segunda entrega del artículo de Ramón Tamames sobre el Ejército Español.

En medio de la pandemia no es que haya tiempo para todo. En mi caso concreto, parece que estoy trabajando más que cuando la cosa parecía normal, que tampoco lo era. El caso es que, con la telemática, tan de moda en estos días al lado del teleworking, no paramos.

 

Seguimos ahora, pues, con nuestro artículo de la semana anterior en Tribuna, con historias de la mili en el Campamento de El Robledo, en La Granja de San Ildefonso, provincia de Segovia. Y nos ocupamos de los diversos episodios de la institución militar, con el profesorado de capitanes y tenientes, hoy nos referiremos a “ejercicios y maniobras”, “El desfile de la victoria”. Vamos allá.

 

EJERCICIOS Y MANIOBRAS 

 

De los ejercicios en el campamento, los de tiro eran los de mayor interés. Salíamos del campamento con piezas de mortero y ametralladoras pesadas, entre estas últimas, las ZB, de patente checoslovaca, algunas de ellas todavía seguramente de las capturadas al ejército republicano durante la guerra civil; o de las ulteriormente fabricadas en España siguiendo ese mismo modelo.

 

Eran máquinas que me parecían portentosas, con un trípode para asentarla en tierra en el momento de disparar, y en su manejo casi llegué a sentirme un privilegiado cuando me nombraron ametrallador de la sección de mi compañía: disfrutaba mucho disparando cientos de balas seguidas, con el mayor estrépito sobre dianas fijas. La verdad es que entre nosotros había mucha broma sobre la capacidad del ejército español, pero el antimilitarismo era por entonces una cuestión lejana y más bien teórica.

 

Las prácticas más completas, casi maniobras, se produjeron en lo que, llevado por un más o menos irónico ardor juvenil, llamé después la Batalla de Matabueyes, que duró toda una jornada, desde el amanecer. Dejamos el campamento, en absoluto silencio, antes de que saliera el sol, con gran despliegue de fuerzas, para tomar por sorpresa al enemigo en sus privilegiadas posiciones en el cerro de Matabueyes, un alto desde el cual se controlaba toda la planicie circundante. Un objetivo en el que empleamos fuego real, armas con munición efectiva, granadas de mano, y obuses de morteros.

 

La batalla de Matabueyes fue para mí como un bautismo de fuego, y siempre la he recordado como una jornada excitante, con miles de disparos en todas las direcciones, algunas veces con gran enojo del capitán Gancedo, que en una ocasión, aquel día, me llamó la atención con grandes voces:
 

  • ¡Cuidado Tamames, a ver dónde apunta Vd. con la ametralladora, que va a matarnos a todos!

 

En medio de todo el fregado en que estábamos, se interrumpió el fuego para un frugal almuerzo, del que dimos buena cuenta en medio de unas casas medio derruidas por los impactos de fuego real de alguna maniobra anterior. Allí, un rústico, bien informado sobre los movimientos tácticos del día, había instalado un sombrajo para vender melones. Uno de los cuales comimos debajo de un roble, utilizando como cuchillo la bayoneta del fusil de un compañero. Un Mauser de los años 30, de la guerra civil. Aunque en alguna tienda pude comprobar que todavía había algunos chopos –el nombre castizo de ese armamento— de 1895, nada menos que del tiempo de las guerras coloniales de Cuba y Filipinas. Por lo demás, las municiones también eran muy antiguas, según las inscripciones en sus casquillos, con fechas de fabricación que en muchos casos se remontaba a 1937 y 1938, los momentos álgidos de la contienda fratricida.

 

El doctor Manuel Tamames con su hijo, el alférez eventual Ramón (abril de 1956).

 

EL DESFILE DE LA VICTORIA 

 

El momento estelar de nuestra vida de instrucción militar se produjo después del primer campamento, el 1 de abril de 1955, en la Fiesta de la victoria, que sólo al final del franquismo empezó a llamarse «Día de las Fuerzas Armadas»—. Nos convocaron para la gran parada ante el Jefe del Estado, Generalísimo de los Ejércitos, y Caudillo de España, Francisco Franco Bahamonde. Nada más y nada menos.

 

A tales efectos, nuestra compañía estuvo haciendo la instrucción en el Parque del Oeste de Madrid, junto al río Manzanares, en la ancha avenida que se acotadó a tales efectos, lo cual por entonces no era ningún problema, pues apenas había tráfico automovilístico. Allí pasamos varias mañanas, desfilando para arriba y para abajo, a fin de que Su Excelencia nos viera en plena forma, según la aspiración de nuestros oficiales. Y el último día de las prácticas, cuando ya habíamos terminado los ejercicios e íbamos a dejar los fusiles en el lugar adecuado, recuerdo muy bien que el capitán nos instruyó con todo detalle:

 

— Señores sargentos [porque ya habíamos superado el primer curso de El Robledo], llévense Vds. el cerrojo de su mosquetón a casa, y allí lo bruñen para que brille bien durante la parada militar.

 

Me pareció un tanto inverosímil, que esa parte fundamental del arma nos la lleváramos tranquilamente a nuestros respectivos domicilios, para sacarles el brillo con un estropajo, asperón, o incluso lija. Lo cual no dejaba de ser un disparate, porque el arma iba perdiendo su ajuste con la recámara de explosión del cartucho.

 

Finalmente, llegó el día del desfile, y nos convocaron a las siete de la mañana –ya se sabe que los militares, cuando pueden, lo hacen todo con mucho tiempo por delante— en nuestro habitual espacio de entrenamiento del Parque del Oeste, Paseo de Camoens. Y allí estuvimos haciendo unas últimas evoluciones, hasta que hacia las 9.00 horas, pusimos los fusiles de cuatro en cuatro, sujetos por las bayonetas, a fin de dar buena cuenta de un bocadillo de salchichón y un botellín de cerveza, para reponer fuerzas…

 

Luego, a marcha distendida y con el chopo colgado al hombro, fuimos caminando hasta el Paseo de la Castellana, en el que desembocamos por la calle de Martínez Campos, para engrosar en el dispositivo central del desfile y dirigirnos, ya en perfecta formación, a desfilar ante las tribunas instaladas, en la intersección de la Castellana con la calle Lista (hoy Ortega y Gasset), donde se había erigido un enorme dispositivo, casi altar, para Franco. Ante quien desfilamos. Y al pasar por delante de él, un oficial que iba al frente de la compañía con el sable enhiesto, ordenó vista a la izquierda, para mirar directamente al jefe del Estado, momento en que había de decir con toda la potencia de voz:

 

— ¡¡Fran-co!!

 

No habrá que insistir mucho en que algunos en vez de Franco solíamos decir, como en el llano amarillo del campamento de El Robledo, cuando nos conducían a la misa dominical, simplemente:

 

  • ¡¡Tran-co!!

 

Según la rumorología del caso, parece ser que nuestra actuación en aquel desfile de la victoria de 1955 fue un auténtico desastre en términos de marcialidad. Hasta el punto de que el Caudillo, que estaba en la proa de su tribuna, llamó a su lado al Ministro del Ejército, el General Muñoz Grandes, y según radio Macuto sentenció:

 

 

— Bueno, bueno, Agustín, estos chiquitos, el año que viene, que no vuelvan. Lo hacen rematadamente mal. Habría que llamar al general de la IPS y preguntarle qué pasa con el espíritu militar de nuestra juventud…

 

Con lo cual, de ser cierta la historia, Franco, efectivamente se barruntaba que muchos de nosotros no éramos demasiado entusiastas de su vitalicia magistratura. Otra cosa era la mili en sí, de la que disfrutábamos en todas sus manifestaciones.

 

 

Así que, hasta la semana próxima, el viernes 8, ya en el mes de mayo, un día antes del final del confinamiento oficial. Y todavía con el galimatías de las cuatro fases de desescalada, que uno se pregunta si hay un programa especial para los vetustos, entre los que me incluyo.

 

Y como siempre, a disposición de los lectores de Tribuna, deseándoles lo mejor en tiempos de coronavirus. Cuídense y si quieren hacerme observaciones, o alguna pregunta, pueden escribirme a mi correo electrónico [email protected]. Gracias y saludos cordiales.

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