Davos

La opinión de Ramón Tamames en TRIBUNA

La última reunión del Foro Económico Mundial en Davos, la número 49, ha sido un gran tránsito de toda clase de personajes hablando sobre los temas más diversos de la actualidad mundial. Una especie de think tank, con no pocas pretensiones de innovar hacia el futuro.

 

El lugar de encuentro del Foro Económico Mundial es la misma estación de invierno en que se desarrolla el libro de Thomas Mann, La montaña mágica, quizá la novela suprema del siglo XX. Como ya en 1943 nos decía, en clase, el inolvidable profesor de Literatura del Liceo Francés de Madrid que era Miguel Álvarez. No llegados aún a la mitad de la centuria, ya se anunciaba esa alta calidad para el resto hasta el año 2000. Y yo, como lector tardía, pude constatarlo personalmente: las conversaciones de Naphta y Septembrini no tienen igual.

 

En el Palacio de Convenciones de Davos, nada más construirse, en 1971, Klaus Schwab, un precoz académico alemán, de solo 32 años, pensó que podría promover un Foro para discutir los problemas de la economía mundial.

 

Eran los mismos tiempos en que el italiano Aurelio Peccei creó el Club de Roma, una especie de cerebro colectivo pensante, si bien es verdad que Davos ha prevalecido sobre el otrora visionario Club, que en 1974 publicó el inolvidable informe Los límites al crecimiento. Demasiado preciso en sus predicciones, pero altamente valioso en las grandes tendencias de futuro.

                                                                     

Volviendo al Foro Económico Mundial, World Economic Forum, se hizo ciertamente famoso, no sólo por su buena organización, sino también porque en 1974, a tres años de fundarse, se produjo el primer choque petrolero, que trastornó la economía planetaria. Sencillamente porque el barril de crudo tipo Brent, el usual en toda Europa, pasó –por obra y gracia de la OPEP y sus aliados— de un precio de 3,50 dólares el barril (de 159 libros), a nada menos que 14 dólares, es decir, se multiplicó por 4.

 

Los efectos fueron espectaculares. Porque al ser rígida la demanda de carburante –“lo primero es echarle gasolina al coche”—, disminuyó la demanda de toda clase de bienes de consumo, duraderos o no. Con el inevitable efecto de un paro creciente, y de empresas que al no poder devolver los créditos, llevaron a la ruina a gran número de bancos. Así, lo que empezó como un problema energético, se convirtió en una gravísima crisis económica y financiera, de la que tardamos en recuperarnos casi diez años.

 

En ese contexto, el Foro Económico Mundial de Davos se convirtió, no sólo en un muro de lamentaciones, sino también en un intercambio de pensamiento económico, nuevas pautas empresariales para ajustarse al ciclo adverso, y prédicas sociales a fin de atenuar lo más agresivo de la sociedad capitalista.

 

Ahora mismo, ya casi al borde de cumplirse los 50 años de los encuentros de Davos, el de 2020 ha tenido un significado especial. Por la razón principal de que la economía mundial está pasando por una especie de terremoto; con réplicas continuas, alterándose los patrones de funcionamiento de la economía internacional. A un largo periodo de fructífera cooperación, fundamentalmente al relegarse la Organización Mundial de Comercio (OMC), se nos vino encima, desde 2018, una especie de movimiento sísmico proteccionista, cuyo artífice esencial es Donald Trump.

 

Las contundentes manifestaciones del presidente de EE.UU., y sus agresivas decisiones sin alternativa posible, han transformado lo que era un escenario de aumento continuo de los intercambios mundiales, en una especie de puerto de arrebatacapas; de guerra comercial, y de instrumentos contrarios al librecambio. Lo que tanto apreciaba el gran economista inglés John Maynard Keynes, al referirse a la Belle Epoque, anterior a la Primera Guerra Mundial, cuando el comercio libre era el origen de un continuo incremento de la riqueza global y de la transformación de países enteros en modernización acelerada.

 

Aparte del comercio internacional, el magnate neoyorquino de las Torres Trump, también ha roto moldes en dos cuestiones fundamentales. La primera de ellas, que aún no apreciamos en su carácter letal, es el abandono de la política de negociación nuclear, que tanto costó elaborar entre EE.UU. y Rusia, a partir de la laboriosa negociación de Reagan con Gorbachov. Hoy, los tratados de limitación de armas atómicas han dejado de operar, y la carrera armamentista está libre de cualquier freno.

 

Eso coincide con el segundo problema aludido: la crisis del calentamiento global y del cambio climático, algo que se ha visto paladinamente en Davos. De un lado Trump insistiendo en que EE.UU. se irá del Acuerdo de París de 2015 el próximo año. Abandonando así cualquier idea de que el segundo contaminador del mundo (el primero es China), no trabajará por un planeta preservado, al renunciar al recorte de gases de efecto invernadero.

 

El cambio climático es un cuento chino, vino a decir Trump. En tanto que, del lado opuesto, Greta Thunberg, con sus diecisiete años, ha asumido un liderato mundial, con discurso elemental pero que acusa a los que están haciendo lo peor para el mundo y las generaciones futuras: deteriorando así nuestra Tierra, que deberías ser un hábitat hospitalario para todos.

 

La pregunta final, ahora, es si después de casi 50 años de actividad, y con Klaus Schwab, creador y director de Davos ya octogenario, el Foro Económico Mundial va a seguir existiendo; una entidad con 800 técnicos y ejecutivos, con más de 100 eventos al año en diferentes lugares del mundo, con 3.000 corporaciones multinacionales asistentes en la última reunión, y tanto por debatir e informar. ¿Podría desaparecer el Foro con el propio Mr. Schwab, por mucho que esté pasando las funciones de dirección a su propio hijo, Olivier?

 

Personalmente, creo que Davos debe seguir, y que tal vez Mr. Schwab se merece el Premio Nobel de la Paz, al cual él, evidentemente, aspira. Teniendo en cuenta el hecho de que Davos ha suscitado reacciones adversas en los países menos desarrollados, con el Foro Social de Montevideo. Una entidad de carácter reivindicativo, que también hacía falta.

 

El gobierno suizo garantiza la seguridad del Foro de Davos, y le confiere una importancia grande, poniendo su status al nivel de la Cruz Roja que fundara Henry Dunant en 1864, y que tanto ha reportado a la humanidad. Hay que seguir con esos dos organismos, que podrían ser más necesarios que nunca.

 

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