Continúan los juegos de (auto)engaño
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Continúan los juegos de (auto)engaño

Opinión de Yo, Claudio

Otros asuntos del Imperio han atraído mi atención durante los últimos meses, de modo que no he podido prestar atención a cómo evoluciona la opinión pública de nuestra Patria y Comunidad. Desde el punto de vista operativo, las políticas de publicación de datos de los estudios que publica el CIS no han mejorado. Sigo sin poder acceder a los ficheros originarios de los estudios, hasta meses más tarde de la publicación de los resultados generales, de modo que no voy a poder entrar en el detalle de la evolución de Castilla y León en el final del verano y el principio del otoño. Cuando estén disponibles los datos haremos la comparación con el total de España, que es sobre la que hablaré hoy.

 

Como era de esperar, a medida que el otoño avanza, la pandemia Covid-19 va aumentando en virulencia. Los debates en torno a ella, se vuelven cada vez más irracionales. Unas cuantas “sociedades médicas y científicas” dicen que la pandemia debe ser abordada con criterios científicos, lo cual aparentemente sueña razonable, salvo por el hecho de que no sabemos cuáles son esos criterios.  Hay que tener en cuenta que muchos somos víctimas de las “recomendaciones” de algunas de esas sociedades médicas, por ejemplo, cuando contra los criterios modernos, se aconsejó la “operación de las anginas”. No quiero yo sumarme al “cuestionamiento irracional” de cualquier recomendación “científica” porque ello me situaría del lago de quienes, con objetivos bastante miserables, tratan de negar la ciencia en general y, en particular, la ciencia que ha documentado los datos del cambio climático, de la relación entre el tabaco y el cáncer, de las bebidas azucaradas y la comida “basura” y la obesidad… Aunque la ciencia es la mejor herramienta con la que combatir la enfermedad, no conviene ser ingenuos hasta el punto de tomar por ciencia cualquier manifestación que hacen los “científicos”. Decidir que es ciencia es epistemológicamente más complicado.

 

Quizás algunos de ustedes conozcan la Declaración de Barrington donde tres científicos “prestigiosos” (los demás firmantes son cualesquiera) sostienen puntos de vista sobre la epidemia contrarios a el resto de la “comunidad científica” (en particular sobre la eficacia de los confinamientos y la llamada “inmunidad de rebaño”). Curiosamente esos tres científicos no han publicado ningún “paper” científico en el que sustancien sus “recomendaciones”. En realidad, esa declaración, que pretende pasar por científica, no lo es; y solo se entiende como un intento de influir en las elecciones norteamericanas del 3 de noviembre de 2020. La técnica, que consiste en generar la sensación de que no hay “acuerdo científico”, ha sido usada otras veces para atacar la investigación del cambio climático, de los efectos del tabaco sobre la salud pública, de los efectos de las bebidas azucaradas sobre la salud pública, … más o menos por los mismos agentes “obscuros” (cuyos nombres y filiaciones están en mi agenda).

 

Saber no es suficiente. Pensemos en el “famoso” número R0, el promedio de personas a las que una persona que sufre el Covid-19 puede contagiar. Incluso si sucede con el Covid-19, como sabemos sobre otras epidemias, que hay una alta dispersión sobre esa media –unos cuantos contagiados, quizás el 20% son responsables de muchos contagios, quizás del 80% de los contagios-  y que por tanto aislar a estos “super-contagiadores” es más eficaz que a poblaciones enteras, tenemos que saber cómo implementar su localización y aislamiento, lo que no es una cuestión puramente sanitaria, ni tampoco solo jurídica (podría afectar a derechos fundamentales) sino también técnica (como los localizamos: alarmas, rastreadores, …) y económica (que hacemos para que los “infectados aislados no se mueran de hambre”). Poner todo esto junto y balancearlo escapa a la más sabia de las sociedades médicas. Es la esencia del arte de la política. La pandemia es una cuestión política; la ciencia, la mejor que podamos encontrar, solo puede estar al servicio de la gestión política de la pandemia.

 

Por eso se entiende poco que el Cis, que en la Ola del Barómetro del Septiembre había incluido la pregunta 8La política que está siguiendo el Gobierno actual para luchar contra el COVID-19 en su conjunto, ¿le merece a Ud. mucha confianza, bastante confianza, poca confianza o ninguna confianza?”, no la incluya en la Ola de Octubre. Si los resultados dicen que los españoles confían más bien poco, como efectivamente así lo dicen, hay que estudiar por qué lo dicen, y actuar en consecuencia (33% dicen que confían mucho + bastante y el 57% que confían poco + nada). Eliminar la pregunta es de cuento infantil, como en la zorra y las uvas y nos infantiliza a todos.

 

 

La “maldición” de la epidemia no implica, necesariamente, que los Gobiernos al mando sean castigados: por ejemplo en Nueva Zelanda, el partido que lideraba el Gobierno, ha salido reforzado en las recientes elecciones (17 de Octubre de 2020), alcanzado incluso la mayoría absoluta; este hecho es tanto más notorio cuanto que hace unos años (1996) que el sistema político fue reformado para pasar de un sistema de representación mayoritaria a uno de representación proporcional, y los gobiernos de coalición han sido lo “normal” desde entonces.   Me pregunto, retóricamente, si algún “asesor competente”, se ha tomado la molestia de viajar (aunque sea virtualmente) a New Zealand para intentar “entender” porque allí la “confianza” en el Gobierno, a juzgar por los resultados electorales, parece haber crecido, para aprender si las medidas adoptadas en relación a la pandemia, del modo de implementarlas y del modo de comunicarlas han tenido efecto en ese “crecimiento de la confianza” que parecen mostrar los resultados electorales.

 

El Estado español, presenta muchos aspectos de lo que en “El pasillo estrecho” se nombra como “Tigre de Papel”: estados caracterizados por su incapacidad para crear las condiciones de prosperidad y libertad. Una de las características de estos Estados es que se acaban inclinando –dado su incapacidad inclusiva- por la represión y la condena. Y sí, en España no paramos de crear “gestores de luces rojas”: que si Tribunal de Cuentas, que si Autoridad Fiscal Independiente, que si Auditorias. Todo esto seguramente será útil, pero al igual que sucede con los coches, nos dice poco o nada sobre como tomar la siguiente curva; es sabido que las luces rojas son especialmente útiles, si el auto está averiado. La pandemia añade una capa de niebla sobre el camino lleno de curvas. Seguramente por eso España necesita que la ciencia –más bien limitada- con la que contamos, tenga más peso en la gestión de la pandemia; de “Gobiernos” andamos sobrados: tenemos 1+19. Lo que quizás deberíamos tener es un “Comité Científico” cuyos miembros y cuyas contribuciones sean públicas, de modo que nosotros “el pueblo”, si disponemos de la energía y el tiempo necesario, podamos juzgar por nosotros mismos que proponen, en qué “datos” sustentan sus proposiciones y como las razonan. Propuestas de decisiones que vengan de “obscuros funcionarios”, con todo el respeto, no cumplen los criterios de transparencia del “buen gobierno” y no son dignos de confianza.

 

Los efectos de la pandemia durarán más de lo que nos gustaría y no irán necesariamente en el sentido que muchos han apuntado. Más bien agravarán muchos de los problemas sistémicos. Es cierto que algunas epidemias han tenido un efecto igualador, como fue el caso de la “peste negra”; pero conviene no olvidar que el efecto igualador se basó en que murieron tantos “brazos activos” que los salarios subieron. En otras epidemias, la desigualdad ha crecido y previsiblemente esto es lo que sucederá en la presente, con efectos de muy largo plazo. Tan grave puede ser este impacto (crisis alimentarias, estallidos de violencia, quiebras de democracias) que algunas instituciones globales –el Banco Mundial- están poniendo a sus funcionarios a tratar de predecirlo, objetivo loable (en la medida en que contribuya a prevenir sus peores manifestaciones) pero tan improbable como reunir todo el agua del mar en un hueco hecho en la playa, sobre todo si tenemos en cuenta que su recientemente nombrada economista jefe, Carmen Reinhart (nacida Carmen Castellanos, en Cuba) publicó un “articulo serio” en una “revista seria” cuyas conclusiones se basaban en los datos de una hoja Excel “poblada” de errores. Ciertamente Carmen Castellanos, en la clase de primaria de mi amiga Piedad, en el Bierzo, sería suspendida. Pero parece que en ciertas organizaciones internacionales se aplica aquél principio sobre trenes: si los trenes nunca llegan a tiempo a la estación, cambien la hora “prevista” de llegada. O será que en USA se puede pasar de curso y alcanzar las graduaciones con suspensos, si se defiende el punto de vista correcto. Aun así, no todo está perdido:  ¡la buena noticia es que el “error” de la eminente economista fue detectado por un estudiante!.

 

En el corto plazo, con el final del verano y el principio del otoño no ha habido grandes movimientos en la preocupación, que es bastante alta, generada por la pandemia

 

 

En el balance de la preocupación por lo sanitario y por lo económico, crece la preocupación por lo sanitario, como era de esperar, a medida que la alarma sanitaria crece, con la llegada de la “segunda ola”.

 

 

Con independencia de lo que hayan hecho los Gobiernos (que todo indica es mucho menos de lo que dicen que han hecho) y mucho menos de lo que la buena ciencia aconsejaba, los ciudadanos, salvo unos pocos “aliens” (6%) completamente “invulnerables”, han adoptado sus propias medidas de protección.  Especialmente notorio es que casi 1/3 de la población (27+5=32%) se ha autoimpuesto un “confinamiento voluntario”.

 

 

En la evolución de la situación económica personal, se aprecia una ligera mejoría. Seguiremos atentos a la evolución de este indicador, cuyo comportamiento habrá que poner en relación con el crecimiento de la economía, la evolución del empleo y de las transferencias de rentas del Estado a las familias.

 

 

Pongamos ahora las luces, no sé si largas, pero que al menos alumbren hacia adelante. En el Barómetro de Septiembre se han introducido una serie de preguntas (4), sobre un concepto que no por repetido, podemos asumir que sea claro: “desarrollo sostenible”. Sin duda, dado que los fondos de la Unión Europea, que necesitamos como agua de mayo –aunque algunos políticos adolescentes no lo han entendido y por eso se embarcan en movimientos de denegación, incomprensibles para cualquier persona sensata, con independencia de su ideología -, parece que vienen vinculados al “desarrollo sostenible”, es oportuno e interesante saber que creen los españoles que es el desarrollo sostenible. En su momento, publiqué en este mismo medio un artículo sobre la despoblación de los pequeños pueblos de nuestra Comunidad, y defendí la idea simple que dice que para que la población no se vaya de su pueblo o se instale de nuevo en un territorio, se requieren tanto actividades económicas productivas –no necesaria ni únicamente vinculadas a la agricultura-, así como servicios públicos que hagan posible una vida digna. Las migraciones tienen siempre un alto coste personal y emocional y nadie migra salvo que se vea impelido a ello.   

 

Aunque sin duda, “cualquier iniciativa” deber ser sostenible, no hay motivos para ser especialmente optimista sobre el “corredor de oportunidad” para la España vacía, sobre todo si prestamos atención a las propuestas de definiciones de “desarrollo sostenible” creadas por los funcionarios del Cis, donde no aparece nada que tenga que ver con el uso “racional del territorio”, incentivando el reasentamiento en las zonas rurales “abandonadas”.

 

De todas las definiciones que han propuesto, hay tres que capturan la atención de los españoles: “desarrollo que tiene en cuenta a las generaciones futuras” (23%), “desarrollo sin dañar el medio ambiente” (20%) y “desarrollo que tiene en cuenta a todas las personas” (con independencia de sus características) (19%), y una cuarta con menos adhesiones, “desarrollo que tiene en cuenta el cambio climático” (13%). Sin duda la más ambigua de todas las respuestas es “desarrollo que tiene en cuenta las generaciones futuras”, porque hay muchas maneras de no tener en cuenta a las generaciones futuras, de modo que es difícil saber cuáles son las que si forman parte del desarrollo sostenible. Profundizar en este asunto me llevaría demasiado espacio, pero puedo afirmar, sin miedo a equivocarme, que, si pregunto a siete personas que entienden por ““desarrollo que tiene en cuenta las generaciones futuras”, obtendré respuestas diferentes (y no necesariamente compatibles).   Los puntos de vista sobre la población se parecen a los puntos de vista sobre los olivos: primero había que arrancarlos (la Unión Europea daba subvenciones), después había que plantarlos (y ahora hay que regarlos para que sean más productivos); hace unos años había que reducir el crecimiento de la población (en todas partes), ahora hay que hacerla crecer, pero solo si es blanca. Y es que el hombre blanco está lleno de contradicciones (salvo si es de Valladolid, donde no existen las contradicciones).

 

A los españoles se les pregunto sobre la “Agenda Horizonte 2030”. Para el 70% de los españoles, la “Agenda Horizonte 2030”, definida como “un plan estratégico para favorecer en España el desarrollo sostenible e igualitario” es un concepto desconocido. Las “élites” tendrán que hacer algo más de pedagogía, lo cual no resulta especialmente extraño, porque de pedagogía, incluso aunque se exige un master en la materia para “dar clase” en la enseñanza secundaria, andamos bastante escasos (en cambio parece que de virulencia y excesos vamos sobrados).

 

 

No pasa nada; si los españoles no saben lo que es la Agenda Horizonte 2030, les listamos los objetivos y ellos eligen el que les parece prioritario. La foto que sale es curiosa. El objetivo más citado es muy anterior a la aparición del concepto de “desarrollo sostenible”: “erradicar la pobreza y acabar con el hambre y la desnutrición” (18%). Otros varios también son anteriores: “garantizar la salud y el bienestar” (11%), “reducir las desigualdades entre países y dentro de ellos, promover la paz y el acceso a la justicia para todos/as” (10%), “garantizar la educación de calidad para todos/as” (9%).  Cierto es que los dos objetivos que más nítidamente están relacionados con “desarrollo” y “sostenible”, a saber “conservar y proteger los ecosistemas y combatir el cambio climático” y “crecimiento económico sostenible”, ocupan el segundo y tercer lugar. 

 

Si cabe, más interesante es comprobar que más de 1/3 de los españoles son “pesimistas de la voluntad”: si los objetivos de desarrollo sostenible no se alcanzan es por falta de voluntad política. Uno pensaría que la lucha por los objetivos del “desarrollo sostenible”, se parecerían más bien a la lucha de los hombres contra las salamandras, tal y como nos lo contó Karel Capek, pero parece más bien que es de hombres contra hombres porque el segundo gran obstáculo (endosado por ¼ de los españoles) para alcanzar los objetivos del “desarrollo sostenible” es “la corrupción política e institucional” (salvo que la corrupción “política e institucional” no sea asunto de hombres sino de salamandras y se resuelva con krakatita). Era difícil imaginar que había tantos españoles pesimistas (o quizás es más justo calificarles de “optimistas informados”). Pero es lo que dicen los datos.