El aguafiestas
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El aguafiestas

El vicepresidente segundo del Gobierno, Pablo Iglesias.

El miércoles todo estaba listo. Incluso puede que Pedro Sánchez se levantase de su colchón y celebrase la salida del sol desde el palaciego ventanal de su estancia monclovita canturreando ese estribillo de Serrat “hoy puede ser un gran día, duro con él”. Un gran día en efecto, todo tenía que salir redondo, una jornada cumbre en ese relato que lleva tejiendo casi tanto tiempo como la esposa de Ulises.

 

El día señalado para el gran evento de este año aciago estaban convocados en Moncloa todos los miembros del Gobierno, patronal, sindicatos, los embajadores de los 27 países de la Unión Europea, “numerosos miembros de la sociedad civil” y los medios de comunicación, siempre sorprendentemente dispuestos a cubrir estos sermones presidenciales en los que no se les permite preguntar.

 

La idea por supuesto era que los telediarios, las radios y los periódicos le dedicasen sus espacios preferentes y que el miércoles en España no se hablase de otra cosa. Sánchez anunciaba su plan para repartir el dinero europeo, como Catón el joven y Pompeyo el Grande repartían las provincias romanas entre sus aliados y amigos antes de la batalla de Farsalia. Dice la Historia que al final se las quedó todas César. Catón se suicidó y Pompeyo murió asesinado en Egipto. Pero a Sánchez no parecen influirle las lecciones del pasado y él sigue cocinando conejos que todavía no ha cazado.

 

Así que allí se plantó el presidente para explicarnos cómo, gracias a los dineros de Europa, nuestro nuevo Cerro Rico de Potosí, su persona va a crear 800.000 empleos y hacer crecer nuestro PIB un 2,5% anual durante tres años. Quizá si la prensa no hubiese acudido previo voto de silencio, alguien podría haberle señalado al presidente que sólo entre julio de 2019 y abril de 2020 se han destruido más de esos 800.000 empleos que él piensa crear. O que este año nuestro PIB va a caer más de un 11%, un desplome que esos 2,5% anuales no van a compensar ni de lejos. Pero entre los acordes del Himno a la Alegría y los aplausos de sus dóciles ministros, nada podría aguar el gran hito del relato en esa nueva fecha histórica del 6 de octubre, que viene a ser la mitad exacta del 12, otrora la gran fiesta nacional.

 

¿Cómo iba a pensar Sánchez que el aguafiestas estaba precisamente en el plasma en el que a su espalda los ministros componían el mosaico de los aduladores? Allí estaba, hasta el moño, el vicepresidente segundo picaflor al que la Audiencia Nacional solicitaba al Supremo que investigue por delitos de daños informáticos, descubrimiento y revelación de secretos, con la agravante de haberse cometido por razones de género, y denuncia falsa.

 

Y allí se fastidió todo el invento. Todo ese humo con el que el presidente trataba de vendernos optimismo económico, a cuenta de un dinero que todavía no tiene, mientras la economía española de desmorona, se disipó de golpe con la irrupción en el gran evento propagandístico de las turbias cuitas del aguafiestas y su amiga la politóloga de Tánger.

 

En medio de los planes de recuperación, transformación y resiliencia de Sánchez, que por cierto no pronunció ni una sola vez la palabra reforma en todo su almibarado discurso, cayó la bomba de la exposición razonada del juez Manuel García Castellón, el mismo que ha imputado también a varios miembros del PP en el caso Kitchen para alborozo del aguafiestas. Ahora que le toca a él, esto no es una investigación judicial, es un golpe de estado de la derecha.

 

Dice el juez que el aguafiestas “fingió ante la opinión pública y ante su electorado” haber sido víctima de un hecho “que sabía inexistente, pocas semanas antes de unas elecciones generales”. Explica también con detalle cómo “se orquestó y desarrolló el ardid” de vincular el robo a una operación de la “policía patriótica” y de las “cloacas del Estado”. García Castellón asegura que el aguafiestas se guardó la tarjeta "sin decírselo a su propietaria aun cuando ambos eran personas cercanas", pese a comprobar que almacenaba "archivos personales y de carácter muy íntimo". ¿Qué pensará la ministra de Igualdad, esa que anima, con toda la razón, a denunciar a tu pareja si te controla el móvil?

 

Frente a todo esto, el adalid de la trasparencia en la política, ese que se llenaba la boca con la necesidad de ejemplaridad de los políticos y la obligación moral de dimitir si eran imputados, se limita a decir que no concibe ser imputado por el Supremo ni como mera hipótesis. ¿Se seguirá guareciendo el aguafiestas detrás de la Fiscalía o de su alambicada mayoría parlamentaria para evitar la investigación del Supremo? O, tan seguro de su inocencia, ¿querrá a toda costa comparecer ante el Alto Tribunal para que se oiga su voz, se esclarezcan los hechos y su buen nombre quede fuera de toda duda?

 

Es sin duda una pregunta retórica. Creo que todos sabemos la respuesta. Pero la pregunta importante es si Sánchez seguirá invitando al aguafiestas a sus saraos y dejando que estos lodos enfanguen su cuidado relato.

 

Mario Paoletti tituló “El aguafiestas” su biografía del poeta Mario Benedetti, el escritor y poeta uruguayo al que debemos estos versos: ”Cuando resido en este país que no sueña / Cuando vivo en esta ciudad sin lágrimas / pienso que al fin ha llegado el momento / de decir adiós a algunas presunciones / de alejarse tal vez y hablar otros idiomas / donde la indiferencia sea una palabra obscena“.

Comentarios

Verdad 09/10/2020 14:13 #1
Cierra la puerta y apaga al salir... Tic tic tic toc

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