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‘Entre hojas y huellas’

Javier Álvarez Fariña

De historias contadas

Noche detail

...Y recuerdo verme arrancado de un mullido césped bañado por la luz de estrellas estivales y sentirme propulsado muy alto por la emoción, tan arriba como un par de alas impregnadas en sensaciones eléctricas pueden disparar la imaginación. Henchido de agitación, planeé por una nube inmensa donde habitaban rostros mágicos y voces sugerentes palpitando al unísono por la realidad. Eran los anocheceres de los grillos y los mochuelos, de las calles abiertas al tacto de la brisa nocturna. Era el gorjeo de una tradición heredada y sentida por todos los allí presentes, por todos los que decidimos amar el paraíso que se nos ofrecía.

 

El crepúsculo, hoy también, desliza esas historias que pulen el espíritu, y estas, precisas y preciosas, rondan la mente atormentando la voluntad. Son una suerte de relatos inmortales, repartidos aquí y allá, de los que no podemos desprendernos. Al fin y al cabo ¿cómo olvidar lo imborrable o acariciar impasible el tacto de la nostalgia? ¿Cómo pasar sin más por el sentimiento? ¿Cómo vivir eludiendo el anhelo? La grandeza de esas historias permanece intacta por escapar del papel y la institución, desafiando tales miopías. No en vano suscribirlas sería deshonrar la verdad, quebrar su originalidad y tratar de aglutinar sus momentos bajo una sola mirada. Es más, son tantos los ojos que protagonizan cada uno de sus instantes, que sin todas las actuaciones, sin cada una de sus voces, sería imposible componer una estrofa digna de acercarse a su dimensión.

 

Al respirar su entidad se forma un vínculo irrompible. Es tan intensa su estela que basta un instante de abstracción para sentirlas resurgir en nuestro interior, propagando una magia que mantiene vivo el relato. Es entonces cuando su armonía fluye sin necesitar mensajero u objeto, esculpiendo su figura en lo más profundo del ser. Percibir esas narraciones es como desvanecerse entre el viento viendo dibujado en nuestro rostro una última e interminable sonrisa en pleno estertor de muerte, dejándonos ir cual eslabón privilegiado, único y conectado. Siempre vivo y dentro de su naturaleza.

 

Esas historias disimuladas a veces reaparecen en la evocación que bardos y juglares hacen de unos mitos y leyendas agarradas con fuerza a nuestras pasiones dormidas; también estallan desde la oscuridad como aullidos y gruñidos que obviamos y nos narran saberes abandonados; incluso los ruidos coordinados del crujir de las ramas más finas al soplar de una ráfaga solitaria, personifican su existencia. En su presencia sentimos ser ese apéndice resonante de un conjunto indivisible que nos compromete por herencia, por pertenencia. Encajamos en un anárquico mecanismo que nos convierte en renglones eternos. Y como uno de tantos, lo contamos, a nuestro modo, componiendo una más de las versiones de una extensísima melodía inconclusa cargada de una hermosura que conmueve los corazones. Finalmente, ahí fuera vuelan, esperando en el aire con mesura y presencia sibilina, tratando de cautivar un oído curioso sobre el que verter su ancestral tarareo, tras el cual juegan sus asombrosos rostros y se inician búsquedas en las que la soledad es irrelevante.

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