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El viaje de estructura económica (II)

Bodega de Valdepeñas, década de 1950; con grandes tinas de barro cocido.

 

 

 

 

Esto de la pandemia, se parece mucho a la marabunta, aquella plaga que no se paraba ante nada, y que progresaba con una afluencia creciente de componentes. Al parecer, es una cuestión semántica (Fernando Simón, dixit), pues los epidemiólogos no se ponen de acuerdo sobre si estamos ante una segunda oleada (que es lo que piensa la mayoría), o si esto es un alargamiento de la primera movida del virus. Que se combatió, fundamentalmente, con un confinamiento al que nadie quiere volver.

 

En cualquier caso, volvemos al tema que iniciamos, para los lectores de Tribuna, lo que llamamos el Viaje de Estructura Económica. Por la España del Sur, en 1953, a sólo 14 años de la terminación de la Guerra Civil, y efectivamente, en muchos lugares vimos todavía escenarios propios de aquella contienda fratricida, sin reconstruir.

 

Después de haber descrito nuestra parada en Puertollano, para ver el gran complejo industrial del INI, entramos en la segunda etapa, por entero de temas vitivinícolas.

 

VINOS… LOS DE VALDEPEÑAS

 

Serían las 7.30 a.m., como ahora se dice, todavía en plena obscuridad, cuando volvimos a la estación ferroviaria de Puertollano, para por un trayecto de vía estrecha viajar desde la ciudad minera en que habíamos estado todo el día anterior, a Valdepeñas. Un tramo de algo más de 80 kilómetros, en el que demoramos casi tres horas:

 

  • La máquina es muy antigua, y sobre todo, la vía está en malas condiciones por falta de renovación… Forzosamente, la marcha tiene que ser lenta para no descarrilar –nos informó el revisor—. La verdad es que este ferrocarril lo levantarán más pronto que tarde, pues con un coche de línea bastaría… hay muy poco tráfico…

 

 

El tren discurría por un paisaje de una belleza más bien pobre, reverdecido por un otoño bastante húmedo. Vimos, sobre todo, olivares en la primera parte del recorrido, más bien de serranía; y luego, ya en zona de  vega aparecieron los viñedos, anunciando la llegada a la capital vitivinícola de La Mancha…, aunque Valdepeñas tiene consejo regulador de su propia denominación de origen.

 

En el andén de la estación  de Valdepeñas, nos esperaba un amigo con quien yo había convenido el encuentro: Manuel Pedrero, de la Facultad de Derecho, y que había previsto una serie de visitas a bodegas, donde nos recibieron con grandes atenciones a los economistas de Madrid. Un enólogo nos explicó el iter productivo, desde la llegada de la uva a la salida del mosto, para su posterior crianza. En un ambiente de dificultades, como siempre por la dichosa autarquía, pero con un cierto optimismo de cara al futuro, Pedrero nos informó y comentó:

 

  • Ahora vamos teniendo un panorama mejor con la creación de bodegas cooperativas, de modo que volveremos a fertilizar el  viñedo, después de mucho tiempo sin hacerlo… No había de nada, ni nitrógeno, ni potasa, ni fosfatos, ni tractores, ni gasóleo…

 

Visitamos otras dos bodegas, y no hará falta decir que tras ese recorrido estábamos un tanto animados, por la ingesta espirituosa. Por lo cual, resolvimos irnos a comer algo al casino, donde nuestro amigo Manuel nos presentó a una serie de colegas, que enterados de nuestro interés histórico, nos contaron toda clase de episodios; con grandes detalles sobre lo que fue el 18 de julio de 1936 en la zona: grandes convulsiones y paseos al paredón del cementerio, de los terratenientes que no consiguieron escapar. Y a la terminación de la guerra, a la inversa: eliminación física, sin ninguna clase de juicio, de los cabecillas sindicalistas que no habían podido tomar las de Villadiego; o mejor, las de Valencia y Alicante, para embarcarse en el primer buque inglés en que pudieran.

 

  • Sí, sí, aquí, después del uno de abril del 39 se fusiló mucho. La inmensa mayoría ácratas, porque esta zona de La Mancha estaba llena de partidarios CNT-FAI…

 

Allí anduvieron contándonos penalidades pasadas, hasta que hubimos de levantar la sesión. Y en el coche del padre de Pedrero fuimos a la estación, a eso de las dos de la mañana, a fin de tomar el tren descendente hacia Córdoba.

 

El atestado vagón de tercera a que subimos, nos ofreció todo el muestrario propio de un pintor costumbrista: madres dando el pecho a sus rorros, campesinos con sus hatillos yendo a las fábricas de azúcar o a las destilerías de alcohol, viajantes del comercio, guardias civiles con sus tricornios encharolados, soldados rasos de permiso en ida (alegres) o de vuelta (menos animosos); con el típico inspector de policía de gabardina abrillantada por el uso, pidiendo, como siempre, la documentación; acompañando sus pesquisas con preguntas sobre dónde se iba y para qué.

 

Y así pasamos, con algún duermevela que otro, las siguientes cuatro horas para un recorrido de unos 200 kilómetros. Por parajes manchegos que nos sonaban, pero que no habíamos visto nunca hasta entonces: Santa Cruz de Mudela («por aquí viene mucho el Caudillo a cazar la perdíz de pata roja»), Almuradiel, Despeñaperros, La Carolina («esta fue una de esas colonias de Sierra Morena que fundó Olavide durante el reino de Carlos III), Bailén (comentarios sobre la batalla en que el General Castaños derrotó por primera vez a la Grande Armée de Napoleón, 1808), Andújar («mucho aceite»), El Carpio («fincas del Duque de Alba»); y finalmente, Córdoba, ya plenamente amanecidos. Allí nos esperaba, en la estación, otro amigo mío, Carlos Infante Rüch; a quien yo conocía desde un par de años antes, de algunas aventuras conjuntas en Londres, recuerden Vds. Persona inquieta por encontrar el sentido de la vida (el suyo propio), lo cual le llevó seguramente a iniciar Ciencias Económicas, carrera que abandonaría para finalmente hacerse médico, siguiendo la tradición familiar.

 

CÓRDOBA LA LLANA

 

En la cordobesa residencia de los Infante Rüch, tuvimos muy animada conversación con el pater familias, la señora de la casa y los dos hijos. El Sr. Infante era médico, homeópata, algo que el mismo nos explicó:

 

  • Han de tenerse en cuenta los equilibrios del cuerpo humano, practicando la medicina sin otros fármacos que los de la flora natural, en contra de los largos y complejos procesos de medicación química.

 

Y todo eso, el Dr. Infante lo hablaba con entusiasmo, viviendo en evidente felicidad con su esposa, una señora de muy buena presencia, noruega de nacimiento; se habían conocido cuando la Sra. Rüch, muy jovencita, llegó a España para estudiar nuestro idioma.

 

El matrimonio estaba en buena armonía con sus dos hijos, Carlos a quien ya me he referido, y Ernesto, entonces de unos 12 o 13 años, que con el tiempo se haría médico, como su hermano, pero con mucha mayor fortuna y provecho. Se especializó en neurología y acabó instalándose en Houston, Texas, donde actualmente practica su profesión con gran éxito, situado en el cuarto lugar del ranking mundial de neurólogos. Con él me veo  con una cierta frecuencia, casi todos los años, cuando viene a España por Navidad o durante el verano, y siempre aparece para disfrutar de la vida, y sin perder para nada su acento cordobés de excelente dicción.

 

Juntos con Carlos y Ernesto, visitamos los monumentos de Córdoba, incluyendo la mezquita con su catedral dentro, y recuerdo muy bien una conversación en la que Carlos nos dijo en tono casi profesoral:

 

  • Los que dicen que habría de devolverse la mezquita al culto musulmán exclusivamente, restaurando así una pretendida legitimidad histórica, no tienen ni la más ligera idea…

 

  • ¿Y eso? – preguntó Pedro Moliner, mi compañero de viaje, tan circunspecto como siempre.

 

  • Muy sencillo –contestó Infante—. Aparte de que la mezquita está edificada sobre una antigua basílica cristiana de la época visigótica, lo cierto es que si tras la conquista no se hubiera instalado la catedral en su interior, no habrían quedado ni las piedras del patio... Es lo que sucedió con el gran palacio califal de Medina Azahara, convertida en cantera de la que se llevaron prácticamente todo: columnas con extraordinarios capiteles, piedra de sillería, fuentes… y no arramplaron con el aire porque no pudieron…. Todos esos materiales están ahora en los palacios y en las mejores casas de la ciudad de Córdoba. Así que ¡bendita iglesia cristiana recuperada, que nos conservó la mezquita!

 

La Mezquita de Córdoba, con la Catedral dentro.

 

También disfrutamos del palacio de los Marqueses de Villena, en toda su hermosura de villa elegante del Renacimiento, con nada menos que siete patios: donde crecen árboles frutales, rosales, geranios y gran diversidad de plantas. Y en el palacio, participamos de las historias que Carlos Infante nos fue contando sobre Don Ángel de Saavedra, Duque de Rivas; autor de Don Álvaro o la fuerza del sino, que sirvió de base para una de las mejores obras de Giuseppe Verdi, La Forza del Destino.

 

Divagando por las calles, y entrando en algunos de los patios floridos, nos acercamos al Museo de Bellas Artes, con sus muchas obras de Julio Romero de Torres, «el pintor de la mujer morena». Y Carlos nos reveló que la principal de sus modelos aún vivía; y no era cordobesa, sino argentina… En todo eso pienso cuando, con cierta frecuencia voy al Casino de Madrid, en la calle de Alcalá, y en su salón real veo las pinturas del gran pintor cordobés. Y en el Museo de Bellas Artes de la propia Córdoba, vi por primera vez las obras del escultor Mateo Inurria, que me parecieron sencillamente espléndidas por su naturalidad.

 

Mujer morena de Julio Romero de Torres, el gran pintor cordobés.

 

Pero con todo, puedo decir que con lo mucho que vimos en Córdoba, lo que me fascinó por entero fue el barrio de la judería, donde entramos en algunas de sus tabernas, por entonces sin apenas presencia de turismo. Entre ellas, Casa Pepe, que todavía existe, aunque sea muy trasformada, y siempre concurrida por visitantes de Japón, China, EE.UU. e Iberoamérica. En 1952 allí estaba el mismísimo Pepe, más chulo que un ocho, hablando; con sus parroquianos, y sirviéndoles él mejor de sus amontillados.

 

Por lo demás, la judería me trajo a la memoria la novela de Pío Baroja La feria de los discretos, que tiene su acción en Córdoba, y donde uno de sus principales protagonistas, Quintín, vivió apasionadas aventuras participando en toda clase de conspiraciones políticas.

 

Como telón final de nuestra visita a Córdoba, estuvimos en el Círculo de la Amistad, con su bar alargado con pretensiones de club inglés. Adonde he vuelto en muchas ocasiones, para recrearme con su admirable teatro, de inspiración veneciana, con vistosas pinturas del zócalo al techo; y con un patio de naranjos al lado, donde uno puede comer al aire libre en los días de sol de diciembre.

 

Y precisamente allí, vi una lápida conmemorativa de la visita que en 1921 hizo a Córdoba Alfonso XIII, cuando se manifestó con dureza contra el régimen parlamentario de la Restauración. Que según él, no funcionaba ni podría funcionar nunca; llegando a preconizar, de hecho, una dictadura que se haría realidad dos años después, con Primo de Rivera.

 

Pasaje de la historia que luego recogí en mi libro, ya mentado antes, «Ni Mussolini ni Franco: la dictadura de Primo de Rivera y su tiempo».

 

Y nos despedimos ahora de los lectores de Tribuna, y que tengan la suerte de que les visite una buena tormenta de verano, sin granizo, para refrescar los rastrojos y oler a tierra húmeda. Seguiremos el próximo viernes 21, y hasta entonces pueden conectar con el autor a través del correo electrónico [email protected], con sus observaciones y comentarios.

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