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Educacción Digital

Andrés Seoane Fuente

El siglo XIX y el siglo XXI

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Si la educación es, cada vez más, práctica, digital y orientada a lo que demanda el mercado laboral, ¿por qué el sistema para elegir a los trabajadores de la Administración –en España hay más de tres millones de funcionarios- se basa únicamente en un sistema memorístico? ¿Qué certeza hay de que sea eficaz? ¿Por qué se premia esta resistencia al cambio en una sociedad que no se cansa de repetir que es necesario adaptarse y estar en constante aprendizaje?

 

Basta con echar un vistazo a la actualidad para ver a qué ritmo transforma la tecnología todos los ámbitos de la vida. Un ejemplo: Windows trabaja ya en una actualización de su sistema operativo que incorpora el reconocimiento y seguimiento ocular, es decir, que el ordenador sabe a través de la webcam dónde estamos mirando para mover el cursor, abrir un archivo o ejecutar una orden. Y otro: Facebook ha tenido que paralizar un proyecto de un laboratorio de investigación de la Universidad de Georgia, porque la inteligencia artificial que había desarrollado estaba utilizando su propio lenguaje, aparentemente caótico, pero que analizado con mayor profundidad, era más apto y lógico para ejecutar la tarea para la que se había creado y, al mismo tiempo, casi imposible de descifrar para los investigadores.

 

A la vez, el Gobierno de España ha anunciado la mayor oferta de empleo público de su historia, con más de 250.000 plazas para los próximos años, y que seguirá el modelo de oposición que se basa casi exclusivamente en el aprendizaje memorístico. No deja de resultar sorprendente que estas dos realidades convivan en el tiempo, cuando en el caso de este sistema de elección de trabajadores para un puesto vitalicio, existen demasiados interrogantes sobre su efectividad.

 

Se parte de una base: el candidato que obtiene la mejor nota será el que mejor desempeñe su cargo. Pero, ¿por qué? ¿Es acaso similar la prueba al futuro trabajo diario? ¿Se tienen en cuenta las variables que intervienen en la realización del examen, como el turno de respuesta, el desplazamiento que ha realizado el aspirante para presentarse, o el día en que tiene lugar? ¿Hay alguna investigación científica que respalde la eficacia de este sistema? La respuesta, tanto a estas preguntas como a cualquiera que cuestione el método de las oposiciones, es un incontestable no.

 

Si los alumnos que hace años consultaban la enciclopedia para realizar un trabajo, ahora se documentan y estudian a golpe de clic y teclado, ¿qué sentido tiene almacenar decenas o cientos de temas para ‘cantarlos’ después, si es una operación que no volverá a repetirse a lo largo de la carrera profesional? Y más aún, ¿de qué sirve que los opositores dediquen una media de cinco años a superar un examen, si durante este tiempo ni trabajan, ni cotizan, ni ganan experiencia, ni son útiles para la sociedad?

 

No hay razón para sostener este procedimiento de acceso al empleo público, mientras la actividad profesional privada avanza a la velocidad de la luz en materia digital y tecnológica. Y mucho menos existe una conexión sensata entre el cambio de modelo educativo -especializado, online y práctico-, con una nueva metodología y una transformación en el paradigma de aprendizaje; y este sistema memorístico alejado de todas las recomendaciones de educadores, expertos y contratantes. Es imposible que esta dualidad aguante mucho tiempo. Una dicotomía con las horas contadas. El siglo XIX y el siglo XX.

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