De otra investidura fallida al error continuo de nuestros políticos

El fallido intento de investidura al que hemos asistido la semana pasada podría ser un episodio normal de una democracia asentada en la que pueden caber diferentes opciones de planteamientos, pactos y negociaciones. No está demás un poco de cultura democrática e incluso mirar en nuestro entorno, con países que han abrazado grandes alianzas entre fuerzas políticas con marcadas diferencias ideológicas.

 

Pedro Sánchez ya está en la historia de los candidatos a la presidencia del Gobierno que acumulan más derrotas en sus investiduras. El registro puede resultar hasta anecdótico si tenemos en cuenta la complejidad de todas las situaciones que ha tenido que afrontar el presidente en funciones; incluso en tiempos no muy lejanos con su propio partido en contra.

 

El PSOE ha querido exprimir el acuerdo con Unidas Podemos y llevarlo a un límite inaceptable para sus teóricos socios de Gobierno. Sánchez ha ofrecido ministerios de gran enunciado decorativo pero con unos contenidos muy limitados en relación a su nomenclatura. El candidato socialista también ha medido el impacto que le hubiera supuesto aceptar a Irene Montero como vicepresidenta después de apartar de ese objetivo a Pablo Iglesias. Esto no era más que un simple cambio de roles difícilmente defendible porque todo el mundo sabe que Montero e Iglesias son lo mismo, independientemente de quien ocupe un despacho en La Moncloa.

 

Lo triste de esta investidura ha sido todo su desarrollo público. La política española está empezando a convertirse un show continuo que ofrece diferentes funciones a lo largo del día. La exposición de los líderes políticos a eso de ‘luces, cámaras y acción’, sumada al impacto de las redes sociales, desvela de inmediato cualquier detalle susceptible de interpretarse o malinterpretarse. Las negociaciones entre PSOE y Unidas Podemos han sido un esperpento absoluto. Filtraciones, acusaciones, reproches mutuos y escasa visión política. El remate lo puso el propio Pablo Iglesias cuando, desde la tribuna del Congreso de los Diputados, le ofrece a Pedro Sánchez una última propuesta para quedarse con las políticas de empleo a cambio de prestarle su apoyo para convertirlo en presidente del Gobierno.

 

Estas actitudes demuestran que los políticos siguen utilizando el lenguaje de los canjes sin reparar en el mensaje que les llega a los votantes. Es imposible predecir si España tendrá Gobierno en septiembre. Con Unidas Podemos todas las alternativas sirven a la hora de hacer cavilaciones. Una nueva convocatoria electoral es tan factible como vergonzosa, porque demuestra la nula capacidad de nuestros representantes para saber encajar los acuerdos que propicien un Gobierno, necesario para la estabilidad general del país.

 

Durante estos días vamos a ver diferentes encuestas urgentes que recojan las sensibilidades de esta situación. Unidas Podemos y Ciudadanos están en la diana de los más señalados porque ambos partidos son los que podrían desatascar este embrollo; Iglesias y Rivera se la están jugando porque, seguramente, los sondeos les castiguen y eso supondría reactivar a los clásicos PSOE y PP para recuperar buena parte del recorrido perdido del bipartidismo. Ahora estamos en tiempos de estrategias que se van a estudiar aunque España cierre por vacaciones. No hay nada resuelto, aunque sí una enorme sensación de decepción que invade los prejuicios sobre la clase política española. Los partidos siguen mirando hacia dentro. En realidad solo miran hacia fuera cada cuatro años.