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‘Entre hojas y huellas’

Javier Álvarez Fariña

El reino de las aves

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Las singularidades recientes poseen una fogosidad de baja custodia; su mirada cercana abraza con vehemencia pero sin rectitud, abandonándonos, tal vez, a recoger estampas inverosímiles. Así, la nieve ha liberado un invierno de lluvias tardías y compactos hálitos, donde las nubes corren secas de lágrimas marchando sobre un aliento de menor brío. En definitiva, se viene una estación fría y menos natural, aunque con ímpetu de obligado cobijo, hecho siempre propicio para disfrutar de sus corrientes de soledad y rumores eternos.

 

Unas y otros son atraídos por las atmósferas grisáceas del dominio invernal; espacios creados para las vigilantes naturales entre el artificio. Ellas, las aves, se perfilan, bailan y pintan el cielo homogéneo con líneas radiantes. A veces surcan el silencio plasmando siluetas de enorme belleza, otras rasgan la tristeza con cantos polifónicos. Las colosales llanuras por las que medran, despobladas, gélidas, fulgen con la infinita expresividad del sutil planeo lejano, del batir frenético que besa el campo yermo. Así es el reinado de los pájaros libres, un enorme obsequio al viento del lenguaje místico expuesto tras cristales empañados. ¡Mírenlo, está frente a ustedes!

 

Entonces, la realidad escarchada arrastra ahí fuera su tremenda vibración. Los caminos, ahora abandonados, se inundan de sus sombras y voces. Aún más de sus colores. En lo alto, esbozado por el sol, abundan los calmosos haces pardos y níveos del milano vigilante, paciente y majestuoso. Al paso sigiloso a orillas de un arroyo sorprende la violenta sacudida de la garza y su destello plateado retratado en la raída colina castellana. Más solemne y gallarda resulta la presencia de los buitres, quienes, amigos de las corrientes y sus soplidos, surgen oscuros y aterradores en una distancia que no hace justicia a sus plumajes nobles y su liso y suntuoso pescuezo.

 

Entre pinos nos engañan los vivos colores de arrendajos y abubillas, desafiando con su vuelo quebradizo nuestra visión. Carboneros, cernícalos, azores o escurridizos mochuelos fascinan con sus pinturas aéreas de virtud consumada. También encontramos admirables juglares e ilustres dibujantes en garcetas, avefrías, cornejas y las atemorizadas y escasas codornices. Las acrobacias de Ellas son el latir del firmamento. Su piel emplumada esconde el perfume angelical. Y aún es tan poco decir entre tanto portento, que dejo a su idioma divino expresar su purificador afonía mediante trazados alegres por, estos, sus paisajes

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