Silueta original

El callejón de Hamel

Fernán Labajo

Aquí no hay turrón

Mercado detail

Nadie me dijo que en los mercados navideño vendían de todo... menos cosas navideñas. 

Siempre fui de aquellos ilusos que por ver cuatro excentricidades pensábamos que ya lo habíamos visto todo en la vida. Cada día que pasa tengo más claro que no hay que bajar la guardia en ningún momento, nunca. Ni aunque tengas 80 años y la sabiduría de un anciano que ha visto 3 guerras y cinco revoluciones. El ser humano es tan extraordinario que siempre se guarda un as en la manga para decir que aquí está él.

 

El otro día iba paseando por un mercado navideño, uno de esos lugares tradicionales de estas fechas. Es fácil de reconocer porque suele estar en un enclave único, tiene unas decenas de casetas de madera y adornos a porrillo. Por el nombre, ustedes podrían pensar, como es lógico, que en estos puestos se venden belenes, mazapanes, turrones y espumillones para darle un toque a tu casa.

 

Pues no vayan de listos, porque no son tanto como creen. En un mercado navideño hay de todo. Queso, jamón, chorizo, pan, zapatillas, cojines, pulseras, armarios, bombillas, pilas… Es un mercado, ¿cómo no va a haber de todo? Así que pensé en comprar unos turrones, no fuera a ser que a día 2 de diciembre me pillara el toro y tuviera que estar haciendo acopio a última hora, como siempre.

 

“Aquí no hay turrón”, me dijo amablemente la tendera que estaba en la única caseta que contenía dulces. ¿No hay turrón? ¿Y qué tienen? De todo: bizcochos, palmeras, napolitanas de cinco sabores diferentes, dulces de leche, galletas. Pero ni una sola tableta. Lo más curioso es que me mirara de arriba abajo como diciendo “Y este, ¿de dónde se ha caído?

 

Y tiene razón. He sido demasiado iluso como para pensar que en un mercado navideño podría comprar algo tan típico como el turrón. Eso lo venden en los supermercados, o en las tiendas de ropa. Pero, ¿en un mercado navideño? Qué despropósito. No sé qué será lo próximo; probablemente entrar en un restaurante y pensar que allí voy a comer algo.

 

Menos mal que el belén y el árbol ya lo tenía comprado. Si no, me veía dando vueltas y revolviendo entre los puestos en busca de una mísera rama para decorar mi casa. La buena noticia de todo esto es que ahora estoy preparado para dejar que me sorprendan a diario. 

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