El camarote de los hermanos Marx

Cuando uno se pone a invitar a gente, a veces se viene arriba y no se da cuenta de las limitaciones espaciales del local. Sánchez, para formar Gobierno, se lanzó a ese pacto que días antes según él mismo reconocía no le iba a dejar dormir, pese a tener un colchón recién estrenado en Palacio. Para no hacer el feo a nadie y que todos en la fiesta estuviesen a gusto, decidió que manga ancha y que viniesen todos, cuantos más mejor. Y así acabó la cosa, con un Gobierno de 23 ministerios, que obligaba a añadir sillas y poner mesas supletorias en el salón donde se celebra el Consejo.

 

Quizá por eso decidió pasarlo a los martes, no fuese a ser que al hacerlo un viernes la cosa se alargase y acabase en fiesta todo el fin de semana, que La Moncloa con su Bodeguita se presta a esos saraos. El problema es que, con tantos invitados, se han colado muchos marxistas. Y como explicó el jueves Felipe González, el creador de la Bodeguita, este Gobierno se ha terminado convirtiendo en el camarote de los hermanos Marx.

 

Así que Sánchez anda perdido en un fiestón de marxistas en un camarote cada vez más pequeño. Con Pablo Iglesias presumiendo de que es él quien paga todas las copas, las de los ERTEs, las del ingreso mínimo vital, las de la nueva Ley del Menor… Con su compinche Garzón denostando el turismo, con Yolanda, ay qué risa, explicando que la esclavitud sigue galopando por los campos de España, con Irene, la ministra consorte de Igualdad, contando a micrófono cerrado que “fue el coronavirus, tía, pero yo no lo voy a decir” y con un ministro de Universidades desaparecido en combate desde su nombramiento, como si en la Universidad española todo fuese sobre ruedas.

 

En medio de ese follón, en el que todos andan a lo suyo, tratando de quitarse el sitio unos a otros, Felipe González nos explica que sufre “en esa dinámica en la que uno propone algo, y el otro contesta: y yo dos huevos duros”. Está claro, no hay sitio para tanto marxista en ese camarote. Y si encima le añadimos las explicaciones surrealistas de la portavoz y ministra de Hacienda, los arrebatos del ministro del Interior, los debates constituyentes del ministro de Justicia, las bufonadas de la ministra de Exteriores, que quiere hablar gallego y le sale portugués, o las explicaciones del astronauta que no sabe ponerse una mascarilla, esto no da más de sí. Hay que hacer sitio, que corra el aire para disipar el virus y ponerse a trabajar, que vienen curvas.

 

Sabe bien Felipe González de lo que habla. Él supo renunciar al marxismo y defender el desarrollo empresarial y la creación de empleo en España. En una reciente entrevista en La Vanguardia, explicaba el ex presidente de Nissan en España, Juan Echevarría, cómo Felipe González le ayudó a conseguir, cuando todavía no era presidente del Gobierno, que Nissan, que ahora se va, viniese entonces a España. Estaban los japoneses preocupados porque los socialistas iban a llegar al Gobierno. “Así que le pedí (A Felipe González) que ayudara a convencerlos y así lo hizo. Organizamos un almuerzo en el antiguo restaurante Escuadrón, de Madrid, y González estuvo brillante, con un discurso más liberal incluso del que yo habría hecho”. Y añade Echevarría que ahora “ha faltado relación con Japón”.

 

No podemos seguir así. Sánchez sabe muy bien que para salir de esta hay que recurrir a Europa. Y seguro que sabe también que para que Europa afloje el pastón que nos va a hacer falta de aquí a enero hay que llevarles los deberes hechos. Presupuestos, reformas de pensiones, reducción de gastos superfluos, reforma del sistema educativo para dejar de formar parados y empezar a formar a gente empleable, reforma laboral, recortes de salarios de funcionarios…

 

Y todo esto no se puede hacer en el camarote de los hermanos Marx. Para un rato, igual puede tener su gracia. Pero ya no da más de sí. Se nos viene encima un ajuste a la portuguesa que nos va a imponer Europa y, desde luego, los ministros de Podemos no van a estar por la labor. Para ellos, está claro, mejor que nos vayamos todos a la mierda, perdón al paraíso de la utopía marxista, que plegarse a las exigencias europeas.

 

Sánchez tendrá que decidir si quiere dejar trabajar a Nadia Calviño, a Reyes Maroto, a Teresa Ribera, a Luis Planas, a Escrivá, a Margarita Robles… o si prefiere seguir de risas con los hermanos Marx. Si pone a trabajar ese talento y se deja de charadas, seguro que encuentra aliados políticos que le ayuden a solucionar los problemas de España y a sacarnos de la crisis. No lo va a conseguir con los apoyos actuales. A nadie sensato se le puede ocurrir planear la recuperación o la reconstrucción de España con Bildu y ERC. El tiempo vuela y no es precisamente lo que nos sobra.

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