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Para profesionales

Raúl García Díaz
Reflexiones y consejos para verdaderos profesionales, independientemente del puesto y del sector en el que trabajen.

LA CONDENA DEL TRABAJO

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«Con el sudor de tu rostro comerás el pan» (Génesis 3:29).

El castigo sobrevenido por el pecado original fue la expulsión del Paraíso y tener que trabajar para alimentarnos. En fin, que el trabajo es una condena. O al menos para la tradición judeo-cristiana de la que provenimos, el trabajo es sudor, dolor, esfuerzo…

 

Es interesante que sigamos manteniendo este concepto del trabajo después de tanto tiempo (la cita es antigua, más o menos de cuando se creó el mundo). Seguimos tratando de evitar el trabajo y si no es posible, sufrimos. Actualmente muchas de las personas que trabajan, mayores y no tan mayores, sueñan con llegar a la jubilación. Situación que paradójicamente cada año que pasa me parece más lejana. Y muchos jóvenes sueñan con poder vivir sin trabajar o ser funcionarios (que no entiendo muy bien qué tiene que ver una cosa con la otra, quizá piensen que los funcionarios no trabajan).

 

Estamos deseando que acabe la semana cuanto antes, es decir que llegue el viernes. Y sufrimos los domingos por la noche pensando que al día siguiente nos toca trabajar. Siguiendo con la cita del Génesis, parece que tuviéramos que cumplir cinco días de condena, de los siete que tiene la semana. Y qué decir del fin de las vacaciones de verano… Estrés postvacacional lo llaman ¿verdad?

 

Incluso se han acuñado un montón de frases superimpactantes y que quedan muy bien en una conversación con amigos. Por ejemplo cuando alguien te pregunta: «¿tú vives para trabajar o trabajas para vivir?». La respuesta es que trabajas para vivir, porque como digas lo contrario prepárate para las reprimendas. Pero lo que implícitamente te dice esa pregunta es que cuando estás trabajando no estás viviendo: mientras estás trabajando estás muerto. Por lo tanto, evita trabajar, hazlo sólo si no tienes otra opción en la vida.

 

Otra fase atribuida a Confucio también se las trae: «Elige un trabajo que te guste y no tendrás que trabajar en la vida». Pero si el problema no es elegir un trabajo que te guste, es que realmente puedas comer de él. Eso es lo difícil. Muchos de nosotros podríamos trabajar haciendo cosas que nos gustan. Que nos paguen por ello y que además podamos comer gracias a ese trabajo es otra cosa. Pero vuelvo al planteamiento anterior, implícitamente la frase quiere darte la solución para conseguir no trabajar en tu vida. El objetivo es conseguir no trabajar nunca.

 

Efectivamente nuestro concepto del trabajo es realmente negativo porque pensamos que es algo desagradable, esforzado, sin suficiente compensación, que nos impide disfrutar realmente de la vida, que nos quita tiempo para estar con nuestros amigos y nuestras familias, que impide que practiquemos nuestros hobbies… Y por lo tanto debemos alegrarnos cuando acaba (excepto si eso supone ir a la fila del paro) y entristecernos cuando empieza (excepto si venimos de la fila del paro).

 

Pero no nos conformamos con sufrir únicamente nosotros por el trabajo, sino que tratamos de contagiar ese sufrimiento a los demás. Y mejor cuanto más pequeños, no vaya a ser que disfruten con su trabajo cuando sean adultos. He de reconocer que me sorprendió la primera vez que oí a un padre decir a su hijo de 4 años: «¡qué bien que hoy es viernes y mañana no hay colegio!». Después de varias semanas me dejé de sorprender porque es una exclamación bastante usual. Algunos padres también suelen decir a sus hijos frases similares el último día de colegio antes de vacaciones. Incluso, cuando coincido con padres los domingos en algún cumpleaños o en el parque, siempre hay alguno que le dice a su hijo de 5 años totalmente entristecido: «vaya, mañana al colegio, qué pena». Hago hincapié en la edad porque los niños entre los 4 y 6 años se divierten en el colegio. Porque en clase juegan, se divierten y, por supuesto, aprenden. Porque a esa edad no tienen por qué ser actividades excluyentes, pero les enseñamos que pueden serlo.

 

El ser humano se mueve por expectativas, por lo que esperamos que ocurra. Y nos influyen directamente en nuestros comportamientos y nuestras emociones, en ocasiones inconscientemente, como cuando se produce el Efecto Pigmalión. No digo que si tenemos un trabajo que es una mierda sólo con pensar que es superemocionante se convertirá en uno guay. Lo que digo es que si tenemos un buen trabajo y pensamos que da asco, al final conseguiremos creer que tenemos un trabajo de mierda y que se convierta en una condena.

 

Hemos aprendido desde niños que el trabajo es como la peste, hay que huir de él como alma que lleva el diablo. Quizá no sea tarde para inculcar a nuestros pequeños que el trabajo también puede ser una fuente de satisfacción, aunque simplemente sea para tratar de garantizar nuestras pensiones.

 

Gracias por leer.

 

Raúl García Díaz es director de la consultora de recursos humanos Entrepersonas

www.entrepersonas.com

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