Silueta ruth pindado original

El Brindis

Ruth Pindado
El blog de Ruth Pindado en Tribuna de Ávila

Un brindis con Ester Nin y su “Nit de Nin”

Viva el vino y las mujeres
Y las rosas que calienta nuestro sol
Viva el vino y las mujeres
Que por algo son regalo del señor
Y vivan los cuatro puntos cardinales de mi patria,
Que vivan los cuatro juntos,
Que forman nuestra bandera y el escudo de mi España.

                                   Manolo Escobar

 

Suena Manolo Escobar, y no es música de fondo, está alta, lo suficiente como para que tengamos que acompañar el habla con gestos, o hacerlo a gritos. Entre extrañada y divertida le sonrío a Ester Nin, pero no me devuelve el gesto, espera paciente a que termine la canción, luego apaga la radio y se sienta a mi lado.

  • ¿Qué ves?- dice seria y guarda silencio.

 

La verdad es que no sé si se refiere a que describa el entorno, a que me haga eco de la situación con la música de “Viva el vino y las mujeres” o pretende que la describa a ella. Callo, espero que me dé alguna pista más para que la conversación entre con buen pie.

 

La situación es rara. En un entorno tremendamente rural, una viña de Porrera, municipio tarraconense de no más de 400 habitantes, una bodega antigua pero con un aire tremendamente cosmopolita y una mujer silenciosa, tímida y de ojos profundos enmarcados por unas gafas de montura rosa que me miran y me atraviesan y yo, con una minúscula agenda de “Gorjuss” trato de reflejar la realidad. Todo es diferente y me siento desubicada, raro, pues no me suele pasar. Guardo silencio, espero, pero debe ser lo mismo que ha pensado la entrevistada. Silencio. Por un momento echo de menos a Manolo Escobar y decido que sea él quien marque los designios de esa tarde.

  • Me gusta Manolo Escobar. Soy una clasicona.- y sonrío para romper ese momento helador que me empieza a incomodar.
  • A mí no, pero pensé que seguro que a ti si, por eso la he buscado y te la he puesto.- me dice sin cambiar el gesto.
  • Gracias,- le digo extrañada. Es verdad que me gusta, pero vamos, no me lo pongo por las tardes mientras escribo mis relatos, ni lo llevo en el coche, me gusta, sin más. Pero eso no se lo digo.-Yo te hubiera puesto “ I wont to break free”. Digo como ocurrencia, pues no soy yo de encasillar la música.
  • Ves, estamos llenas de prejuicios. En el vino también pasa, aunque cada vez menos. Yo leí algo de ti, abulense, del partido popular, has estudiado siempre en tu ciudad, así que di por hecho que te gustaría esta canción relacionada con el vino, ahora, a primera vista, sigo igual, rubia de bote, melena suelta y lisa de peluquería, uñas francesas, pendientes de perlas. Ya ves, todo va encajando.
  • Ja, ja, ja. – La risa me sale de lo más profundo del alma. – yo venía a probar tu vino, a conocerte, a brindar contigo, eso me debe llevar después a poner unas líneas y escribir un pequeño blog para un periódico digital de Ávila, pero creo que te vendrá mejor que vayamos a misa, probemos el vino del cáliz y a la salida tomemos un té.- me salió seguido, sin respiración, dando por sentado que era lo que se esperaría de mi. Hice un gesto de sorpresa con las manos y ahora guardé silencio yo.
  • Perdón, Ruth, empezamos de nuevo.- Lo dijo tan segura y confiada que creí en ella.

 

Mi llegada a Porrera fue a las 15:45, directa a un bar que me buscó el amigo incondicional de google map, y tomé un café cargado, observando a mi alrededor, viendo las costumbres de los pocos hombres (y ninguna mujer) del bar, y haciendo tiempo para que, sobre las 14:30 llegara mi cita. En esa media hora larga que estuve con mi café entraron siete hombres, todos mayores de sesenta años y todos, como autómatas enchufados a la misma red que he visto cien veces en mi pueblo, hicieron el mismo gesto, un breve gruñido acompañado de un gesto con la cabeza, una mirada hacia las mesas donde acostumbran a colocarse para esperar su turno de cartas y un acercamiento directo y confiado  a la barra donde el camarero, sabedor incuestionable de todos los gustos antes de súplicas, tiene las peticiones colocadas por estricto orden de llegada en la barra. Y sorprendentemente, en ese pequeño pueblo del Priorat, los mayores tienen exactamente los mismos gustos que en la Ávila más profunda, cafés solos acompañados de una copita de orujo de hierbas, algún tímido cubata y un silencioso Farias que se coloca junto al vaso de tubo pero que no es consumido hasta bien entrada la partida. Mismos tapetes verdes, cartas bienutilizadas y, en ocasiones, pesetas antiguas convertidas en amarracos. Nada ha cambiado pese a mis 650 km de diferencia, 12 grados más de temperatura y un olor a mar que me ha puesto melancólica.

 

Luego apareció ella, joven, seria, con la cabeza llena de rastas y un desgastado chubasquero verde que me parecía fuera de tiempo, vaqueros grandes y sucios y botas de campo que contrarrestaban a mis tacones marrones de piel, a mis pantalones pitillos y una americana marrón claro. Nos miramos y supimos, sin palabras, que éramos la cita. Yo me levanté del taburete y me dirigí hacia ella.

  • Ruth, supongo- dijo, y nos dimos dos besos corteses. – deja aquí el coche, vente en el mío, luego te traigo de vuelta.

 

Y ya. En el coche no hablamos, pese a ir solas cerca de cinco kilómetros. Yo disimulé con el teléfono y ella decía por la ventanilla cosas que no lograba escuchar. Lo siguiente fruto de los estereotipos y los prejuicios.

 

La primera impresión rara se suplió con una copa de vino, un “Nit de Nin” fresco, elegante, natural, donde la garnacha y la cariñena  se unen para destacar la potencialidad de ambas y donde la mano de esta enóloga silenciosa y prudente sabe sacar toda su potencialidad, un brindis, una explicación apasionada y yo caí rendida a su sensatez.

 

Paseamos por el viñedo viejo, pizarroso, con grandes inclinaciones que obligan a seguir trabajando con mulas y utilizando la biodinámica para cuidar sus cultivos. Siempre con una copa de la mano me fue comentando magistralmente cada paso que se daba en la tierra. Con un hablar sereno me fue introduciendo en los estragos de su quehacer diario hasta llegar nuevamente a la bodega, sencilla, cuidada, perfecta para ella. Abrió otra botella, ahora acompañados de Carles, su confidente, su amigo, su pareja. Él la escucha ensimismado y asiente a cada frase para reforzar sus argumentos que ya creo y comparto. Se centra en la importancia del mimo y el cuidado, de la diferenciación, del culto al vino como culto a la madre tierra. Habla con amor pero también con vehemencia y me ofrece, ya abandonadas a los privilegios del poder, una coca que desenvuelve de un papel de pastelería.

  • ¿Te gustan? Las hacen aquí mismo, en la tahona, están buenísimas, casi igual que las hacía mi abuela. A mí no me gusta cocinar, ya ves.

 

Sonrío porque le he dicho que yo cocino muy bien y que está invitada a mi casa en Ávila, que le haré nuestros platos típicos (confiesa no conocer ninguno pero ser una amante de la gastronomía popular).

 

La despedida es perfecta porque siento que el abrazo es sincero, porque mis pendientes de perlas no le han cegado mi amor por el vino, que se ha olvidado de lo que pensaba de mí antes de conocerme y estas horitas juntas nos han unido mucho. Lo sé, como sé que vendrá a Ávila a conocernos, a conocerla, a querernos.

 

Un brindis por lo que nos une, con un Nit de Nin y las mil noches que nos hagan disfrutar.

Comentarios

Félix-feliz 16/07/2019 08:59 #4
Bravo por esas palabras bañadas en vino.
Lu 11/07/2019 12:00 #3
Bravo.
Juan 11/07/2019 11:58 #2
No me dejan comentar, llevo unos días intentando decirte que, como siempre, da gusto leerte, sensible, positiva, fresca. Eres como los buenos vinos, mejoras cada dīa.
Pepa 10/06/2019 12:13 #1
Pero rebonita es mi niña y que bien escribe. Brindo por ti y contigo 😘

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