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El viaje de estructura económica (III)

La Plaza de España de Sevilla, obra del gran arquitecto andaluz Aníbal González".

Decía Estrabon, el gran geógrafo heleno, que viajar era como apreciar la inmensidad de la Tierra. Con la diferencia de que entonces el mundo conocido por los griegos era muy limitado. Actualmente, en cambio, la gente viaja de forma masiva, y muchos lo hacen como las maletas.

 

En los tiempos del 'Viaje de estructura económica', en 1953, era muy poca la gente que se movia dentro de España, con trenes muy lentos y que hoy calificaríamos como costrosos. La mayoría de nuestros compañeros de la universidad, apenas habían superado por arriba la Sierra de Guadarrama, y por abajo alguna visita a Toledo.

 

Por eso, aquel viaje de Pedro Ramón Moliner y Ramon Tamames fue un episodio casi legendario entre los universitarios. Y pasando ya a continuar nuestro relato, recordaremos que las dos primeras etapas de aquel periplo fueron el complejo industrial de Puertollano y la ciudad de Córdoba. Hoy salimos para Sevilla con toda su grandeza.

 

LOS ALCÁZARES DE LOS REYES CRISTIANOS Y LA HUELLA DE ANÍBAL GONZÁLEZ

 

Desde Córdoba a Sevilla, la distancia que hoy se recorre en 45 minutos en el AVE, en nuestro tren de 1953 tardamos, casi tres horas, con al­gunas paradas inexplicadas en medio del campo, y con estaciones de nombres tan sonoros como La Carlota («se fundó por Olavide para colonizar en Sierra Morena»), la de las Écija («la de las siete torres y el balcón del c..., por aquello de «¡C… qué balcón»), Carmona con su inmenso castillo... y al final, la llegada de Sevilla. Donde nos instalamos en una pensión en el barrio de Santa Cruz. Allí, no obstante ser casi invierno, vimos bastantes casas del barrio con las ventanas repletas de geranios florecidos.

 

En Sevilla tuvimos de contacto a Genaro Illescas, también compañero de la Facultad de Derecho, quien nos acompañó en las típicas visitas a la catedral. En la que me llevé la sorpresa de ver cómo a la torre de la Giralda se sube por una rampa hasta arriba del todo; dicen que para permitir a las mayores dignidades hacerlo a caballo.

 

Los Alcázares Reales me parecieron la plenitud del arte mudéjar, con sus grandes jardines dominados por una gran pileta rectangular, sur­cada por patos y cisnes, y rodeada de arcos renacentistas, donde Ge­naro nos informó de que los reyes cristianos pasaban el invierno en Burgos y el verano en Sevilla, cuando cualquiera habría pensado que lo lógico habría sido lo contrario. Pero es que los palacios hispalenses estaban muy bien preparados para el verano, con fuentes, estanques, y jardines, todo muy placentero, en una cultura del agua de los andalusí...

 

— La Andalucía recién conquistada, la Novísima Castilla, nombre que ahora nadie recuerda, causó el mayor entusiasmo a los cristianos: debió parecerles un paraíso, una impresión premonitoria de lo que dos siglos y medio después tuvieron a los navegantes y conquista­dores españoles en el Nuevo Mundo...

 

Nuestra estancia hispalense tuvo su aspecto más estructural en una visita al puerto, que vimos un tanto desangelado, con barcos más pe­queños de lo que imaginábamos, explicándonos al respecto el amigo Genaro las dificultades de navegación por el Guadalquivir por su insu­ficiente drenaje.

 

Allí contemplamos la desestiba de un barco de carga general, y tuvimos ocasión de hablar con los estibadores, que se expresaban en una jerga casi ininteligible por el acento y también por las palabras y los giros que empleaban.

 

Lo cual me recordó el slang de la película On the water front, que transcurre en el puerto de Nueva York; protagonizada por Marlon Brando como figura estelar; y que yo vi en el Cine Boy de Madrid -donde echaban filmes para los yanquis de la base de Torrejón. Y allí mismo, en el descanso de la sesión continua, me encontré con un amigo norteamericano, de nombre Earl, a quien todos llamamos El Duque (precisamente por la traducción de su nombre de familia). Le comenté que no entendía casi nada, y él me dijo con una sonrisa:

 

— No te preocupes, Ramón, a mí me está pasando casi lo mismo. Es la jerga de los muelles de Manhattan... —como también había una jerga en el único puerto del Guadalquivir.

 

La visita a Sevilla transcurrió con la sensación de una ciudad extraor­dinariamente hermosa, con parques como el de María Luisa, la formi­dable Avenida de la Palmera con los grandes edificios a sus dos lados, la Plaza de España diseñada por Aníbal González, el arquitecto de na­cionalismo español de la Exposición Iberoamericana de 1928.  De la época del dictador Miguel Primo de Rivera, una muestra que dejó cosas en verdad interesantes, incluyendo el Hotel Alfonso XIII.

 

Después de Sevilla, Pedro Ramón Moliner y este memorialista, nueva­mente tomamos el tren, con destino Cádiz, atravesando el aire limpio y transparente de las Marismas, y sintiendo la proximidad del mar y las salinas. En el recorrido, pueblos de resonancias históricas, como Cabezas de San Juan:

 

— Aquí es donde el General Riego se levantó contra Fernando VII para restablecer la Constitución de 1812 -le dije muy serio a Pedro, que asintió sesudamente, dando muestras de que ya estaba al co­rriente.

 

Y lo estaban también en nuestro mismo compartimento, pues un señor de abundante bigote y de apariencia muy conservadora se vio grata­mente sorprendido de nuestra conversación:

 

— Muy bien, jóvenes, se ve que están ustedes muy versados. Y de aquella sublevación de Rafael Riego vino la definitiva pérdida de la América española, porque los ejércitos que iban destinados a Ve­nezuela a guerrear contra Bolívar y sus generales, se dedicaron a otros menesteres...

 

El General Riego, que restableció, en 1920, la Constitución de 1812.

 

En la conversación terció un cura con sotana -entonces la llevaban todos, con sus treinta y tres botones de los años de Cristo—, quien también echó su cuarto a espadas, en una dirección que nadie se es­peraba.

 

— Bien, bien, pero que muy bien por esas evocaciones históricas... Afortunadamente la Inquisición desapareció en 1834 después de morir Fernando VII, y bien enterrada está, aunque después y ahora mismo hayamos tenido y sigamos teniendo muchas vigilancias ex­cesivas.

 

En esas estábamos cuando el tren paró en Jerez de la Frontera, donde el señor del bigote, que también iba a Cádiz, nos recomendó:

 

— Bajen, bajen, ustedes, porque aquí tenemos parada de por lo me­nos diez minutos, ya saben, para hacer la aguada y las revisiones de siempre de la Renfe... Podrán admirar la hermosa estación que construyó Don Aníbal González, el gran arquitecto...

 

Jerez de la frontera: la Bodega de Gonzalez Byass, construida por el francés Eiffel.

 

Descendimos y en efecto nos extasiamos en la contemplación de los muros de apoyo de ladrillo rojo y rosado, con las grandes cubiertas abovedadas de hierro y cristal. Construido, todo, con el estilo típico, de Don Aníbal: «un neomudéjar nacionalista», como luego aprendí de mi amigo arquitecto Javier Olaciregui. E incluso salimos de la estación para admirar la hermosa fachada exterior.

 

 

Seguiremos la próxima semana, el viernes 5 de septiembre, ya de cara a otoño. Suponiendo que la mayoría de los lectores de Tribuna, estarán ya retornando a sus lugares de trabajo o de estudio. Y si se han perdido alguna de las etapas de este viaje, pueden recuperarlas en su ordenador. Como también pueden conectar con el autor a través del correo electrónico [email protected]

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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