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Ciudadano Descatalogado

Honorio Cardoso
El blog en Tribuna de Salamanca de Honorio Cardoso

¿Una izquierda sin política para Europa o una Europa sin izquierda?

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Pues por adelantar la respuesta: creo que nos encontramos ante una Europa sin izquierda… Como resultado de la ausencia de una política europeísta real, no simplemente declarativa y gesticulante, de las izquierdas europeas. Y, en mi opinión, aquí reside la clave de la Europa moribunda, atrincherada y en asfixia, a la que nos enfrentamos.

Bajo el título de Una izquierda sin política para Europa la lúcida Rossana Rossanda publicó un atinado y pertinente artículo a finales de los setenta. Desafortunadamente, la conclusión central del artículo sigue teniendo validez: “A un siglo del llamamiento ¡Proletarios de todos los países, uníos!, ha resultado que ha progresado más la unidad de los patrones que la de los explotados. Justamente en el continente en el que su protagonismo (organizativo, institucional) es más amplio.”

 

La profunda crisis en la está inmersa la Unión Europea desvela diversas realidades que pretenden ocultarse: en primer lugar, como he venido señalando en artículos anteriores, el erróneo modelo sobre el que ha venido articulándose su construcción (crisis institucional); en segundo lugar, la falsedad de la supuesta capacidad integradora del crecimiento económico capitalista (crisis económica); por último, y en relación de lo que ahora nos interesa, la quiebra de la imaginada fortaleza combativa de la izquierda europea: casi todas las batallas han sido perdidas  -sea a nivel de propuesta, sea a nivel de bloqueo- frente a las grandes iniciativas de las fuerzas de derecha.

 

Desde mediados de los setenta a hoy, se ha desarrollado un ciclo con magros resultados para las fuerzas de la izquierda europea. Primero con la estrategia de la Internacional Socialista, “gestionar el cambio”; después con la  abanderada por Marchais en el PCF, “defender los intereses de Francia lesionados por la Comunidad”; por último con la desplegada por la izquierda alternativa, “actuar como correctivo radical de las políticas socioliberales de los partidos socialistas europeos”, Y, en lógica consecuencia, con peores resultados para las clases populares que depositaron en ellas su representación política. Todo ello amargamente ejemplificado con la capitulación de A. Tsipras en los duros días de julio de 2015.

 

¿Cuáles han sido las limitaciones que han encorsetado la construcción/actuación de la izquierda europea? Pues aunque pudiera parecer contradictorio, la fragmentación ha estado ligada a un elemento medular de la constitución del movimiento obrero, que las ha originado y sostenido, su poderoso enraizamiento nacional. Ninguna parte de él, salvo en momentos puntuales, se ha considerado parte de un todo: la revolución del 48, la Comuna, el trienio rojo de los años 20, son momentos históricos que lo certifican: momentos en los que existía ventaja sobre los adversarios y que quedaron diluidos. Al igual que en los fortísimos combates sindicales de los años 60/70, no existió avance alguno en la integración internacional capaz de contrarrestar la creciente articulación y coordinación de las fuerzas del capital. Además, la especificidad y potencia real de la izquierda europea tras la IIGM ha venido marcada por el papel nuclear que proporcionó a Alemania el plan USA para la reconstrucción de Europa. Su hegemonía y autonomía, por supuesto relativas, han producido una iniciativa reformista y reequilibradora tanto frente al radical (pero ausente, en términos europeos) laborismo inglés, como frente a la pujanza democratizadora (pero constreñida, en términos estratégicos) del comunismo italiano.

 

 La consecuencia ha sido izquierdas europeas versus izquierda europea: no un sujeto histórico provisto de composición y estructuras crecientemente activo, sino un conglomerado política y culturalmente desagregado, incluso en su representación en el Parlamento europeo. La unidad de la izquierda no ha pasado de ser una fórmula ambigua que ha permitido amparar la relación de las fuerzas progresistas (socialdemócratas) y sostiene la confrontación de las fuerzas alternativas (ecosocialistas, comunistas y demás) con el patronazgo germánico y su modelo de relaciones de fuerza en el campo de la(s) izquierda(s) europea(s).  

 

 El reto, en el ámbito europeo, sigue siendo construir un “bloque histórico alternativo” capaz de disputar los objetivos y la orientación que en la construcción europea ha sido capaz de imponer el “bloque dominante”, representante de los intereses del capitalismo financiero. Como estamos experimentado en nuestras carnes, Europa es un engendro institucionalmente autoritario y políticamente austericista. Pese a las apariencias y trampantojos de la actualidad (Brexit, Trump, contracción nacionalista por doquier) de nada va a servir recuperar discursos de retorno a la soberanía nacional: ni frente a la ira de los mercados, ni como parapeto a la dinámica migratoria que la globalización impulsa, ni como repuesta a la Europa moribunda a la que conducen los ganadores en Maastricht, en Lisboa, en la aciaga noche del 7 al 8 de mayo de 2010 o en el siniestro proceso que se vive en Grecia.

 

Construir Otra Europa exige que la izquierda acometa importante actualizaciones: en el orden de la construcción de un internacionalismo europeísta en un contexto difícil y de una gravedad excepcional, en el ámbito de repensar las relaciones entre política y acción humanitaria, en el replanteamiento decidido del imposible acomodamiento entre capitalismo y democracia. Y nada de ello será posible sin convencer e incorporar a la mayoría social en la resolución del dilema al que estamos enfrentados: ¿Democracia postcapitalista o Capitalismo postdemocrático?

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