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Andrés Seoane Fuente

¿Prohibir el móvil en clase?

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¿Es una buena idea prohibir el móvil en las clases universitarias? De un lado, la respuesta de la Universidad de Málaga –al igual que hicieron antes la de Baleares o Castilla la Mancha-, que trabaja en la elaboración de un reglamento para regular el uso de dispositivos electrónicos en los espacios docentes, imponiendo como norma general la prohibición que, en última instancia, dependerá de la decisión del profesor. Del otro, los datos de la segunda oleada del Estudio General de Medios (EGM), que muestran que el 64,3% de los niños de entre 4 y 13 años accede a internet desde todo tipo de dispositivos, una cifra que hace sólo cinco años era del 57,4%.

 

No existe una respuesta definitiva y contundente que sirva para todos los escenarios posibles. Si bien ahora puede valer la premisa de que el profesor decida cuándo pueden o no usarse los móviles en las clases presenciales, parece impensable prohibir a quienes serán universitarios dentro de un puñado de años que los utilicen, cuando lo llevan haciendo desde antes incluso de tener uso de razón.

 

La posible solución, quizá, debe caminar por la integración total y a todos los niveles de la tecnología, en todas sus formas y dispositivos, en el ámbito educativo. Es una cuestión difícil, casi quimérica teniendo en cuenta que la Ley de Universidades data del siglo XX, su reforma de principios del XXI y el sistema memorístico sobre el que se asienta es, llanamente, decimonónico. Y esto, obviando los continuos cambios de leyes educativas en función del color de quien gobierne y la ausencia de toda esperanza de cara a un posible pacto educativo.

 

Pero persistir en el error, en la prohibición de usar los móviles en clase, también pasa por alto el viraje que está tomando la educación superior, una evolución con paso firme hacia un mayor protagonismo de la formación online, por su mayor grado de adaptación a las necesidades personales y profesionales de los alumnos. El famoso “estudiar durante toda la vida” ha pasado de ser un eslogan publicitario al pan de cada día. Y el trabajo no permite escaparse para acudir a clases presenciales en un horario fijo, al igual que no pueden modificarse al gusto las horas a las que comen o salen del colegio los hijos.

 

La adaptabilidad de la formación online, la posibilidad de estudiar desde el móvil, el ordenador o la tablet; la opción de decidir cuándo y cómo se acceden a los recursos de aprendizaje, se desarrollan los trabajos o se realizan los ejercicios propuestos por los docentes, responde a las necesidades sociales de un mundo que ya no se ciñe al horario de oficina. ¿Prohibir el móvil en clase? Quizá merezca más la pena integrarlo en el proceso de enseñanza.

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