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Para profesionales

Raúl García Díaz
Reflexiones y consejos para verdaderos profesionales, independientemente del puesto y del sector en el que trabajen.

La conciliación

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En toda serie policiaca que se precie llega un momento en el que, ya sea por la muerte de un agente o porque su pareja le echa en cara algo que ha hecho, ha dejado de hacer o ha olvidado, se oye la manida frase: «ya sabías qué significaba casarte con un policía cuando te casaste conmigo ». Y la pareja le mira no sé si con cara de que ya sabía lo que significaba, de que no sabía lo que significaba o de que se le había olvidado por completo.

 

Cuando decidí aceptar mi primer trabajo no sabía lo que significa tener un trabajo (ya he dicho que era mi primer trabajo), pero las ganas y la energía de la juventud lo pueden todo. Por eso empecé a echar más horas de las que figuraban en el horario oficial y, por lo tanto, a quedarme más tarde de lo necesario. Me gustaba estar en el trabajo: aprendía cosas, socializaba con otras personas, resolvía problemas… y encima me pagaban.

 

Los jefes, los compañeros y yo íbamos asumiendo como algo normal mis excesos en el tema del horario. Pero la verdad es que mi jefe estaba encantado conmigo porque siempre aceptaba cualquier marrón que me ponía delante. Además sin malas caras ni quejas como hacían otros compañeros (todo hay que decirlo).

 

Al cabo de un tiempo mis amigos se empezaron a quejar de que no quedaba tanto con ellos como antes de tener trabajo. Y he de reconocer que muchas fiestas me perdí por tener que quedarme a apagar algún fuego o algún incendio. Mi familia y mi pareja tardaron un poco más en quejarse, pero también lo hicieron. No hice mucho caso ni a mis amigos, ni a mi familia ni a mi pareja. En realidad me estaba labrando mi futuro y gracias a todas las horas que eché y todo lo que aprendí al cabo de varios años conseguí mi segundo trabajo. Una gran mejora laboral.

 

Qué decir cuando se comienza un nuevo trabajo en una nueva empresa: te comes lo que te pongan por delante. Cambiaron algunas cosas y otras no. Seguí con mi horario de diez horas diarias (ahora que había conseguido un trabajo con cierta responsabilidad no era el momento de aflojar). Eso no cambió. Ni tampoco cambiaron mis ganas, ni las quejas de las personas de mi entorno por mis ausencias a celebraciones, reuniones y quedadas (aunque ya se iban acostumbrando). Lo que sí que cambió fue mi salario que fue a más, al igual que mi estrés. No todo iba a ser positivo.

 

¡Y llegó la promoción! Después de varios años y una boda (la mía para más señas), por fin se reconocían mis méritos y me gané el ascenso. Como las diez horas en el trabajo ya no eran suficientes, me empecé a llevar trabajo a casa. He de reconocer que ya lo había hecho anteriormente de manera puntual, pero entonces comencé a llevarme a casa todas las tardes la carpeta con documentos y el portátil de empresa. Incluso en casa me reservé una habitación para poder trabajar tranquilamente los fines de semana.

 

Hace tres años nació mi primer hijo. Hoy me ha sorprendido la reacción de mi jefe cuando le he dicho que no podía asistir a una reunión porque tenía que ir a la guardaría. Me habían llamado por teléfono porque mi hijo tenía fiebre. Había pensado que con un chute de Apiretal a primera hora de la mañana iba a ser suficiente para que aguantara hasta la tarde, pero no fue así. Lo que más me ha molestado de la reacción de mi jefe es que me dijera que yo había cambiado en los últimos años. Como si el tener un hijo no te cambiara la vida completamente. Y está claro que si quiero llevar a mi hijo a la guardería, irle a recoger por la tarde, jugar con él hasta la noche, contarle un cuento y meterle en la cama, ya no puedo trabajar diez horas al día. Ya no puedo trabajar como antes.

 

Mi jefe hoy me dijo: «ya sabías qué significaba tener un puesto de dirección cuando lo aceptaste». Y yo no sé si puse cara de que ya sabía lo que significaba, de que no sabía lo que significaba o de que se me había olvidado por completo. Lo que sé es que tengo que conciliar. De eso estoy seguro.

 

Nota: Los personajes y hechos retratados en este texto son completamente ficticios. Cualquier parecido con personas verdaderas, vivas o muertas, o con hechos reales es pura coincidencia

 

Gracias por leer.

 

Raúl García Díaz es director de la consultora de recursos humanos Entrepersonas

www.entrepersonas.com

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