El Juli y Talavante sí responden, pero Las Ventas no corresponde

Palco. El presidente niega una oreja al madrileño, que se impone al primero gracias a su capacidad. Vuelta al ruedo. Alejandro Talavante pierde un trofeo del tercero de El Ventorrillo con el descabello
MARIO JUÁREZ
ENVIADO ESPECIAL

Al final, el toreo, incluso en Madrid, acaba imponiéndose. Lo hizo con una importante faena de El Juli ninguneada injustamente por el palco. También con Talavante, que cuajó series cumbres de toreo al natural pero dejó escapar el triunfo con el descabello. Pero ambos estuvieron muy por encima de una corrida seria, honda y cuajada de El Ventorrillo que tuvo el premio en el cuarto toro, que Manolo Sánchez se encargó de dejar pasar de largo.

No es de extrañar que las figuras no quieran venir a Madrid más que lo justo. Total, para venir bajo sospecha de algunos –incluso con un corridón de impecable lámina– y que te mienten a la madre, al padre y a toda la familia a las primeras de cambio… Madrid hay días que se convierte en plaza antitaurina, y cuesta un mundo que rompa y valoren cosas según con quién. Eso sí, los pingüis y los detallitos de algunos los valoran como nadie.

A la corrida de El Ventorrillo le faltó final. Otra tarde, sin un ruedo tan embarrado y en tan mal estado que obligaba a los toros a frenarse y encogerse, quizá fuese otra historia. Pero la historia fue que algunos toros buenos, como segundo y tercero, llegaron a la muleta tomándola con buen tranco pero terminando sin el paso final y saliendo con la cara un poco alta. A frenazos.

Uno de ésos fue el de El Juli. El segundo empujó muchísimo en la segunda vara y Julián ordenó cuidarlo una barbaridad. El torero apostó por el animal, le dio sitio de principio y puso las cartas boca arriba en un inicio con varias trincheras y remates preciosos. Quiso El Juli, que le dio sitio, lo dejó venirse de largo y trató de llevarlo más largo todavía, aunque el toro no siempre se fue. Julián se puso en el sitio, lo enganchó adelante y más de una vez remató los muletazos en la cadera.

El toro a veces se quedaba un poco debajo, pero Julián tiró de mando y gobierno para reventarlo en un par de series al natural, buenas de verdad, y en otra con la mano diestra mejor todavía, en la que hubo licencias para cambios de mano y remates de buen corte. El remate final llegó con un espadazo en la yema que tiró al toro sin puntilla. Ejemplo de volapié a la perfección. Era de oreja sí o sí. Había petición sí o sí. Y César Gómez la denegó por el artículo 33. El que se toman los presidentes para saltarse el reglamento a la torera. De vergüenza.

La otra oreja la pudo pasear Talavante en el tercero, un torazo que también tomó los engaños aunque exigió más llevarlo a su altura. Cuando le obligaba mucho por abajo el toro no terminaba de pasar. Y Alejandro lo entendió perfecto al natural. Dándole sitio, enfrontilado y dándole el pecho, Talavante cuajó una serie de las que arrancan olés de verdad en Madrid. Llevándolo muy largo, cosido a la tela hasta el final, rompiendo la cintura y sin un tirón. Del mejor Talavante. Hubo después otra más, en la que al de El Ventorrillo le costó un poquito más, e incluso tiempo para rematar con manoletinas. El prólogo de la faena había sido un inicio explosivo por estatuarios ligados con cambiados y trincheras. El colofón fue una estocada arriba, pero Talavante quiso amarrar la oreja y terminó tirándola por la borda con el descabello. La vuelta al ruedo tuvo importancia. Y el toreo al natural, mucho peso.

No hubo más en la corrida, que se fue agriando, como la tarde. Embistió el cuarto, un señor toro por hechuras y muy bravo en el caballo, donde lo molieron pero bien. Aun así el toro la quiso tomar siempre, pero Manolo Sánchez no anda para estas guerras. Venía de telonero y de telonero anduvo. Dos trincherazos de inicio, un par de muletazos al hilo, después tirones y se fue la oportunidad. Como hace años con la corrida de Peñajara…
El primero fue un toro mirón y sin emplearse y menos se empleó Manolo Sánchez, que anduvo medroso con la capa, la muleta y la espada. Tampoco fue fácil el quinto de El Juli, un toro que embistió pegando arreones, sin definirse nunca y sin raza tampoco. Una prenda, con mucha guasa. Julián se puso por ambas manos pero nadie le hizo caso. Y fue por la espada. El sexto, muy grande y serio, tampoco embistió. Dejó estar, pero más de una vez pegó arreones a destiempo. Llovía en Madrid y la gente quería irse. Y Talavante dejó otra estocada.