El carnaval de nunca acabar

DIEGO JALÓN

Lo explica muy bien Antonio Muñoz Molina en su ensayo político de 2013 “Todo lo que era sólido”. Cuanto más va pasando el tiempo y las cosas políticas en España, mejor reflejan sus páginas a los españoles: “Lo que en otro tiempo duraba cinco días empezó a durar una semana y media. La fiesta modesta de una sola tarde se expandió a una semana entera, convertida en una mezcla de juerga sin pausa y acontecimiento oficial. El carnaval que se había extinguido por aburrimiento o decadencia hacía un siglo se decidía que en realidad había sido proscrito por el franquismo, y que por lo tanto era obligatorio recuperarlo".

 

Y aquí estamos otra vez, terminando febrero y enterrando ese carnaval obligatorio y oficial que antecede a una cuaresma abolida y casi clandestina. Como dice Muñoz Molina, el carnaval, en estos tiempos en los que todo se va haciendo líquido, se alarga. Un día se vuelve semana y la semana quincena. E incluso a algunos políticos les ocurre como a Juan Ramón Jiménez, “cada día, cada hora, toda una vida”. Y su vida entera se ha convertido en un carnaval, que transcurre en un perpetuo cambio de disfraz en el que interpretan entre mentiras e imposturas a personajes que no son, perdida para siempre cualquier conexión con la realidad.

 

Curiosamente, los más adictos a este carnaval sin fin son los políticos que se proclaman progresistas, seguramente porque creen que lo prohibió Franco. Caracterizados de robinhoodes que han venido a darles a los pobres lo que los ricos les roban, embozados de defensores de débiles e indefensos, guardianes del pueblo socapados, viven de un engaño con el que nos quieren hacer comulgar, al son de las comparsas, en una confusión de guirnaldas y confetis.

 

En Barcelona, por ejemplo, tenemos a una maestra del disfraz, Ada Colau, que vino a dar pisos a los desfavorecidos y como no ha construido ni uno les invita a okuparlos. O que confunde a los dueños de bares y cafeterías con el malvado Juan Sin Tierra y les multiplica por diez las tasas para poder instalar una terraza en las vías públicas, que ha entregado a vendedores de drogas y maleantes, y en las que sí permite a los manteros vender productos falsificados frente a las tiendas de las marcas a las que expropian sus diseños.

 

Una alcaldesa que asiste atónita a la cancelación del mayor evento mundial de tecnología mobile mientras paraliza, con sus compadres del PSC, inversiones milmillonarias en el distrito tecnológico [email protected] de Poblenou, el mayor desarrollo de la ciudad desde los Juegos Olímpicos, no vaya a ser que algún necesitado encuentre algún día un trabajo en la construcción o en alguna empresa de nueva creación y se pase a las filas del Sheriff de Nottingham.

 

Una abanderada de la justicia y el bienestar social, disfrazada de Marianne en la pintura de Delacroix, que en vez de conducir al pueblo a la libertad impide al pueblo conducir por Barcelona mientras los jóvenes ponen en marcha la campaña “Ens Movem” para denunciar que les ha multiplicado por dos el precio de los abonos de transporte público, que han pasado de 183 euros la antigua T-70/30 a 335 la nueva T-grup de las seis zonas.

 

En un disfraz parecido se ha embozado el alcalde de Valladolid, que reclama por Twitter a la Junta de Castilla y León más inversiones para servicios sociales, alegando la situación “de algunos barrios de nuestra ciudad en los que se han venido acumulando a lo largo de los años bolsas de pobreza y exclusión social”. Unos barrios a los que prometió el soterramiento de unas vías de tren que los mantienen marginados y a los que solo ofrece subterráneos, pasarelas y las falsas promesas de un Puente que engaña incluso a los notarios. Un alcalde que se indigna cuando un informe sobre las cuentas de su Ayuntamiento señala que es el que menos gasta en bienestar comunitario, medio ambiente y transporte público de las 20 mayores ciudades de España.

 

Pero solo son pequeños ejemplos. El carnaval permanente es general, y en él danzan también la feminista disfrazada de ministra de Igualdad que, a falta de chalet, celebra el cumple de su hija en el Ministerio y en las redes sociales, mientras su partido bloquea una comisión para investigar las violaciones de menores en Mallorca al grito de “¡fascistas!”. O el chulapo ataviado de ministro de Transporte que sale de casa a medianoche a saludar a una sátrapa venezolana y a pasear con ella por el aeropuerto. O el profesor de Berkeley y el astronauta, que comparten disfraz y una cartera dividida en dos y multiplicada por cero, cuando deberían gestionar algo tan fundamental como la ciencia y las universidades. 

 

O el agitador disfrazado de vicepresidente, más preocupado de quedarse sin silla que de la música que le toca bailar, mientras rugen los motores de los tractores a los que pide que sigan apretando, en un giro esquizofrénico de los acontecimientos que demuestra que ni él mismo sabe ya de qué va disfrazado. Y el mismo presidente, el doctor enmascarado, que dirige el baile desde el nuevo colchón de su palacio, mientras contempla a vista de Falcon este carnaval del despropósito y el embuste, este cuento de nunca acabar en el que unos se embriagan de poder y prebendas y otros, los de siempre, se limitan a pagar la cuenta.   

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