... al hombre que valora a la mujer y espera al hijo que ‘no irá al colegio’
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... al hombre que valora a la mujer y espera al hijo que ‘no irá al colegio’

Miguel de Unamuno posa junto a su mujer, Concha

Frente al uso y costumbres de la época, el Unamuno epistolar no guarda ningún reparo en definirse, ya a sus 26 años, como un hombre a contracorriente. Desde su desdén a la banalización machista de la mujer que observa a su alrededor, a la conmovedora espera de un hijo propio al que le enseñará ‘todo’.

El Unamuno más desconocido sea seguramente el que se abre en canal en sus infinitas cartas a sus más cercanos corresponsales, como Pedro Múgica o Juan Arzadun, algunos de los cuales siendo para él referentes intelectuales o incluso colaboradores prosaicos de su incesante actividad académica y literaria, son también receptores de lo más profundo de su caudalosa capacidad para expresar emociones propias. Son innumerables las cartas de este tipo en las que el todavía joven Miguel se abre a sus más cercanos en la explicitación pública de su amor por Concha, su mujer, sus hijos (especialmente Raimundo, aquejado de hidrocefalia desde el nacimiento), y de sus sensibilidades hacia determinadas personas.

Quizá el ejemplo más gráfico contenido en este primer volumen de la obra Epistolario, de Ediciones Universidad de Salamanca, sea la carta número 48, escrita desde Bilbao en diciembre de 1990, un año antes de trasladarse a la capital charra para ocupar su puesto en la Cátedra de Griego, y apenas un mes antes de casarse. En ésta Unamuno se refleja a sí mismo como un defensor de la figura de la mujer al que abochorna el trato que recibe socialmente en los albores de la última década del XIX, explicando que “abunda esta casta de mamarrachos que llaman a la mujer ángel del hogar, iris de paz, célica ilusión; todo lo que puede ilustrar un prospecto de perfumería”. En esta carta, escrita a su amigo Juan Arzadun, militar y escritor vasco al que el propio Unamuno abrió las puertas a la publicación en gran parte de la prensa de la época, se condensan dos de las facetas de su personalidad poco resaltadas o explicitadas hasta ahora: su repulsa al machismo imperante y su preocupación por la educación de los niños en España. “Es tan detestable que da horror”, llega a decir.

Basten unos cuantos párrafos de esta carta nº48 para conocer ambas vertientes, que no dejan ninguna duda de su postura:

Sobre la mujer de la época

“He sondeado el sentimiento estético, el gusto literario y he visto con gozo cómo se gusta lo vivo, lo fresco, lo sanote, aunque sea rudo, inculto y tosco. Da asco oír de ciertos géneros decir que son para señoritas, considerando a una señorita como un monigote, compuesto de pastaflora, almíbar barato, pachulí y polvos de arroz, con lagrimitas a la luna, suspiros al alba y ternezas a cualquier cosilla. Las señoritas debían de protestar de que se crea por mucho que su ideal es el oficial de peluquero o el tenorino de ópera, con sus adorables brutalidades bien estudiadas”…

“Encontré en Madrid un salvaje de esos que juzgan a la mujer mueble de lujo”… “A aquel bruto le parecía lo más una sublime una fregona sentimental, que toma fósforos porque le deja un novio deshonrada”.

“Yo creo que de entre ellas deben sufrir muchas de que las tengan por tales monigotes. Un amigo mío se escandalizaba de los libros que daba a leer a Concha: y él a su mujer le dejaba leer el veneno de Escrich (autor de novelas sentimentaloides de la época), de María del Pilar Sinués (del mismo género), de todos esos escritores que hacen estragos”. “Otro me trató de yo no sé de qué porque llevé a unas muchachas a pasear por un monte ¡subiendo cuestas¡”.

 

Y sobre los niños y su anhelo de tener el propio

(el primero sería Fernando, que nacería el 3 de agosto de 1892)

 

“El día que yo tenga hijos, si los tengo algún día, no irán a colegios, yo les enseñaré todo lo que sé y hasta lo que no sé. Yo les haré dibujos, yo mismo escribiré lo que han de leer, cuentos, lecciones, explicaciones, todo”.

“Ahora creo que hacer un hombre es la obra de arte más delicada y gloriosa; porque no se trata de engendrarle y dejarle así, entregado en manos de maestros imbéciles y en un mundo que no conoce”.

“No sabes las ganas que tengo de coger a un niño por mi cuenta, desde que nace, sin que nadie pueda ponerme trabajas y hacerlo yo, enseñarle yo, a querer, a sentir, a pensar. Los padres que no hacen a sus hijos no tienen razón de quejarse de ellos por nada ni en ocasión alguna”.

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