Cuaderno de bitácora

Cuaderno de bitácora

Por Sonsoles Sánchez-Reyes Peñamaria

Metrópolis, la película de 2026


Una de las más emblemáticas películas de todos los tiempos, la alemana Metrópolis, del director Fritz Lang, es una distopía de ciencia ficción filmada hace un siglo, cuando todavía el cine era mudo. Se considera de manera extendida que sitúa su acción precisamente en este año, 2026, aunque no todas las versiones e interpretaciones coincidan en ello.

Resulta emocionante comparar la realidad imaginada por una película futurista para un año venidero, con los hechos reales cuando llega ese momento temporal. Así ha ocurrido, por ejemplo, con el 2001 ideado por Stanley Kubrick en 1968 en su film 2001, una odisea del espacio, el 2019 fantaseado por Ridley Scott en 1982 en Blade runner o el 1984 rodado por Michael Radford ese mismo año para adaptar a la pantalla la célebre novela de George Orwell escrita en 1948.

El austriaco Fritz Lang se basó en la narración homónima redactada en 1925 por quien era entonces su esposa, Thea von Harbou, y publicada por entregas en la revista Illustriertes Blatt, para dar forma entre ambos al guion cinematográfico de Metrópolis. El relato por fascículos ayudó a la campaña promocional de la cinta, creando expectación entre el público, aunque para llevarla a la pantalla se eliminaron elementos de la trama literaria, como la magia y el esoterismo.

 

Fritz Lang declaró que la gran influencia para conformar la película estéticamente surgió con su primera visión de los impresionantes rascacielos de Nueva York en su viaje de octubre de 1924, que le llevó calificar la ciudad de "Babel moderna". Su objetivo fue alumbrar una película pionera y monumental, la más costosa y ambiciosa de la historia. Las cámaras arrancaron el 22 de mayo de 1925 para un rodaje que abarcaría 360 días y 60 noches a lo largo de 17 meses, con más de 35.000 figurantes. Al culminarse el último golpe de claqueta el 30 de octubre de 1926, había costado la friolera de 5,3 millones de marcos, el equivalente a 21 millones de euros actuales, lo que triplicaba largamente el presupuesto de partida. El enorme esfuerzo económico llevó a la productora UFA prácticamente a la ruina y el productor Erich Pommer fue despedido.  Para evitar la asfixia de la UFA, se creó ad hoc en diciembre de 1925 la compañía Parfumet como distribuidora de Metrópolis, fórmula legal para que los estudios estadounidenses Paramount Pictures y Metro Goldwyn Mayer pudieran prestar 4 millones de dólares a la UFA y salvar así el megalomaníaco proyecto. 

Los actores elegidos por Lang para los papeles principales eran desconocidos. Gustav Fröhlich (Freder) era un extra del plató a quien Thea von Harbou recomendó, y Brigitte Helm (María) una principiante.  Para el papel de Joh Fredersen, Lang escogió a Alfred Abel, un intérprete con quien había colaborado, igual que a Rudolph Klein-Rogge para dar vida a Rotwang.

Las desorbitadas exigencias de Lang convirtieron la grabación en una prueba de riesgo para los actores. Empleó a 500 niños desfavorecidos de Berlín para encarnar a los hijos de los obreros. Para la escena de la inundación de la urbe subterránea, los pequeños vulnerables tuvieron que trabajar dos semanas en una piscina de agua gélida, aunque al menos, disfrutaron de una larga estancia en habitaciones cálidas y limpias, provistos de juguetes y comida caliente. La insistencia de Lang en usar fuego real para el episodio en que la falsa María es quemada en la hoguera, produjo el incendio de su vestido. Y la actriz acabó desmayándose por lo prolongado de la filmación de una escena en la que estaba sujeta a un anclaje. El autor de la banda sonora, Huppertz, tocaba el piano durante el rodaje para ambientarlo.

El icónico robot del celuloide fue creado por el escultor Walter Schulze-Mittendorff. Fabricando un molde de yeso de cuerpo entero de la actriz, elaboró el traje de aspecto metálico utilizando madera plástica, lo que permitía moverse en su interior, aunque la estrella sufrió cortes y contusiones interpretando al robot, por la rigidez del atuendo.

 

Como parte del marketing publicitario, la UFA invitó a periodistas de revistas especializadas y a críticos del séptimo arte, a la filmación en los estudios de cine a gran escala más antiguos del mundo aún en activo, los de Babelsberg, fundados en 1912 en Potsdam (Alemania). El debut mundial de esta obra cumbre del expresionismo germánico tuvo lugar en el UFA-Palast am Zoo de Berlín el 10 de enero de 1927, con reacciones diversas. Mientras Luis Buñuel alabó su "fuerza emotiva, su inédita y sorprendente belleza", H.G.Wells, el escritor de La Máquina del tiempo, la tildó de "absurda". El compositor de la banda sonora, Gottfried Huppertz, la interpretó dirigiendo una orquesta el día de la premier, y algunos fragmentos serían grabados por el sello discográfico Vox.

El empresario Alfred Hugenberg asumió la dirección de la UFA en abril de 1927 y pagó la deuda de la compañía. Consideró excesiva la duración original del proyecto, 240 minutos a 24 fotogramas por segundo, y Metrópolis fue recortada drásticamente con miras a resultar menos compleja para el público. Aún sería reducida más para las salas de cine estadounidenses, siendo el dramaturgo norteamericano Channing Pollock el encargado de configurar una versión más sencilla, de 116 minutos, estrenada en marzo de 1927. Lang sintió desolación: "Me encantan las películas, así que nunca iré a Estados Unidos. Sus expertos han destrozado mi mejor película, Metrópolis, tan cruelmente que no me atrevo a verla". La censura nazi exigiría más recortes en 1936, por lo que la cinta quedó en 91 minutos. Estos intentos de simplificación provocaron que el montaje original se abandonara y acabara traspapelado y perdido durante décadas.

La escenografía de Metrópolis bebe de fuentes diversas, como el Art Déco, el gótico, la Bauhaus, el cubismo o la verticalidad neoyorquina. Eugen Schüfftan creó efectos especiales innovadores para la ocasión, como uno que sería bautizado con su nombre y que utiliza espejos para crear la ilusión de que los actores ocupan decorados y maquetas en miniatura, técnica que emplearía después Alfred Hitchcock.

La historia presenta el conflicto social entre las dos clases que viven en el núcleo urbano de Metrópolis: los privilegiados, que residen en la superficie y llevan una existencia de molicie, y los trabajadores, que habitan en duras condiciones en el plano subterráneo y se afanan por mantener en funcionamiento la maquinaria que sostiene al ecosistema.

El dirigente de la ciudad-estado es Johhan "Joh" Fredersen. Su hijo Freder, en su placentero retiro, se encuentra un día con la inesperada visita de la bella María, una proletaria que acompaña a un grupo de hijos de obreros a ver cómo se desarrolla la vida cotidiana en el estrato pudiente, contraviniendo la norma de no salir de su gueto. Aunque expulsan a los transgresores, Freder queda fascinado con la joven y decide seguirla hasta los niveles inferiores de la urbe. Una vez en los intestinos del lugar, presencia cómo la explosión de una máquina mata a numerosos operarios. Freder se apresura a informar a su padre del accidente, quedando asqueado al ver la indiferencia paterna y determinándose entonces a apoyar mejoras para los proletarios. Cuando María arenga a los trabajadores y les insta a esperar el advenimiento de un "Mediador", que tendrá la misión de unir a los dos bloques de la sociedad y salvar la brecha existente entre ellos, aludiendo a la Torre de Babel bíblica para explicarles que la incomprensión solo lleva a la devastación de todos, Freder se postula para desempeñar ese rol conciliador, confesando su amor a María.

 

Fredersen, enterado de estos conatos organizativos de sus asalariados, a fin de abortar cualquier intención de rebelión, se confabula con el diseñador de la ciudad, Rotwang, que ha inventado un robot capaz de adoptar cualquier identidad y aspecto, y le ordena que lo use para suplantar a María. La influencia del Frankenstein de Mary Shelley es palpable. El autómata lanzará consignas incendiarias a los obreros para sublevarlos, y dará una excusa a Fredersen para reprimirlos duramente y sofocar cualquier intento de progreso. Pero Fredersen desconoce la auténtica motivación de Rotwang al crear el humanoide: revivir a Hel, la mujer de Fredersen de la que había estado enamorado, quien murió al dar a luz a Freder. Y, una vez logrado esto, demolerá Metrópolis y matará a Freder.

Rotwang secuestra a María y la retiene en su mansión, mientras crea el robot con su imagen. De ahí el nombre de "María" para uno de los galardones del Festival de Cine Fantástico de Sitges.

La falsa María anima a los trabajadores a destruir las máquinas, lo que realizan provocando la anegación de los tanques de agua y una gran inundación en el distrito subterráneo, que amenaza con ahogar a sus hijos. Afortunadamente, la verdadera María logra escapar de la casa de Rotwang y rescata a los niños con ayuda de Freder.

Grot, capataz de la "Máquina del Corazón", generadora de la energía que hace funcionar Metrópolis, reprende a los operarios, que incautamente celebraban la victoria, por abandonar a sus hijos ante el aluvión. Dándose cuenta del engaño, aquellos lanzan a la hoguera a la falsa María, como si fuera una suerte de moderna Juana de Arco. El fuego revela su interior mecánico, demostrando que no es una persona.

Rotwang, actuando bajo la ilusión de que María es Hel, la persigue hasta el tejado de la catedral, perseguido por Freder. Los dos luchan y Rotwang se precipita al suelo y muere. Freder cumple su destino de cohesionar la sociedad de Metrópolis uniendo las manos de Fredersen y Grot. La moraleja final aparece en un intertítulo: "El mediador entre la cabeza y las manos debe ser el corazón".

La llegada del nazismo al poder en Alemania llevó a Fritz Lang en 1933 a afincarse en Estados Unidos y continuar allí su carrera artística, mientras su esposa apoyaba el nuevo régimen y permanecía en su país. Era el final del matrimonio. Años después, Lang declararía, desencantado con los derroteros del mundo: "no se puede hacer una película social en la que se dice que el intermediario entre la mano y el cerebro es el corazón. Es claramente un cuento de hadas".

En 1984, el productor italiano Giorgio Moroder produjo una nueva versión de la cinta, de 83 minutos, con una banda sonora que incluía canciones de Freddie Mercury, Pat Benatar, Bonnie Tyler o Adam Ant. Pagó 200.000 dólares por los derechos, superando la oferta de David Bowie. 

 

En el cambio de siglo se realizó un exhaustivo intento de reintegrar el celuloide primitivo utilizando materiales de filmotecas de todo el mundo. La restauración, de 124 minutos, exhibida el 15 de febrero de 2001 en el Festival de Cine de Berlín, contó con una nueva banda sonora de Bernd Schultheis. Esta versión de Metrópolis fue añadida al Registro Internacional de la Memoria del Mundo de la UNESCO, la primera película en alcanzar esta dignidad.

En 2008, se encontró una copia dañada del original de la cinta en un museo de Argentina. Sus imágenes, combinadas con las de una segunda hallada casi simultáneamente en Nueva Zelanda, fueron reparadas y añadidas al film.

La nueva restauración, la definitiva hasta hoy, con una duración de 148 minutos, se estrenó el 12 de febrero de 2010 dentro de las proyecciones de la 60.ª Berlinale. También se mostró en una pantalla al aire libre en la Puerta de Brandenburgo de Berlín, en directo.

La deuda del imaginario colectivo con Metrópolis se ha hecho explícita en obras artísticas de creadores como David Bowie, Queen, Madonna, Whitney Houston, Lady Gaga o Beyoncé, y el androide C-3 PO de Star Wars debe su diseño al robot María.

Metrópolis en 2026 está de completa actualidad, porque plantea desafíos similares a los del mundo actual: la desigualdad, la deshumanización, la manipulación de los seres humanos a través de la tecnología... En un momento en que despunta por doquier la inteligencia artificial, la lucha entre el hombre y la máquina nos recuerda algo no muy alejado de la moraleja de la película: lo que nos distingue a ambos es el corazón.