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El callejón de Hamel

Fernán Labajo

La verbena

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No entiendo por qué tras el concierto realizado por los concursantes de la primera edición de Operación Triunfo, la crítica más usada de manera peyorativa fue la de “esto parece una verbena”.

Cuando era niño y pasaba los veranos en el pueblo, las fiestas patronales eran el mayor símbolo de libertad para un chaval de ciudad acostumbrado a tener restricciones hasta para bajar al parque de los columpios. Para mí, una verbena era como un macro concierto, un evento muy similar a la llegada de los Rolling Stones a la España post franquista.

 

Semanas antes del comienzo de los festejos, los más jóvenes echábamos un vistazo a los carteles que colgaban en las paredes de los bares con los nombres de los grupos que vendrían ese año. De esta manera, ya podíamos hacer nuestras cábalas. A veces, sólo por la foto ya podíamos intuir si esa banda iba a ser de nuestro agrado o si, por el contrario, iba a pasar directamente al cajón del olvido.  

 

Éramos el público más fiel y a la vez crítico al que cualquier músico se pudiera llegar a enfrentar. El repertorio debía ser adecuado y cumplir unos tiempos establecidos, que empezara con un poco de ‘pachangueo’ y acabara con un rock del bueno que invitara a empujarnos como hacen las personas totalmente cabales durante las fiestas. Teníamos un gusto tan exquisito y habíamos educado tanto el oído que en el primer acorde ya sabíamos si esa banda podría cumplir las expectativas.

 

Las verbenas son un auténtico espectáculo, uno de los mejores que cualquier ser humano puede vivir. Por esta razón, no entiendo por qué tras el concierto realizado por los concursantes de la primera edición de Operación Triunfo, la crítica más usada de manera peyorativa fue la de “esto parece una verbena”.

 

Tengo la impresión de que algunos piensan que los únicos músicos buenos son aquellos que sacan discos y tocan en grandes escenarios. Sin embargo, se olvidan de que muchos se han forjado tocando en orquestas que recorren durante meses los pueblos, aguantando peticiones, quejas y algún que otro iluminado que se sube al escenario a cantar porque, según le dicen, “tiene un torrente de voz”. Después, apenas duermen dos horas y cogen la carretera para irse a otro lugar. Por cierto, David Bisbal es un ejemplo.

 

Me sorprende que obvien que muchos de los artistas que más lejos han llegado no saben entonar si no tienen un estudio detrás, que apenas saben tres acordes de guitarra y, para colmo los tocan acallados por su banda. Probablemente, incluso estos músicos que llevan detrás también hayan comenzado en verbenas.

 

Hay quien piensa que lo popular es algo burdo y zafio, demasiado vulgar para un gusto tan exquisito como el de los modernos de mierda, que por ir a cuatro conciertos de sala ya creen que saben de música. Está de moda ningunear a artistas que no componen canciones que hablan de cosas que ni ellos mismos entienden y que, sin embargo, consiguen la difícil empresa de que todo el mundo disfrute en la plaza del pueblo.

 

No sé quién será, para los que utilizan de forma negativa el concepto de verbena, un buen músico. Pero sí me gustaría comprobar qué pasaría si llevaran a un grupo relativamente conocido a un pueblo para que canten sus canciones. Tal vez cuando caiga en el escenario un cachi de cerveza piensen que hay demasiado cateto suelto, sin tener en cuenta que igual los catetos son los que creen que cualquiera puede ser artista. 

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