Pilar Fernández Labrador, celebrada en el Liceo como alma cultural de Salamanca

Un homenaje cargado de simbolismo, música y versos que pone en valor décadas de compromiso con la vida cultural salmantina

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El autor esTeresa Sánchez
Teresa Sánchez
Lectura estimada: 3 min.
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El Teatro Liceo se convirtió en un espacio de memoria, gratitud y palabra compartida en el homenaje a Pilar Fernández Labrador, una figura cuya trayectoria ha quedado entrelazada, durante décadas, con la vida cultural y política de Salamanca. Escoltada por el presidente de la Junta, Alfonso Fernández Mañueco, y el alcalde, Carlos García Carbayo, la homenajeada cruzó el escenario con el patio de butacas en pie, en una ovación sostenida que decía tanto como cualquier discurso: el reconocimiento de una ciudad a una de sus voces más constantes.

El acto, impulsado por el Ayuntamiento junto a la Asociación Cultural Homero, fue concebido como una escenografía simbólica. Atriles, objetos y pinturas trazaban un recorrido por las distintas dimensiones de Fernández Labrador: la política, la cultural, la íntima. Sobre el escenario, obras de Miguel de Díaz dialogaban con referencias a la espiritualidad -como la figura de Santa Teresa- y con elementos cedidos por instituciones ligadas a su trayectoria, como el Cuerpo de Bomberos o la Tuna Universitaria.

Mientras se sucedían las imágenes de su etapa como concejala y los mensajes de figuras como José Antonio Sayagués, la palabra tomó el centro. La de quienes quisieron nombrarla con la lentitud de lo importante: "decir tu nombre, Pilar, despacio", en un gesto que resumía el espíritu del homenaje. Los poetas, desde esa conciencia de "gratitudes tardías", tejieron un agradecimiento colectivo a quien -dijeron- supo estar "cuando nadie miraba", cuidando la cultura como quien cuida una forma de amor.

Y entonces habló ella. Con una voz firma aunque ligeramente atravesada por la emoción, Pilar Fernández Labrador devolvió el homenaje a la ciudad, elevando a Salamanca como una construcción coral: "Salamanca ha sido construida piedra a piedra, verso a verso, por poetas, místicos, matemáticos, rectores, alcaldes…". En su mirada, la ciudad no es solo su arquitectura, sino un legado vivo, una transmisión que se sostiene en el esfuerzo -a menudo silencioso- de quienes crean.

Reivindicó la cultura como raíz y como resistencia: "Salamanca vive de esa sustancia antigua llamada cultura, que está desconocida en la mayor parte de las sociedades". Y, sin embargo, subrayó, aquí persiste, reconocible no solo en los edificios, sino en "ese sentir que llevamos cada uno de los salmantinos".

Hubo también espacio para la lengua, para ese castellano que definió como un territorio de profundidad inagotable. Recordó que desde Antonio de Nebrija, la ciudad ha sido "el taller del idioma más bello", una herramienta que ha permitido a generaciones de poetas nombrar el mundo con precisión y belleza.

Entre agradecimientos y recuerdos -"tantas caras queridas, tantos abrazos"-, la homenajeada rebajó la solemnidad con una sonrisa: "esto no es un homenaje, es una conspiración cariñosa para hacerme llorar". Y, fiel a su estilo, cerró con cercanía y complicidad, antes de ceder el protagonismo a la poesía.

El recital arrancó con versos dedicados a Miguel de Unamuno, en un guiño inevitable a una ciudad donde literatura y pensamiento forman parte de su identidad más profunda.

La noche fue, sobre todo, una afirmación compartida: que la cultura -esa "sustancia antigua"- sigue latiendo en Salamanca, y que en ese latido hay nombres propios como el de Pilar Fernández Labrador, ya inseparables de la historia viva de la ciudad.

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