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Recetas para educar

Juan Carlos López
Entusiasmo por la educación y por la vida

¿Quién soy yo para...?

No juzgar detail

Pues si ¿quién soy yo para juzgar a nadie? Hace tiempo que he dejado de juzgar y criticar a las personas. Ya en mis carreras, cuando corría largas distancias y en ellas teníamos largas conversaciones había tres premisas autoimpuestas por mis compañeros runners: no criticar a nadie, no hablar de política ni de fútbol.

Mi trabajo como docente me han enseñado, que detrás de cada niño hay unas circunstancias, cuando el niño no “va bien” las circunstancias son un poco más difíciles.

 

Muchos de esos niños si hubieran nacido en otras familias habrían cambiado mucho la película de su vida.

 

He estado en muchas entrevistas con madres, donde éstas lloraban de impotencia, de rabia, y de no saber que hacer, por ello he dejado de culpar a las madres de la educación de sus hijos. Sí, lo sé son los responsables, pero antes de emitir un juicio, deberíamos saber el ambiente familiar en el que vive. Después de haber visto niños que viven sin electricidad, niños que no hacen 3 comidas al día, niños que aguantan las impertinencias del novio de su madre, madres que levantan a los niños a las 7 de la mañana para repasar, pues es la hora que ellas llegan de trabajar, niños con capacidades limitadas que los padres ven como oportunidades perdidas para su vida, niños que traen las manos heladas cuando vienen de su casa, niños que envuelven su humilde bocadillo con la ficha que se llevaron el día anterior, después de esto he dejado de juzgar.

 

Todos estamos buscando lo mismo, la felicidad, y con coordenadas parecidas: amor, reconocimiento. Los caminos y escaleras que usamos son diferentes, en ocasiones porque la realidad está distorsionada. Las pelis nos dicen que el dinero es el camino, luego los famosos nos recuerdan que ellos lo tienen y no lo son.

 

Todos buscamos lo mismo, unos con una carcasa de belleza, otros con un cuerpo más tullido. Unos engalanados en caras telas, otros con unos simples harapos, pero buscamos lo mismo. Y la vida nos va recordando que somos iguales.  Volviendo a mis carreras, veía que en pantalón corto todos éramos iguales, y todos sufríamos iguales, daba igual la posición social el dinero o los estudios, el maratón nos igualaba y nos ponía a cada uno en su sitio.

 

Lo mismo pasa con la enfermedad o la muerte, nos va a igualar a todos.

 

En ocasiones, observo que la gente juzga el presente de las personas, por el pasado de cada cual, “claro se lo merece, con lo que ha bebido” ( yo pienso que el sufrimiento no se lo merece nadie). “Con la vida que ha llevado su padre, no me extraña” (pero qué culpa tienen los hijos de sus padres, son las consecuencias de ellos).

 

Creo que la sensibilidad por el sufrimiento ajeno es una virtud a potenciar, nos hace más humanos, nos une.

 

Y como decía Bo Lozoff, la vida son anillos de alegría y tristeza y todos entrelazados.

 

Cuando tratas con personas que han sufrido mucho la mirada de la vida cambia, al menos la mía, y te haces más comprensivo, más sensible.

 

Cuando una persona camina de manera extraña, metiendo un pie hacia dentro, o encorvado, o agarrándose, es porque hay otra parte del cuerpo que le obliga y le duele. De la misma forma nos pasa en la vida, cuando actuamos de una manera “rara” ante los ojos de los demás, es porque hay algo dentro que nos obliga, que nos duele. Se tolerante el otro vive una luche tan importante como la tuya.

 

Lo dicho, ¿pero quién soy yo para…?

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