Desde dentro: "Tomé la decisión de empezar a trabajar en la residencia porque me puse en el lugar del otro"

Montaña Mendoza con el material de protección

Dar lo mejor de nosotros mismos. Esta situación ha sacado el lado más humano de muchas personas y una de ellas es Montaña Mendoza. Trabajadora social que ante la demanda de ayuda en las residencias decidió empezar de cero y ponerse a trabajar.

Sin experiencia, pero por el contrario, muchas ganas de aprender para poder ayudar en todo lo posible, la mitad extremeña y mitad salamantina, Mon Mendoza comenzó a trabajar en una de las residencias de la ciudad charra ante la necesidad de ayuda en todas ellas, como consecuencia de las bajas por coronavirus.

 

"Estaba en casa y me sentía inútil viendo todo lo que estaba pasando, necesitaba ayudar y decidí echar el currículum tanto aquí como en Madrid. Además me habló mi hermana que estaba trabajando en una residencia en la que necesitaban ayuda, así que le dije que yo estaba dispuesta. Me llamaron y aunque no tuviera formación, me dijeron que si estaba dispuesta a aprender y les dije que sí", comienza la también aficionada al baloncesto.

 

¿Cómo fue el primer día? "Al ser nueva me pusieron con una de las más veteranas y me explicaron todo, no solo en cuanto a los protocolos, sino a lo que me podía encontrar. También me dieron todo el material de protección, guantes, dos tipos de mascarilla, EPIs y las pantallas para la cara. También es verdad que yo llegué cuando ya no hacía tanta falta personal, pero hablando con mis compañeras, las primeras dos semanas estaban sobrepasadas", cuenta.

 

 

¿Cómo es la organización? "Estamos divididos por zonas, por un lado aquellos que no tenían síntomas, otra zona con síntomas y yo por ejemplo estaba en la zona C en la que había personas más dependientes con algún síntoma leve, pero en principio negativo. Por ello, yo solo he trabajado en un pasillo y no podía salir de ahí, si lo hacía tenía que ir por fuera y no por dentro. Eso sí, a pesar de no poder estar en el resto de zonas, los jefes estaban todo el rato hablando con nosotras, ayudándonos y en mi caso particular preguntándome siempre, me he sentido muy arropada y sin tanta presión gracias a ellos", asegura.

 

¿Y en cuanto a protección? "La verdad es que teníamos muchísimo cuidado, como he dicho antes desde el primer día me dieron todo el material que necesitaba de protección. Además, yo llevaba unas zapatillas desde casa hasta la residencia y allí me ponía otras, que usaba solo allí. El pelo siempre recogido, tanto en casa como en la residencia y después nos poníamos todo el uniforme. Permanentemente estábamos lavando todo en lejía, íbamos tirando guantes...", explica.

 

Personalmente, ¿te ha ayudado esta experiencia? "Me ha cambiado. Al principio tenía miedo, creo que es algo normal, no tenía experiencia y no sabía si iba a estar preparada. Ahora sé que he aprendido a superar un trabajo con muchísima presión, mucha gente no ha podido soportarlo, pero yo en ningún momento pensé en dejarlo. La verdad es que es duro, los ves en las habitaciones, no pueden salir y muchas veces no saben el por qué. Además, no nos reconocen con todos los trajes, por lo que se hace difícil para ellos, siendo su único contacto", continúa.

 

"Una de los momentos que más me ha llegado ha sido hablar por videollamada con las familias de los residentes. Hijos, nietos...muchos de ellos de mi edad, la verdad es que un momento muy emotivo, sobre todo por la sonrisa que ves en ellos y lo que te cuentan. Menos mal que no me veían, porque se me salían las lágrimas...", reconoce.

 

Y finaliza. "Yo quise hacerlo porque me puse en su lugar, si fuera mi familia la que estuviera en esa residencia, querría que estuvieran cuidados lo mejor posible. Al final, solo te tienes que poner en el lugar del otro".

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