La leyenda de la huella del diablo y la sangre de un mártir en una iglesia de Salamanca
El programa Las Llaves de la Ciudad abre las visitas al templo de Santo Tomás Cantuariense, edificado hace 8 siglos y cuajado de historia
¿Qué iglesia de Salamanca fue construida por orden de una reina, tiene marcas de la huella del diablo en una de sus puertas y ocultaba la sangre de un mártir detrás de un muro?
Es una de las más pequeñas, modestas y, también, antiguas de la ciudad. Se levanta a las afueras del casco histórico y el turismo apenas repara en ella, pero su Historia, con mayúsculas, y sus historias, con minúscula, se merecen una visita como es debido.
La iglesia en cuestión es la de Santo Tomás Cantuariense y hasta el 20 de diciembre participa en el programa Llaves de la Ciudad para que los vecinos y viajeros descubran esos rincones salmantinos que tanto abundan a la sombra de los grandes edificios.
El pastor Rubén Legidos -Santo Tomás es un templo anglicano- es el 'maestro de ceremonias' que se ocupa de desgranar los secretos historiográficos, arquitectónicos y teológicos del edificio.

Rubén Legidos, durante la visita guiada.
Lo primero es lo primero. La tradición cuenta que la edificaron dos hermanos ingleses -Ricardo y Randulfo- en 1175, sólo cinco años después del asesinato del obispo Thomas Becket a manos de sicarios del rey Enrique II de Inglaterra. Su martirio le convirtió en santo al instante y su culto se extendió por toda Europa. Es una bonita leyenda, sí, pero la realidad es igual de interesante. Su promotora fue seguramente la reina Berenguela de León, nieta de Enrique II merced a las alianzas reales y señora de Salamanca a principios del siglo XIII.
Y ahí sigue desde entonces, escondiendo interrogantes a simple vista.
El santo y los cuervos
Thomas Becket fue acuchillado en la catedral de Canterbury. Según las crónicas, varios cuervos se posaron sobre su sangre y su pico y sus patas se tornaron rojos. Esas aves, las chovas piquirrojas, se transformaron en el símbolo del martir inglés y aún 'revolotean' por el interior del templo.

Fresco en un rincón de la iglesia.
Una de las paredes junto al altar luce un pequeño fresco en uno de sus rincones. Es casi imposible reparar en él si nadie avisa de que está ahi. Se distingue una silueta algo desdibujada con una mitra en la cabeza y una casulla rojiza sobre los hombros. Es una imagen de Santo Tomás Cantuariense y las 7 siluetas negras sobre su manto son 7 chovas que recuerdan su martirio.
Como curiosidad, la techumbre del antiguo convento de Las Claras, a tiro de piedra de Santo Tomás, está cuajada de dibujos de dichas aves que refuerzan el vínculo entre los dos edificios.
El escondite de las reliquias
¿Hubo un tesoro oculto en Santo Tomás? Quizá, pero no uno de oro ni plata.
El brazo izquierdo del transepto -la nave trasversal que 'corta' la principal- tiene tres huecos enrejados excavados en el muro principal. Los mitos hablan de que por allí se alimentaba a presos o a personas emparedadas, pero Santo Tomás jamás fue un presidio ni se encerró a nadie detrás de sus muros. Según explica el pastor Legidos, esas oquedades escondían documentos del templo a salvo de miradas curiosas o infieles -hablamos de la época de la reconquista-. Después se cerraban con una compuerta de piedra y allí permanecían el tiempo necesario.

Oquedad en un muro de la sacristía que, según la leyenda, ocultaba la sangre de Santo Tomás.
La iglesia esconde otro espacio secreto similar. Está en la modesta sacristía de la iglesia, donde el pastor guarda sus casullas, libros, etc, y está cerrado a cal y canto. Otra leyenda afirma que en ese hueco se ocultaba nada menos que la sangre de Santo Tomás, una reliquia con el poder de sanar a los enfermos atesorada dentro de una ampolla o jarrón. 'Cantuariense', en este sentido, no aludiría al origen del santo (Canterbury), sino al recipiente (un cuenco) en el que se guardaba su sangre. La etimología popular castellana lo convirtió en 'el santo del cuenco'.
Justo al otro lado del muro de la sacristía está el sagrario original del edificio, de estilo hispano flamenco. Estas cavidades se usan para guardar lo más sagrado de una iglesia: el cáliz, las hostias consagradas y, si el mito fuera cierto, también la sangre de Santo Tomás.
Una tumba familiar
La reina Berenguela amadrinó las obras, pero la familia De la Peña se encargó de administrar el templo durante siglos. Algunos de sus miembros están sepultados en él.
Su crónica también merece una mención. La lápida que cubre el enterramiento tiene tallado un escudo nobiliario dividido en cuatro cuarteles que revelan detalles de la familia. El primero luce un perro y un cuerno de caza, señal de que tenían recursos como para permitirse salir de Salamanca durante varios días. Los dos inferiores tienen encinas y ganado, lo que indica que eran terratenientes y personas poderosas.

Sello familiar de la familia De la Peña.
La clave está en el segundo cuartel del escudo, en la parte superior derecha. Tiene talladas las cinco llagas de Cristo. Estos estigmas se asocian con los franciscanos, y la espiritualidad franciscana ordena hacer el bien hacia los pobres. ¿Cómo? Dándoles un entierro digno en Santo Tomás. El suelo está cuajado de sepulturas anónimas de pobres que descansan allí merced a la familia De la Peña.
Este clan no terminó precisamente bien. En el siglo XVIII se las vieron con el obispado porque la diócesis reclamaba la administración del templo. La familia lo plasmó, de forma algo críptica, en una pintura en la que dos miembros de la familia rezan a la Virgen de la Consolación.
Ganaron el juicio, pero en el siglo XIX, tras la desamortización de Mendizábal, tuvieron que vender el edificio a la diócesis.
Tierra, aire, agua y fuego
La bóveda del crucero tiene ocho nervios que convergen en el centro como si fueran una rosa de los vientos, aunque antes hay que fijarse en los cuatro peculiares rostros que la rodean. No tienen cara de santos ni de reyes, porque son alegorías de los elementos aristotélicos: tierra, aire, agua y fuego.

Rostro que representa el agua.
El punto central en el que coinciden los nervios de la bóveda está decorado con una rosa, que simboliza el legendario quinto elemento del que nacían los demás: el éter, que tantos quebraderos de cabeza dio a los alquimistas medievales.
La huella del diablo
La puerta ubicada a la izquierda de la nave principal está orientada al norte y se llama la puerta del pecado. Rubén Legidos explica que los cristianos mozárabes aceptaban el sacramento de la confirmación frente a ella, proclamando a voz en grito su renuncia al pecado. En ese momento, decían los viejos del lugar, el diablo maldecía e imprecaba porque un alma salía del averno.

Marcas en el exterior de la puerta del pecado.
La historia de la puerta no se entiende si no se analiza desde fuera: junto al portón exterior de madera hay unas profundas marcas en la piedra, como si alguien -o algo- extraordinariamente furioso hubiera hundido sus garras para desquitarse de su rabia. Posiblemente sean huellas de puestos de venta medievales o muescas de afiladores, pero quien sabe...
Las estelas celtas
Seguimos el paseo alrededor de Santo Tomás, porque cada piedra tiene una historia digna de ser recordada.
Aquí dos estelas celtas (convertidas por la iglesia en las estrellas de Belén) que marcan la ruta de la luz solar durante los solsticios de invierno y verano; allá, siete marcas en una pared empleadas para señalar los días de la semana.

Sepultura del obispo Diego de Velasco.
Y más: un edificio de la calle Rosario adornado con el escudo del obispo Diego de Velasco, cuyo cuerpo reposa en la iglesia; un dintel sobre una puerta con las palabras 'Casa de la Caridad' apenas visibles... la influencia de Santo Tomás no se limitó a las paredes del templo, sino que se extendió en derredor durante siglos.
El tiempo acabó arrinconando este pequeño edificio y los avatares históricos también le pasaron factura (la torre es un añadido del siglo XVI; la cabecera original se perdió en el terremoto de Lisboa...), pero es una iglesia tan salmantina como la que más, aunque muchos no reparen en ella, y merece ser reivindicada.








