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Salamanca

El ‘nuevo’ papel de Ciudadanos en Castilla y León

EDITORIAL

Publicado el 17.06.2019

Las nuevas corporaciones municipales arrancaron este sábado con los plenos de constitución que, en este caso, han cobrado un especial interés por todo el manejo que los partidos han hecho para convertir las alcaldías en auténticas monedas de cambio.

 

Es cierto que España se rige por mayorías parlamentarias que permiten sumar diferentes opciones, independientemente del orden que hayan marcado los resultados electorales. Por tanto, es legítimo que las fuerzas políticas escudriñen hasta el límite sus diferentes posibilidades de pactos, alianzas o estrategias para calibrar sus distintos espacios de gobierno. Sin embargo, este juego que algunos de sus protagonistas definen como el mejor momento para la política, ha vuelto a desnudar a los partidos y sus representantes hasta convertir estas fechas posteriores a las últimas elecciones en un auténtico zoco de compra, venta o trueque con una insultante inclinación a poner en valor personas y cargos por encima del verdadero interés colectivo, maniatando el esencial mensaje de la democracia.

 

En todo este proceso se han sucedido las decepciones. Independientemente de quien gobierne, por supuesto, amparado en la legítima suma de mayorías, hay políticos que han vestido en la campaña electoral una cara muy diferente a la que muestran ahora, cuando el proceso de reparto está muy avanzado.

 

El candidato de Ciudadanos a la presidencia de la Junta de Castilla y León, Francisco Igea, dio un paso adelante para lo que él mismo definió como “regeneración democrática”. Se enfrentó al aparato de su partido para desactivar la apuesta oficial por Silvia Clemente y su repetida expresión fue que había venido para cambiar las cosas recordando aquello de los 32 años del PP al frente del gobierno de la Comunidad. La realidad es que Igea ha sucumbido a los encantos del poder, amansado hasta reducir sus ambiciones a un puñado de condiciones perfectamente asumibles para quien conseguir la presidencia de la Junta era su objetivo político ineludible.

 

Fernández Mañueco perdió claramente las elecciones autonómicas con el PP por primera vez en la historia de esta Comunidad, pero dio el primer paso para abanderar la suma con Ciudadanos que le permitiera liderar el Gobierno de unos perdedores totalmente legitimados para abanderar estos nuevos tiempos. Ya lo avanzó la misma noche del 26M, cuando el PSOE sonreía por una victoria insuficiente y se agarraba a las iniciales intenciones de Igea, muy proclive al cambio absoluto.

 

El Partido Popular ha jugado sus bazas y ha sabido mezclar en la negociación aquellos aspectos que no le importaba sacrificar, como determinados ayuntamientos, diputaciones provinciales o futuras consejerías; la premisa era mantener la presidencia de la Junta.

 

El problema está en Ciudadanos y el papel que ha elegido desempeñar en Castilla y León, donde tenía una oportunidad única. Sumirse en una dinámica de pactos conjuntos solo ha servido para que Albert Rivera haga presidente a Fernández Mañueco. A partir de aquí, Francisco Igea tiene un importante trabajo por delante para demostrar que no es una marioneta de nadie, que no ha sido desactivado desde Madrid y que su apuesta sigue firme. Tiene que convencer con argumentos sólidos, con gestión, con marcaje a su aliado. Todo lo contrario será un fiasco, unas alforjas llenas de desilusión para un viaje sin retorno.

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