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‘Entre hojas y huellas’

Javier Álvarez Fariña

Patria ancestral

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Tras los desastres ecológicos y la crisis de la biodiversidad se esconde un profundo y masivo abandono de la espiritualidad humana

Una montaña de basura esconde las miserias del alma. Es un campo de batalla de símbolos perdidos. En esos lugares los desperdicios siempre reposan apretujados tratando de esconder vergüenzas, fundidos en una masa de inmundicia, multiforme y plegada, sin retorno posible. Desterrados, a esos remotos restos de la humanidad sucumben las hambrientas anécdotas de los orígenes. Ahí, las cigüeñas, los niños, las cornejas y los hombres son parte del suceso; luminosos y efímeros a partes iguales.

 

La curiosidad al lance vence con premura; ¡qué apego profesamos al hecho, a la anécdota! Nos sentimos vivos en el comentario sucinto, la definición vehemente, el destello de materialidad, pero qué esquivos nos mostramos cuando el peso del argumento nos pide implicación, esfuerzo y dedicación altruista. Nos hemos convertido en animales de fugacidad, adictos al instante, seres cautivos ante resplandores lacónicos fulgiendo y absorbiendo un suspiro de nuestra atención... hasta cazar el próximo chispazo.

 

Tanto que ni el fuego es capaz de ensimismarnos. Ese mismo fuego que se propaga con cada vez más virulencia por una tierra deshidratada. Nuestra tierra. Que arranca vidas y siega sueños. Que, voraz, asola el corazón del bosque y funde madera y carne sin aflicción. Un fuego empeñado en volver porque su popularidad es estacional. Porque ataca verdaderamente a quienes no tienen voz, voto y dueño. Y porque aunque su presencia profundice en nuestras retinas, para nosotros, amantes de la novedad, su huella es exigua. Es tan somero el rastro dejado por la noticia entre nuestro confort que hemos renunciado a profundizar en su desarrollo, analizar sus consecuencias y proyectarnos en sus nombres.

 

Y lo sufrimos

Prueba de ello son los incendios de Galicia y Asturias, por citar los más recientes, donde bajo su diversa casuística (déficits de prevención, de gestión y ordenación del territorio, de aniquilamiento de las masas forestales autóctonas, carencias legislativas, malos usos del suelo o precariedad laboral... componentes todos ellos cruciales y reales ante los que ciudadanos y políticos, por este orden, debiéramos prestar la máxima atención), subyace la insuficiencia más elemental; el abandono espiritual humano.

 

Estos maltratos al medio natural son fruto de nuestras carencias sensitivas para con el entorno; para con el zorro y el buitre, para con la retama y el roble, para con el aire y la montaña. Para incluso con el otro ser humano y la comunidad. Porque todo lo valioso del único sistema perfecto y primigenio, su esencialidad, merece más que el instante concedido, merece una reflexión en lo más hondo de nuestra conciencia. Básicamente porque debemos identificar nuestro verdadero sentido de pertenencia al todo, pieza afectante y afectada del ecosistema. Somos parte del total de la biosfera.

 

Si pensamos que la naturaleza no es rentable es porque no somos capaces de percibir su incalculable valor. Si creemos que la naturaleza tan solo sirve para proveernos es porque no somos podemos reconocer su nobleza pura y su inmejorable sustancia. Si reducimos el mundo natural a lo anecdótico, lo superfluo, es porque renegamos de nuestra verdadera patria. Reivindiquemos la estancia, la contemplación y el entendimiento de nuestro propio ser. Detengámonos a comprender el sentido de lo primario. Molestémonos en adquirir una sabiduría que no puede ser comunicada, debe vivirse.

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