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Andrés Seoane Fuente

Educación superior a distancia: el precedente estadounidense

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Educación superior a distancia. O educación superior online, si lo prefieres. Su eclosión en España es innegable, lo respaldan las cifras: de 2 universidades no presenciales en el curso 2005/2006 se ha pasado a 25 en el 2015/2016, y de representar un número tan escaso de alumnos que no lo recogían entonces las estadísticas oficiales del Ministerio de Educación, se ha pasado a un 15% del total de matriculados en las universidades del país (a falta de cifras actualizadas al último año académico cerrado, que a buen seguro elevarán este porcentaje).

 

Por aquello de que en Estados Unidos van una década por delante, y por si la realidad aún no ha estallado de un modo suficientemente visible ante los ojos de quienes deben darse cuenta y legislar -con arreglo al escenario contemporáneo, no al que existía en 1983- el funcionamiento de la universidad, aquí van unos números.

 

El estudio Grade increase. Tracking distance education in the United States (Aumento de grado. Seguimiento de la educación a distancia en los Estados Unidos), elaborado por cuatro multinacionales dedicadas a la educación, el e-learning o el desarrollo de contenidos educativos entre otros, dibuja un escenario en el que las matrículas en la educación superior a distancia crecieron en 2016 por decimocuarto año consecutivo, destacando que, además, lo han hecho “más rápido que en los últimos años”.

 

De hecho, más de 6,3 millones de estadounidenses cursan, al menos, un título a distancia. Es decir, el 31,6% del total. Casi uno de cada tres estudiantes. Un 5,6% más que en 2015.

 

Y la evolución, si se atiende como vaticinio acertado el contexto norteamericano, es una combinación, dado que el 14,9% de esos alumnos se forma únicamente a distancia, y el 16,7% combina ambas modalidades, a distancia y presencial.

 

Entre los datos interesantes que aporta el informe, cabe destacar uno que evidencia que la fecha de caducidad del modelo educativo exclusivamente presencial tiene los días contados. Entre 2012 y 2016, los alumnos que están matriculados en una titulación de estas características, o bien combinan los dos modelos, se ha desplomado en más de un millón, una caída del 6,4%. Y, por último pero no menos importante, los estudiantes que sólo asisten a cursos presencialeshan disminuido en un 11,2%, esto es, 1,7 millones menos de sillas ocupadas en las aulas.

 

Al igual que suele decirse de la transformación digital de las empresas, este contexto no es un “renovarse o morir”. No vale no subirse al tren, porque ese tren es la única opción. ¿Hay otra salida? La obsolescencia de una estructura educativa que debe ser la base del desarrollo humano.

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