Anormalidad
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Anormalidad

La ministra María Jesús Montero.

Vaya revuelo se ha formado con la entrevista del vicepresidente en el diario Ara, esa en la que ha explicado que en España no hay normalidad democrática ni política, según él porque Junqueras está en la cárcel y Puigdemont ha convertido Waterloo en protagonista de la Historia por tercera vez, tras el fracaso de Napoleón y el éxito de ABBA. Y la verdad es que no sé a qué viene tanta movida, si ya lo ha explicado muy bien una de las mejores monologuistas de nuestro país, ahora enrolada como portavoz del Gobierno ¡Cuánto talento desperdiciado!

 

Dice Montero que ella “quiere entender” que las palabras del vicepresidente “se enmarcan en una aspiración de mejorar la calidad de la democracia, una tarea que nunca acaba”. No se puede negar que la ministra tiene buena voluntad, un gran sentido del humor y más salidas que una autopista. Una pena que luego se pusiera más seria para explicarnos que “las declaraciones que se pueden escuchar estos días tienen que contextualizarlas en el marco de la campaña electoral. Fuera de ese marco creo que no se comprenderían”.

 

Vamos que lo que viene a decir la hilarante María Jesús es que “en el marco” de la campaña electoral se puede decir cualquier cosa. Y es una pena, pero en cierto modo, todos hemos asumido que es así. Y no solo en campaña electoral. Ahora todo vale y, sobre todo, mentir. Ya lo vimos con Pedro Sánchez, el que no podría dormir con Podemos en el Gobierno. El que no iba a pactar con Bildu: “si quieres te lo digo veinte veces”. O con el propio Pablo Iglesias, que siempre iba a vivir en Vallecas y veía muy peligroso “el rollo ese de los políticos que se aíslan en chalés”. Se miente con los muertos por la pandemia, con los comités de expertos, con el IVA de las mascarillas. Se miente hasta por escrito, como ha hecho ahora ERC, que ha firmado un papel para asegurar que “sea cual sea la correlación de fuerzas surgida de las urnas, en ningún caso se pactará la formación de Gobierno con el PSC”. ¡Al tiempo! Se miente incluso ante notario, como Oscar Puente cuando se comprometió a que lo primero que haría cuando fuese alcalde sería soterrar las vías del AVE.

 

Dice Illa que ese documento firmado por ERC y los otros partidos independentistas “es un episodio más de la bronca y la confrontación. Es la foto de Colón del independentismo. El independentismo busca aumentar la división en Cataluña y España, y desprestigiarnos ante las instituciones europeas". Pues, oye Salvador, lo mismito que Iglesias, que no sabemos lo que busca, o quizá sí, pero lo que desde luego no consigue es acrecentar el prestigio de España en Europa.

 

No es una anormalidad democrática, como dice Iglesias, que quienes han cometido delitos de sedición y malversación estén en la cárcel, por mucho que sean o hayan sido líderes de partidos políticos o presidentes de la Generalitat. Porque eso es precisamente la democracia, un sistema que se creó en oposición a la tiranía y al absolutismo. Todos somos iguales ante la ley y todos debemos someternos a ella. Fiat iustitia et pereat mundus. Como siempre, el profesor de políticas suspende el examen. Precisamente lo que califica de anormalidad es lo que caracteriza más profundamente la democracia, su verdadera esencia.

 

Pero en rigor, tiene razón Pablo Iglesias. Porque sí que hay otras anormalidades en nuestra democracia. Él mismo es un vicepresidente anormal. Quiero decir si nos ceñimos a las dos primeras definiciones de este adjetivo en el diccionario de la Real Academia. Uno, “Que accidentalmente se halla fuera de su natural estado o de las condiciones que le son inherentes” y dos, “infrecuente”. Es evidente que el estado natural del camarada Pablo no es la de vicepresidente de un país democrático, más bien la de dictadorzuelo de una república bananera. No hay más que oírle hablar de la libertad de expresión, de la libertad de prensa, de la propiedad privada o de su forma de entender el sometimiento de todos a la Constitución o a las leyes. Y desde luego es infrecuente que el líder de un partido comunista rancio, trasnochado y retrógrado forme parte del Gobierno de un miembro de la Unión Europea.

 

Tampoco es normal en un un país democrático que el Gobierno dependa de partidos como Bildu y ERC, que tienen como principal objetivo acabar con ese país. Ni que una ministra de Justicia pase luego a ser fiscal general del Estado, ni que el Gobierno trate de nombrar a dedo al poder judicial, ni que se tramite un indulto o se conceda el tercer grado para delincuentes que manifiestan cada día su voluntad de reincidir en sus delitos. No es normal que desde el Gobierno se insulte a los jueces, ni que un vicepresidente se quede con una tarjeta SIM y luego denuncie que la han robado. Ni que se nombre funcionaria de nivel 30 a una amiga de la ministra consorte para que luego haga de niñera.

 

La lista podría ser muy larga, pero creo que a todos se nos ocurren suficientes ejemplos de anormalidades democráticas como para que yo no tenga que hacer aquí una relación exhaustiva. Porque de un tiempo a esta parte, parece que la normalidad es ya solo un anhelo del vicepresidente, siempre en busca de la perfección, como dice Montero, que por cierto ahora se está retratando en el Isofotón. Pero el resto de los españoles tendremos que asumir que vamos a vivir en la anormalidad al menos unos cuantos años más.