Cinco horas con Miguel Delibes (y II)

El hereje, la obra decisiva de Delibes: la muerte del erasmismo.

Segunda parte del artículo en el que Ramón Tamames narra su encuentro con Miguel Delibes.

Después del encuentro de cinco horas con Miguel Delibes en Valladolid, nos vimos en varias ocasiones, en Pucela o en el Foro, y también recuerdo que le invité más de una vez a los Cursos de Verano, que durante tres o cuatro años organicé en Palencia; con el apoyo de Francisco Jambrina, el mejor consejero de Medio Ambiente que ha habido en España en una comunidad autónoma: trabajador, capaz –había sido el mejor alcalde de su natal Palencia— y emprendedor. Pero ya por entonces, pasada la mitad de los años 90, el mucho más famoso Miguel Delibes había perdido lo mejor de su vida: ya se sabe, a Ángeles Castro, una pérdida de la que nunca se repuso; y que quedó reimaginada, inolvidablemente, en la novela Señora de rojo sobre fondo gris, publicada por su marido en 1991.

 

He de confesar que no he leído la mayor parte de la obra de Miguel Delibes. Pero sí dos novelas por las tengo especial delectación. La primera, Los santos inocentes (1981), luego llevada al cine por Mario Camus, con personajes como el latifundista (Juan Diego), el secretario de las jornadas de caza en puestos para tirar a las palomas (Alfredo Landa), y el casi “tonto de la finca”, pero que no lo es: Paco Rabal, amante de grajos, búhos y lechuzas. Una de las mejores películas hechas en España en todos los tiempos, y cuyos protagonistas principales, Landa y Rabal, fueron premiados con la Palma de Oro del Festival de Cannes.

 

Los santos inocentes es una historia fílmica de una realidad económica, propia de mi libro Estructura Económica de España, con el latifundismo persistente todavía en los años 50, cuando aún no despuntaban las modernizaciones del Plan de Estabilización y el desarrollismo de los Planes de Don Laureano López Rodó. Era una España que, felizmente, ya no existe: de sumisión después de una guerra civil y de una Segunda República, que no supo hacer la reforma agraria.

 

La otra obra predilecta mía de Miguel Delibes es El hereje (1998), su trabajo supremo, histórico, indagando las profundidades de una época imperial en sus zonas más obscuras. Exaltadora del erasmismo –creo que más que de Lutero—, y con todo el reflejo de lo que fue el comercio de lana con los grandes carretones que la trasladaban del centro de Castilla al puerto de Bilbao. Y con cosas tan sorprendentes que llegaban de Flandes, como aquella silla de madera articulada para los alumbramientos de nuevos seres humanos, de manera más científica y eficaz, inventada por los propios holandeses.

 

La lectura de El hereje me dejó la sensación de una tormenta de fuego que terminaba con los autos de fe, contemplados, incluso, por Felipe II. No recuerdo si de cuando era príncipe regente en Valladolid, o ya de rey que le llamaron el prudente. Pero, en cualquier caso, ahí quedaba el ingenio más destructor, la Inquisición, una especie de arca de siete llaves para no dejar libre el paso a las ideas y la creatividad.

 

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Como resonancias personales de Miguel Delibes, tendría algo más que decir, relacionado con su abuelo paterno Frederick Pierre; sobrino de Leo Delibes, el compositor francés de los ballets Sylvia y Coppelia.

 

Casas de la Calle Mayor de Molledo.

 

El caso es que Frederick vino a España, para trabajar en el tramo de ferrocarril de Alar del Rey –donde termina el Canal de Castilla— a Santander. Y por esas tierras cántabras conoció a una lozana montañesa, del pueblo de Molledo, que luego sería la abuela de Miguel.

 

Precisamente en Molledo, villa cántabra entre hayedos y pinares, he estado alguna vez, con Paloma y Juan. Que han restaurado una casona en la calle principal, que creo se llama de Torres Quevedo. Porque de allí era Don Leonardo, el cibernético inventor del ajedrez automático y del transbordador que sigue funcionando sobre las cataratas del Niágara. La villa tiene un magnifico parque, un tanto montuoso, poblado de tejos y algún abeto, cedros, abedules y hermosos álamos; con un arroyo que fluye rumoroso al final de una trocha.

 

- En Molledo –me dijo Juan una vez, y ahora lo recuerdo—, veíamos con frecuencia a la pareja de los Delibes con sus siete hijos. Eran gente muy alegre, que formaban un animoso equipo de ciclistas, y parecía estuvieran preparándose para el Tour de France; por lo menos.

 

Efectivamente, a la casa del abuelo francés iba Miguel, de joven, casi todos los veranos. Y en bicicleta se trasladaba al pueblo burgalés de Sedano, a unos 100 kilómetros, a visitar a Ángeles, que ya era su novia. Una distancia que cubría bien de mañana, para llegar a tiempo de aprovechar todo el día. En lo que es la tierra de un célebre guerrillero de la independencia, del que la familia Castro parecía estar muy orgullosa: Longa, un vizcaíno que vivía por allí, y que con una partida inicial de sólo cien hombres, tuvo en jaque a los franceses; entre Castilla y el País Vasco, llegando a participar en la grande y célebre Batalla de Vitoria (conmemorada por el mismísimo Ludwig van Beethoven), para unirse luego a las tropas del Duque de Wellington, y entrar con él, victoriosos, en la Francia que dejaba de ser napoleónica.

 

Ese tramo de Molledo a Sedano, con muchas cuestas, era todo un lugar de entrenamiento y diversión. Y me consta que todavía hoy, algunos de los siete hijos de Ángeles y Miguel hacen el recorrido conmemorativo de las juveniles andanzas bicicleteras con sus padres.

 

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Y relataré, por último, aunque no tenga mucho que ver con Delibes, una historieta sobre Camilo José Cela. A propósito de lo que comentó Juan Cruz, en su artículo del 16 de mayo de 2020 en la contraportada de El País. Dice allí, estando con Delibes, éste, en medio de la conversación, decía: “Y no hemos hablado de Cela”.

 

Efectivamente, al final siempre había que hablar de Cela, que ya tenía el Premio Nobel, como tendría que haberlo tenido Galdós, y también Miguel Delibes; e igualmente Baroja, cuando Ernest Hemingway quiso regalarle el suyo, en visita que hizo a Don Pío a su casa de la calle Ruiz de Alarcón 12.

 

Pues bien, un día Paco Umbral, gran discípulo literario de Miguel Delibes, me invitó a su Dacha en el pueblo de Las Rozas de Madrid. Allí estuvimos en el aperitivo el propio Paco, Camilo José y yo mismo. Y en el curso de la conversación, no sé por qué, se me ocurrió decir:

 

- Tenemos que hablar de la mejor novela española de la postguerra…

 

Y Paco Umbral, mucho más observador que yo, me comentó:

 

- A Cela se le iluminaron los ojos pensando que ibas a decir La familia de Pascual Duarte, o La Colmena. Pero no, tú dijiste Lola, espejo oscuro, de Darío Fernández Flórez, con sus 22 ediciones, que habías visto justo ese día en un quiosco de prensa…

 

Efectivamente, a Cela le cambió el semblante. Ya era Premio Nobel y debió ser un golpe muy duro, y quizá esa tarde no pudo dormir la siesta, aunque fuera la tradicional que él decía, “de pijama, orinal y padrenuestro”. Pero Camilo seguro que al día siguiente ya no pensaba en eso. O si pensaba era para decir: “Este Tamames, tiene unas cosas…”.

 

Una fotografía de dos finos irónicos: Paco Umbral y Camilo J. Cela

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Y terminamos aquí el artículo “Cinco horas con Miguel Delibes”, cuyo dictado a mi secretaria Begoña me ha resultado una especie de discurrir flotando, casi volando, como se hace en el surf, sobre la cresta de una ola: el recuerdo del pasado se va capturando por el viento de frente. Y todo ello, en contra de lo que es casi una caja de Pandora, de la que, al abrirla con las remembranzas que he hecho, han salido ilusionados momentos, alegres situaciones, espléndidas conversaciones. Y en el fondo de esa caja de la evocación, creo que ha quedado la ternura y el semblante sonriente de los dos enamorados, Miguel y Ángeles. Que descansen en paz, juntos, en el Panteón de Hombres (y Mujeres) Ilustres de Valladolid, donde están recogidas sus cenizas.

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