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‘Entre hojas y huellas’

Javier Álvarez Fariña

Sin tierra, sin alma

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Cuando lo inesperado desarticula nuestra vida, nos volvemos distintos súbitamente, en un instante. Y lentos. Vemos marchar a la multitud a toda velocidad en los vagones de la normalidad mientras nosotros nos quedamos petrificados en una estación desconocida, sin reacción posible. Pronto asumimos el sentido mismo de la soledad, palpando lo trascendental. Se nos viene la tragedia encima y las palabras sobran. Allí instalados, ¿cuán infructuoso resulta intentar transmitir sensaciones apostadas hondamente en nuestra alma a unos semejantes que no quieren detener su paso para escuchar un susurro de autenticidad? El vacío de la incomprensión es tan profundo que maldecimos la frivolidad envolvente, y al final la contrariedad se opone al orden pujando por una rebelión de base.

 

Imagino la misma muerte espiritual en el corazón de Makataemishkiakiak cuando el gobierno estadounidense subyugó a sus sauks allá por 1832, arrebatándoles sus tierras y encerrándoles en reservas; ¡maldito eufemismo! La suya fue una entre un océano de tragedias vividas por los pobladores originarios de esos territorios, donde nativos fueron víctimas de las ansias de dominación del imperialismo. El Gran Jefe Seattle articulaba años después esa desolación interna -únicamente imaginable desde la perspectiva de seres humanos ligados a la sustancia de su entorno- en su célebre carta al presidente Franklin Pierce:¿Cómo se puede comprar o vender el cielo o el calor de la tierra? ¿Qué resta de la vida si un hombre no puede oír el llorar solitario de un ave o el croar nocturno de las ranas alrededor de un lago?”, decía.

 

¿Cómo vivir sin ser?

 

Pese a que comprender esa clase de integridad hoy nos resulta difícil, actualmente sí somos herederos de una tierra sobre la que tenemos que rendir cuentas. Principalmente porque es sagrada para nosotros no tanto por sus símbolos, con los que nos llenamos la boca, sino por su misma pureza y riqueza primigenia. Sin embargo no hacemos más que fragmentarla, empobrecerla, abandonarla. Veo demasiada de nuestra naturaleza, de nuestro patrimonio salvaje, destinado a reservas, acotado en parcelas, encerrado entre muros de alambre como meras posibilidades en lapsos de asueto.

 

Dominancia, el camino de la autodestrucción

De norte a sur hemos cultivado el recelo hacia el resto de criaturas, así como la necesidad de dominarlas sin entenderlas, y de obtener el vasallaje de un mundo natural perfecto por sí solo, pero defectuoso en nuestras manos (¡cómo puede soportar el ego humano semejante verdad!) En los montes españoles todo animal salvaje vive presa de la última conclusión de aquél líder SuquamishLa vida ha terminado. Ahora empieza la supervivencia”. Este régimen de dominación debe redirigirse porque ha equivocado su camino. 

 

“La técnica está destinada a conseguir la relación entre naturaleza y humanidad, no puede aplicarse al dominio per se de la naturaleza”. Escuchándolas en el contexto actual, las directrices de Walter Benjamin se perfilan nítidas ante la acuciante necesidad de encontrar el sentido a nuestra posición dentro de la Tierra. Nos corresponde plantear soluciones a las barreras que hemos establecido entre nosotros y el lugar que nos vio nacer, y al que, más tarde o más temprano, todos seremos devueltos.

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