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Recetas para educar

Juan Carlos López
Entusiasmo por la educación y por la vida

ALGUIEN ME LO TIENE QUE DECIR

Alguien me puede decir detail

Pues sí, alguien me lo tiene que decir, cuando me voy a testar…, cuando sólo veo las cosas desde un prisma…, cuando me ciegue el egoísmo..., alguien tiene que hacerme de espejo.

Hace unos días asistí a un acto, que según discurría parecía endogámico. La presentación no tenía los mínimos requisitos que debe tener para una exposición en público, pero nadie se lo había dicho antes a los organizadores y, cuando terminó, tampoco nadie se lo dijo. Es más, tuve la ocasión de preguntarles sobre el acto y me dijeron que “había sido un éxito”, que había mucho público. Pero ellos no habían recibido el sentir de los asistentes, con muchos de los cuales pude hablar.

 

Muchas veces, creemos que el mundo funciona con la teoría egocéntrica, que solo existimos nosotros y “estos de alrededor que nos han puesto para molestar”. No creemos que los demás también tienen sentimientos, que los demás también tienen ocupaciones, que a los otros también les torturan sus pensamientos.

 

En la vida las personas e incluso las situaciones, tienen más de una cara, cómo mínimo tienen cara A y cara B. Dependiendo de cómo nos sintamos vemos solo una de ellas; hay veces que solo vemos lo malo de los demás y en otras ocasiones solo vemos lo bueno nuestro. El tener cierta humildad e inteligencia para ver las dos partes nos dará una visión más enriquecida, que nos permitirá tener más opciones de elección y de comprensión

 

Es una necesidad que alguien nos haga de espejo, que nos haga ver esa cara que no vemos o nos cuesta ver, que nos haga reflexionar. Un espejo no acostumbrado, pues la costumbre daña, quiero decir, la primera vez que vemos una cosa mal hecha, mal dicha, mal colocada, destartalada, nos choca; la segunda vez, bueno no tanto... pero las sucesivas ocasiones hace que nos acostumbremos a verlo así.

 

Decía Plutarco, “No necesito amigos que cambian cuando yo cambio y asienten cuando yo asiento, mi sombra lo hace mucho mejor”, necesitamos que alguien nos lo diga que nos haga crecer, sin acritud, sin mala baba.

 

Lo precisamos en los pueblos, en los colegios, en los trabajos, en las casas, y por su puesto a nivel personal.

 

Suelo comentar que un colegio que no tiene la visión de los padres es un colegio tuerto, pues hay cosas que se ven distintas desde el otro lado. Se trata de girar el tablero y ver la jugada desde otro punto de vista.

 

Y la edad no debe ser una excusa para no hacerlo. Porque una persona pase ya de los ochenta, no debemos dejar de decirle qué cosas de las que hace, hacen daño a los demás. Nunca es tarde para aprender. ¡Que no sea un argumento “es que es así y ya no hay quién lo cambie…!”. Quizás nadie le hizo ver nunca la cara B de lo que hacía y aún pueda rectificar.

 

Toda ayuda debería tener un par de matices: el primero, hablar desde la serenidad, desde la buena voluntad, con el deseo de ayudar. Mucho mejor sería no tener que decirlo, sino conducir a la otra persona para que ella misma se diese cuenta. ¿Cuántas veces nos manchamos de chocolate al comer un helado y no nos vemos hasta que alguien nos lo dice? Pues, de igual manera muchas veces con nuestra conducta, acciones, o formas, vamos “manchados” y no nos damos cuenta.

 

El segundo matiz incumbe a quien recibe la ayuda. Tiene que ponérselo fácil al otro con una actitud receptiva, aunque nos siente mal esa observación, hay que agradecerla, no se trata de hipocresía, se trata de cultivar el elemento constructivo de la crítica que nos hará crecer y mejorar.

 

En muchos lugares de trabajo, colegios, centros de salud…, cuelgan posters que ya amarillean pero que no se quitan “por costumbre”: cuando los posters amarillean también lo hacen las personas.

 

Debo considerar el mundo como un espejo, ver a la gente que me rodea y sus circunstancias como los profesores que me ha regalado la vida para crecer. Cuando vea a alguien en “modo clave de felicidad”, es un modelo a seguir, cuando veo alguien que lo está pasando mal, la vida me manda un mensaje para que reflexione, unas veces para ser agradecido, otras para espabilar.

 

Y es que alguien me lo tiene que decir:

  • Si mi habitación es un desastre.
  • Si voy como una gallina matada a escobazos, (como decía mi madre).
  • Si mi carácter ahuyenta a la buena gente.
  • Si esa ropa me sienta fatal.
  • Si las reuniones que dirijo son insufribles y mal estructuradas.
  • Si mi trato no es el correcto.
  • Si soy un adicto al trabajo, o me escondo en las ocupaciones para no dar la cara a la vida.
  • Si mi organización es caótica y me lleva a vivir una vida estresante que altera a mi familia.
  • Si estoy esculpiendo una cara de amargura permanente.
  • Si soy un padre que estoy creando “un pequeño monstruo” de hijo. (Como decía José Antonio Marina, “No pienses en el mundo que dejas a tu hijo sino en el hijo que dejas al mundo”)
  • Si estoy perdiendo mi vida, sin un proyecto de la misma.
  • Si el cinturón no me vale, y no le escucho, alguien me lo tienen que decir, pues sino será la vida quien me lo diga por las malas con una enfermedad… o si no me estoy cuidando, alguien tendrá que decírmelo antes de que sea el médico quien me lo diga.

 

Existe un libro de ilustraciones excelente que se titula “Con ojos de niños“ de Frato, que nos hace reflexionar sobre cómo los niños ven el mundo. Este libro nos sorprende con su visión, de igual manera que lo haría si escuchásemos a todos los que están a nuestro alrededor.

 

Si queremos mejorar, debemos evaluar, y evaluarnos, todo lo que no se evalúa se devalúa.

 

Hace unos años tuve la suerte de trabajar con Mónica, un crack de la educación, trabajadora, entusiasta, creativa, con un excelente inglés americano, sobre todo crítica y receptiva.

 

Todos los años llevábamos a cabo una mañana de talleres con grupos de cien niños cada hora y con tan sólo cinco minutos entre taller y taller. En ese mínimo descanso teníamos que beber agua, descansar y sobre todo evaluar la actividad para mejorarla para la siguiente sesión. Por lo que, no teníamos tiempo para ser políticamente correctos, nos decíamos todos los fallos rápidamente: “Te mueves mucho, me tapas, habla más despacio, no grites que asustas, sepárate de mí para controlar la disciplina cerca de la puerta, déjame que dirija yo esa canción” … y así hacíamos en todas las paradas.

 

Durante la duración del taller, siempre estaba con nosotros un compañero que se encargaba de la intendencia. Al día siguiente este compañero nos comentó: “No lo entiendo, os poníais verdes entre sesión y sesión y no os enfadabais”, así era. A este efecto lo terminamos denominando el “efecto multiplicador”, que nos servía para que, a partir de una idea de uno, el otro la mejorara y dar así un paso adelante.

 

Por supuesto se puede y debe decir también en clave positiva. Acostumbro a ser generoso en el halago, y espontaneo en lo que me agrada, y disparo con facilidad, un “¡qué guapo estás!, ¡me gusta tu peinado!, ¡qué casa más bonita tienes!, o ¡me encanta como hablas!”. Creo que eso ayuda y mucho.

 

¡Ah! Y un detalle importante, no olvidemos que “la crítica siempre en privado y el halago en público”

 

Se trata de cooperar para mejorar. Y sí, se necesita de cierta madurez, para saber encajar, o puede que sea necesario también aprender a “cómo encajar”.

 

Lo dicho, al menos a mí, cuando meta la pata y no me dé cuenta, por favor, alguien me lo tiene que decir

 

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