La historia interminable de 13 mayores de Salamanca
La salmantina Lucía Galindo convierte los recuerdos de 13 mayores en imágenes creadas con IA y lleva su proyecto hasta el Festival Internacional de Cine de Orense
Hay recuerdos que permanecen intactos durante décadas, aunque los objetos que los acompañaron hayan desaparecido y las personas con las que se compartieron ya no estén. Una pelota, una muñeca, un juguete de madera o una tarde de juegos pueden seguir vivos en la memoria de quienes los disfrutaron durante su infancia.
Pero ¿cómo serían aquellas escenas si pudieran volver a contemplarse? Esa es la pregunta que se hizo Lucía Galindo, una joven salmantina de 23 años que encontró en la inteligencia artificial una manera de acercarse a las historias que guardan las personas mayores. Lo que comenzó como un proyecto universitario terminó cruzando las puertas del Festival Internacional de Cine de Orense (OUFF), donde su trabajo fue proyectado en una sesión especial y ella misma fue invitada a participar en un coloquio.
Galindo, que estudió Periodismo y Comunicación Audiovisual en la Universidad Pontificia de Salamanca, explica a la Agencia Ical que lleva tiempo interesada en las posibilidades de una tecnología que, a su juicio, todavía tiene mucho terreno por explorar.

Carátula del documental.
Su curiosidad comenzó en torno a 2022, cuando empezó a familiarizarse con estas herramientas a través del interés que también despertaban en su entorno familiar. Poco a poco descubrió que la inteligencia artificial podía ofrecerle posibilidades que iban mucho más allá de las tareas habituales, especialmente en el ámbito audiovisual, donde permitía generar imágenes y vídeos sin necesidad de disponer de grandes recursos. Sin embargo, para su proyecto necesitaba encontrar una historia que diese sentido a esa experimentación y que no se quedase únicamente en una demostración tecnológica.
La encontró en una experiencia personal. Su abuelo había padecido alzhéimer y aquella vivencia hizo que la memoria adquiriese un significado especial para ella. Quería trabajar con inteligencia artificial, pero también desarrollar algo que tuviese un valor más allá de la propia experiencia académica.
Durante la elaboración del proyecto, su abuelo falleció, un acontecimiento que terminó de cambiar la relación de la joven con el trabajo. "Durante el proyecto mi abuelo falleció y ya como que se volvió un proyecto todavía más personal. Ya no era un TFG, sino que era una manera de rendirle un poco homenaje", recuerda. Así, las historias de otras personas mayores acabaron convirtiéndose también en una forma de acercarse a sus propios recuerdos familiares.
La comba de la infancia
Para dar forma a la idea, Lucía se puso en contacto con alrededor de 13 personas mayores vinculadas a la Universidad de la Experiencia. Quería conocer cómo recordaban sus primeros años, pero no se conformaba con una descripción superficial de aquellos momentos.
Les pidió que eligieran un juguete o un juego de su infancia y que intentasen recuperar todos los detalles posibles: los colores, los olores, la ropa que llevaban, las personas que les acompañaban o incluso las circunstancias en las que aquel objeto había desaparecido de sus vidas. La intención era reunir suficientes elementos para que las imágenes generadas posteriormente no fueran simples ilustraciones genéricas, sino representaciones construidas a partir de las vivencias de cada protagonista.
Después llegaba el trabajo con las herramientas de inteligencia artificial. Galindo transcribía las entrevistas y elaboraba instrucciones en las que recogía minuciosamente los detalles que le habían contado. A partir de ahí comenzaba un proceso de generación, corrección y sucesivos intentos con diferentes programas hasta conseguir imágenes que se aproximasen a lo que las personas mayores habían descrito.
No siempre resultaba sencillo. Algunas reconstrucciones exigieron más trabajo que otras y hubo objetos que se resistieron especialmente a las indicaciones. La joven recuerda, por ejemplo, las dificultades que tuvo para conseguir que la inteligencia artificial representase correctamente una comba, cuya forma aparecía cortada en los primeros resultados.
Había, además, una decisión visual importante: los rostros de los niños no debían aparecer en las imágenes. De esta manera, el protagonismo recaía en los objetos, los escenarios y las situaciones recordadas, pero también se abría la posibilidad de que cualquier espectador pudiera reconocerse en aquellas escenas, aunque no hubiese participado en las entrevistas. El proyecto no pretendía reproducir fotografías de un pasado que ya no podía recuperarse, sino construir una aproximación visual a partir de la memoria de quienes lo habían vivido.
La mayor sorpresa llegó cuando Lucía enseñó el resultado a sus protagonistas. La propia autora reconoce que acudió a aquel momento con cierta incertidumbre, porque estaba representando épocas y juguetes que ella nunca había conocido y no sabía hasta qué punto las imágenes se parecerían a lo que aquellas personas conservaban en su cabeza.
La respuesta superó sus expectativas. "Reaccionaron súper bien, se emocionaron", explica. Aquella acogida fue especialmente significativa para una joven que había dedicado buena parte del trabajo a escuchar historias ajenas y tratar de convertirlas en imágenes. El resultado no dependía únicamente de que una herramienta generase una escena convincente, sino de que quienes habían compartido sus recuerdos pudieran encontrar algo propio en ella.
De Salamanca a Orense
El recorrido del proyecto dio un paso inesperado cuando recibió el premio al mejor trabajo de fin de grado sobre inteligencia artificial. A partir de ese reconocimiento, Lucía comenzó a mover el documental por diferentes festivales, aunque no imaginaba que acabaría llegando a una cita cinematográfica como la de Orense. La oportunidad surgió a través de Natalia Asensio, vinculada a la cátedra que había reconocido su trabajo, quien facilitó el contacto con el certamen gallego después de que el proyecto despertase su interés.
La invitación se tradujo en una proyección especial y un coloquio en el que la joven pudo presentar su trabajo y explicar el proceso que había detrás de aquellas imágenes. No se trataba de un premio dentro del festival, una distinción que ella misma diferencia del reconocimiento recibido anteriormente, sino de una oportunidad para mostrar su proyecto en un escaparate cinematográfico de mayor alcance. "Para mí fue increíble porque al final yo no me esperaba llegar tan lejos y que seleccionen para un festival a una persona que acaba de salir de la carrera es algo muy importante", señala.
La experiencia adquirió todavía más valor cuando pudo comprobar la dimensión del certamen. "El Festival de Orense tiene muchísimo nivel", reconoce. Para alguien que acaba de terminar sus estudios, encontrarse con su propio trabajo proyectado en ese contexto supuso una experiencia que difícilmente había imaginado cuando comenzó a entrevistar a las personas mayores.
Más allá de los reconocimientos, el proyecto también le ha permitido defender una mirada diferente sobre la inteligencia artificial. Galindo considera que el rechazo que despiertan algunas de estas herramientas no debería impedir explorar sus posibilidades y sostiene que, utilizadas correctamente, pueden abrir puertas a personas que no disponen de los medios económicos necesarios para desarrollar determinados trabajos audiovisuales. "Yo, por ejemplo, he podido hacer cosas que no podría haber hecho sin la IA porque económicamente hubiera sido imposible", explica. No obstante, también considera necesario establecer límites para quienes recurren a esta tecnología con la intención de hacer daño.
Ahora, Lucía ha comenzado una nueva etapa formativa con un máster en Producción Ejecutiva de Contenidos Audiovisuales en Madrid. Todavía no tiene completamente definido hacia dónde quiere dirigir su futuro profesional, aunque continúa experimentando con la inteligencia artificial y desarrollando pequeños proyectos por su cuenta. Su paso por Orense ha supuesto una oportunidad inesperada para dar visibilidad a una iniciativa nacida de una inquietud personal y construida a partir de las historias de otras personas. Un trabajo que demuestra que, aunque la tecnología pueda generar imágenes de aquello que ya no existe, el recuerdo sigue perteneciendo a quienes lo vivieron.
Fuente: Agencia Ical








